BIBLIOTECA de LA NACIÓN

EDMUNDO ABOUT

GERMANA

TRADUCCIÓN DE

T. ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1918

Derechos reservados.

Imp. de La Nación.—Buenos Aires


I

EL AGUINALDO DE LA DUQUESA

Hacia la mitad de la calle de la Universidad, entre los números 51 y 57, se ven cuatro hoteles que pueden citarse entre los más lindos de París. El primero pertenece al señor Pozzo di Borgo, el segundo al conde Mailly, el tercero al duque de Choiseul y el último, que hace esquina a la calle Bellechasse, al barón de Sanglié.

El aspecto de este edificio es noble. La puerta cochera da entrada a un patio de honor cuidadosamente enarenado y tapizado de parras centenarias. El pabellón del portero está a la izquierda, envuelto entre el follaje espeso de la hiedra, donde los gorriones y los huéspedes de la garita parlotean al unísono. En el fondo del patio, a la derecha, una amplia escalinata resguardada por una marquesina, conduce al vestíbulo y a la gran escalera.

La planta baja y el primer piso están ocupados por el barón únicamente, que disfruta sin compartirlo con nadie un vasto jardín, limitado por otros jardines, y poblado de urracas, mirlos y ardillas que van y vienen de ése a los otros en completa libertad, como si se tratara de habitantes de un bosque y no de ciudadanos de París.

Las armas de los Sanglié, pintadas en negro, se descubren en todas las paredes del vestíbulo. Son un jabalí de oro en un campo de gules. El escudo tiene por soporte dos lebreles, y está rematado con el penacho de barón con esta leyenda: Sang lié au Roy (Sangre ligada con el Rey).

Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, se aburren al pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en los vasos del Japón o se tienden sobre la alfombra alargando la cabeza serpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzan solemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.

El día 1.º de enero de 1853, hacia las nueve de la mañana, toda la servidumbre del hotel celebraba en el vestíbulo un congreso tumultuoso. El administrador del barón, el señor Anatolio, acababa de distribuirles el aguinaldo. El mayordomo había recibido quinientos francos, el ayuda de cámara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, el marmitón, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises de oro completamente nuevos. Habría celosos en la asamblea, pero descontentos ni uno solo, y cada uno a su manera decía que da gusto servir a un amo rico y generoso.

Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor de una de las bocas del calorífero. Los más madrugadores llevaban ya la gran librea; los otros vestían aún el chaleco con mangas que constituye el uniforme de media gala de los criados.

El ayuda de cámara iba vestido de negro completamente, con zapatillas de orillo; el jardinero parecía un aldeano endomingado; el cochero llevaba chaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahalí de oro y zuecos. Aquí y acullá se distinguía a lo largo de las paredes, una fusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo más cuyo nombre ignoro.

El señor dormía hasta mediodía, como quien ha pasado la noche en el club, y por lo tanto tenían tiempo para empezar sus faenas. Por lo pronto se entretenían en darle empleo al dinero y las ilusiones les ocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquella lechera de la fábula.

—Con esto, y lo que ya tengo ahorrado—decía el mayordomo—, puedo redondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los días de la vejez los tendré asegurados.

—Como es usted soltero—replico el ayuda de cámara—, no tiene que pensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle el dinero a ese buen señor que va a la Bolsa, y algo me producirá.

—Es una buena idea, señor Fernando—dijo el marmitón—. Cuando vaya usted, llévele mis cuarenta francos.

El ayuda de cámara se creyó obligado también a intervenir y exclamó en tono de protección:

—¡Vaya con el joven! ¿Qué crees tú que se puede hacer con cuarenta francos en la Bolsa?

—Bueno—respondió el joven ahogando un suspiro—, los llevaré a la Caja de ahorros.

El cochero soltó una ruidosa carcajada y se dio unos puñetazos sobre el estómago gritando:

—Esta es mi caja de ahorros. Aquí es donde he colocado siempre mis fondos, y a fe que no me ha ido mal. ¿Verdad, padre Altorf?

El padre Altorf, suizo (Portero de casa principal) de profesión, alsaciano de nacimiento, de elevada estatura, vigoroso, huesudo, de desarrollado vientre, ancho de hombros, de cabeza enorme y rubicundo como un hipopótamo, sonrió con el rabillo del ojo y produjo con la lengua un pequeño chasquido que era todo un poema.

El jardinero, delicada flor de la Normandía, hizo sonar el dinero en su mano y respondió al honorable preopinante:

—¡Vamos, no diga usted tonterías! lo que se ha bebido ya no se vuelve a tener. Lo mejor que hay es esconder el dinero en una pared vieja o en un árbol hueco. ¡Los que así lo hagan no darán de comer al notario!

La asamblea en pleno protestó de la ingenuidad de aquel buen hombre que enterraba en flor sus escudos, sin hacerlos producir. Quince o diez y seis exclamaciones se elevaron al mismo tiempo. Cada uno expuso su opinión, descubrió su secreto, cabalgó en su Clavileño. Cada uno hizo saltar las monedas en su bolsillo y acarició ardientemente las esperanzas ciertas, la dicha contante y sonante que habían embolsado. El oro mezclaba su aguda vocecita con aquel concierto de pasiones vulgares; y el choque de las piezas de veinte francos, más embriagador que los vapores del vino o el olor de la pólvora, emborrachaba a aquellos pobres cerebros y aceleraba los latidos de sus groseros corazones.

En lo más fuerte del tumulto, se abrió una pequeña puerta que daba a la escalera, entre el piso bajo y el primero. Una mujer, con un harapiento traje negro, descendió vivamente los peldaños, atravesó el vestíbulo, abrió la puerta de vidrieras y desapareció en el patio.

Todo esto pasó en un minuto y, no obstante, la sombría aparición se llevó el buen humor de todas aquellas gentes, que se levantaron a su paso con el más profundo respeto. Los gritos se detuvieron en sus gargantas y el oro ya no volvió a sonar en sus bolsillos. La pobre mujer había dejado detrás de ella como una estela de silencio y de estupor.

El primero que se repuso fue el ayuda de cámara, que era lo que se llama un espíritu fuerte.

—¡Voto a...!—exclamó—. He creído ver pasar a la miseria en persona. Me ha estropeado el año. Ya veréis cómo no vuelve a salirme nada bien hasta el día de San Silvestre. ¡Brrr! tengo frío en la espalda.

—¡Pobre mujer!—dijo el mayordomo—. Ha tenido cientos y miles y ya la veis ahora... ¿Quién creería que es una duquesa?

—Es que el vagabundo de su marido se lo ha comido todo.

—¡Un jugador!

—¡Un hombre que no piensa más que en comer!

—Un andariego que trota de la mañana a la noche, con sus piernas de rocín.

—No es él el que me interesa: tiene lo que se merece.

—¿Se sabe algo de la señorita Germana?

—Su negra me ha dicho que cada día está peor. A cada golpe de tos llena un pañuelo.

—¡Y sin una alfombra en su habitación! Esa niña no se curaría más que en un país templado, en Italia, por ejemplo.

—Será un ángel para Dios.

—Los que quedan son más dignos de compasión.

—¡No sé cómo se las arreglará la duquesa para salir de este atolladero. ¡A todos debe! Ultimamente el panadero se ha negado a fiarles más.

—¿Cuánto deben de alquiler?

—Ochocientos francos; pero lo que me extraña es que siquiera el señor haya visto el color de su dinero.

—Si yo fuese él, preferiría tener desalquilado el piso antes que permitir que viviesen en él personas que deshonran la casa.

—¡No seas bestia! ¿Para qué arrastrar por el arroyo al duque de La Tour de Embleuse y a su familia? Esas miserias, para que lo sepas, son como las llagas del barrio; todos nosotros tenemos interés en ocultarlas.

—¡Toma!—dijo el marmitón—, creo que tengo razón para burlarme. ¿Por qué no trabajan? Los duques son hombres como los demás.

—¡Muchacho!—exclamó gravemente el mayordomo—, estás diciendo cosas incoherentes. La prueba de que no son hombres como los demás, es que yo, tu superior, no sería ni barón durante una hora de mi vida. Además, la duquesa es una mujer sublime y hace cosas de las que ni tú ni yo seríamos capaces. ¿Tomarías tú caldo durante todo un año y en todas las comidas?

—¡Caramba! ¡No me parece eso muy divertido!

—¡Pues bien! la duquesa pone el puchero a la lumbre cada dos días, porque a su marido no le gusta la sopa de vigilia. El señor se come su tapioca de caldo graso y un bistec y un par de chuletas, y la pobre y santa mujer se conforma con los desperdicios. Es hermoso, ¿verdad?

El marmitón pareció muy conmovido.

—Mi buen señor Tournoy—dijo al mayordomo—, me interesan mucho esas pobres gentes. ¿No podríamos enviarles algo por medio de la negra?

—¡Sí, sí! ella es tan orgullosa como los otros; no querría nada de nosotros. Y, no obstante, tengo la seguridad de que no se desayuna todos los días.

Esta conversación se hubiera prolongado indefinidamente a no llegar oportunamente el señor Anatolio para interrumpirla, en el preciso momento en que el guarda, que aun no había abierto la boca, iba a tomar la palabra. La asamblea se disolvió más que de prisa; cada uno de los oradores llevó consigo sus instrumentos de trabajo y en la sala de deliberaciones no quedó más que una de esas escobas gigantescas, llamadas cabezas de lobo.

Mientras tanto, Margarita de Bisson, duquesa de la Tour de Embleuse, caminaba apresuradamente en dirección a la calle Jacob. Los transeúntes que la rozaban con el codo al correr para dar o recibir los aguinaldos, la encontrarían seguramente parecida a una de esas irlandesas desesperadas que patinan sobre el afirmado de las calles de Londres en persecución del penique. Hija de los duques de Bretaña, casada con un antiguo gobernador del Senegal, la duquesa llevaba un sombrero de paja teñido de negro cuyas cintas se retorcían como bramantes. Un velillo de imitación, agujereado por cinco o seis sitios distintos, mal ocultaba su cara, dándole además un aspecto extraño. Aquel hermoso rostro, sembrado de pequeñas manchas, producía el efecto de que estuviese desfigurada por la viruela. Un viejo chal, ennegrecido por los cuidados del tintorero y al que la intemperie había dado un color rojizo, dejaba caer tristemente sus tres puntas cuyos flecos rozaban ligeramente la nieve de la acera. La ropa que se ocultaba debajo del mantón estaba tan usada, que no se hubiese podido decir de qué clase era a la simple vista. Unicamente examinándola de cerca y con una lupa se hubiera podido reconocer un moaré desteñido, raído, con los pliegues cortados y las franjas deshilachadas, devoradas por el lodo corrosivo de las calles de París. Los zapatos que soportaban tan lamentable edificio habían perdido la forma y el color. La ropa blanca, ese distintivo de la limpieza y del bienestar, no asomaba ni por el cuello ni por las mangas. Algunas veces, al pasar por un charco, el vestido se levantaba por un lado y dejaba ver una media de lana gris y un sencillo refajo de algodón negro. Las manos de la duquesa, enrojecidas por un frío muy vivo, se escondían bajo su chal. Al andar, arrastraba los pies, no por indolencia, sino por el miedo de perder los zapatos.

Por un contraste que hemos podido observar más de una vez, la miseria no había afeado a la duquesa, que no estaba pálida ni delgada. Había recibido de sus antepasados una de esas bellezas rebeldes que lo resisten todo, incluso el hambre. Se ha visto a presos que engordaban en su calabozo hasta la hora de la muerte. A la edad de cuarenta y siete años, la señora de la Tour de Embleuse conservaba aún, hermosos rasgos de su juventud. Aun tenía el cabello negro y treinta y dos piezas en la boca capaces de triturar el pan más duro. Su salud no respondía a su aspecto, pero esto era un secreto que quedaba entre ella y su médico. La duquesa estaba en los linderos de aquella hora peligrosa, y a veces mortal, en que la madre desaparece para dejar lugar a la abuela. A menudo soñaba que la sangre le llenaba la garganta como si quisiera ahogarla. Oleadas de calor le subían hasta el cerebro y se despertaba como si estuviese en un baño de vapor, del que se extrañaba salir con vida. El doctor Le Bris, un médico joven y un antiguo amigo, le recomendaba un régimen suave, sin fatigas y sobre todo sin emociones. Pero, ¿qué alma, por estoica que fuese, hubiese atravesado sin emocionarse por tan rudas pruebas?

El duque César de La Tour de Embleuse, hijo de uno de los emigrantes más fieles al rey y de los más encarnizados contra el pueblo, fue magníficamente recompensado por los servicios de su padre. En 1827, Carlos X le nombró gobernador general de las posesiones francesas del Africa occidental. Tenía apenas cuarenta años. Durante veintiocho meses de permanencia en la colonia, se defendió valerosamente contra los moros y contra la fiebre amarilla; después pidió un permiso para casarse en París. Era rico, gracias a la indemnización que le habían dado, y dobló su fortuna al casarse con la hermosa Margarita de Bisson que poseía sesenta mil francos de renta. El rey firmó al mismo tiempo su contrato y su cesantía, y el duque se encontró casado y destituido el mismo día. El nuevo poder le hubiera acogido de muy buena gana entre la multitud de los tránsfugas; incluso se llegó a decir que el ministerio Casimiro Périer le había hecho algunas proposiciones. El duque rechazó todos los empleos, primero por orgullo, pero también por una invencible pereza. Sea que hubiese gastado en menos de tres años toda su energía, sea que la vida fácil de París le retuviera con un atractivo irresistible, es lo cierto que durante diez años su único trabajo fue pasear sus caballos por el Bosque y exhibir sus guantes amarillos en el foyer de la Opera. París era completamente nuevo para él, porque había vivido en el campo bajo la férula inflexible de su padre hasta el momento de partir para el Senegal. Gustó tan tarde de los placeres, que no tuvo tiempo para saciarse.

Todo le parecía hermoso, los goces de la mesa, las satisfacciones de la vanidad, las emociones del juego y hasta las austeras alegrías de la familia. Mostraba en casa la cariñosa diligencia de un buen esposo y en el mundo la fogosidad de un hijo de familia emancipado. Su mujer era la más dichosa de Francia, pero no la única de quien él hiciera la dicha. Lloró de alegría al nacer su hija, allá por el verano de 1835. En el exceso de su felicidad, compró una casa de campo a una bailarina por la cual estaba loco. Las comidas que daba en su casa no tenían rival, como no fuesen las cenas que daba en la de su querida. El mundo, que es siempre indulgente para los hombres, le perdonaba aquel derroche de su vida y de su fortuna. Además, hacía las cosas galantemente, porque sus placeres mundanos no levantaban un eco doloroso en su casa. En justicia, ¿se le podía reprochar que hiciese partícipes a todos de la exuberancia de su bolsillo y de su corazón? Ninguna mujer compadecía a la duquesa, que, en efecto, no era digna de compasión. El duque evitaba cuidadosamente comprometerse, no se exhibía en público más que con su esposa, y antes hubiera preferido faltar a una partida que enviarla sola al baile.

Aquella vida por partida doble y los manejos en que un hombre de mundo sabe envolver sus placeres, hicieron pronto brecha en su capital. Nada cuesta más caro en París que la sombra y la discreción. El duque era demasiado gran señor para detenerse en su camino. Nunca supo negar nada a su esposa ni a la de los otros. Y no es que ignorase el estado de su fortuna, pero contaba con el juego para repararla. Los hombres a quienes el bien ha venido durmiendo se habitúan a una confianza ilimitada en el destino. El señor de La Tour de Embleuse era dichoso como el que toma las cartas en sus manos por primera vez. Se estima que sus ganancias del año 1841 doblaron sus rentas y aún más, pero nada dura en este mundo, ni siquiera la suerte en el juego; bien pronto pudo saberlo por experiencia. La liquidación de 1848, que dejó al descubierto tantas miserias, le demostró que estaba arruinado sin remisión. Vio que a sus pies se abría un abismo sin fondo. Otro hubiera perdido la cabeza; él ni siquiera perdió la esperanza. Fuese directamente a su esposa y le dijo con la alegría de siempre:

—Mi querida Margarita, esta maldita revolución nos lo ha quitado todo; no nos quedan ni mil francos nuestros.

La duquesa no esperaba semejante noticia y, pensando en su hija, lloró amargamente.

—No temas nada—le dijo—; es una tempestad pasajera. Cuenta conmigo; yo cuento con el azar. Dicen que soy un hombre ligero; ¡tanto mejor! Así volveré a flote.

La pobre mujer enjugó sus lágrimas y le dijo:

—¡Bien, amigo mío! ¿Es que quieres trabajar?

—¡Yo! ¡Ni por pienso! Esperaré la Fortuna; es una caprichosa y se ha portado siempre muy bien conmigo para que se despida así en redondo y para siempre.

El duque esperó ocho años en un pequeño departamento del palacio de Sanglié, encima de las caballerizas. Sus antiguos amigos, desde que conocieron su situación, le ayudaron con su bolsa y con su crédito. Tomó prestado sin escrúpulo, como hombre que había hecho préstamos sin recibo. Se le ofrecieron muchos empleos, todos decorosos. Una compañía industrial quiso incluirle en su consejo de administración con una gratificación que equivalía a un sueldo. Rehusó por miedo de rebajarse. «No tengo inconveniente, dijo, en vender mi tiempo, pero a lo que no estoy dispuesto es a prestar mi nombre.» Así fue descendiendo uno por uno todos los peldaños de la miseria, desanimando a sus amigos, cansando a sus acreedores, cerrándose todas las puertas, desprestigiando un nombre que no quería comprometer, pero sin preocuparse del traje raído que paseaba por las calles ni de su chimenea en la que no podía echar ni un mal pedazo de leña.

El día 1.º de enero de 1853, la duquesa llevaba al Monte de Piedad su anillo de boda.

Es preciso estar bien falto de todo socorro humano para empeñar un objeto de tan escaso valor como un anillo de matrimonio. Pero la duquesa no tenía ni un céntimo en casa y no se vive sin dinero, por más que el crédito sea el gran resorte del comercio de París. Se compran muchas cosas sin pagarlas cuando se puede echar sobre el mostrador una tarjeta con un nombre conocido y una dirección elegante. Podéis amueblar vuestra casa, llenar vuestra bodega y proveer vuestro ropero sin que tengáis necesidad de enseñar el color de vuestros escudos. Pero hay mil gastos cotidianos que no se hacen más que con el dinero en la mano. Un vestido se toma a crédito, pero los remiendos se pagan al contado. Algunas veces es más fácil comprar un reloj que una col. La duquesa disponía de un resto de crédito que cultivaba con un cuidado religioso, pero, en cuanto al dinero, no sabía cómo procurárselo. El duque de La Tour de Embleuse ya no tenía amigos: los había gastado como el resto de su fortuna. Tal compañero de colegio nos profesa cariño hasta mil francos; tal camarada de placer llega a prestarnos cien luises; tal vecino compasivo representa un valor de mil escudos. Pasada cierta cifra, se cree libre de todos los deberes de la amistad; no tiene nada de qué reprocharse; ya no os debe nada; tiene el derecho de desviar la vista cuando os encuentra y de negaros la entrada cuando llamáis a su puerta. Las amigas de la duquesa se habían ido apartando de ella una después de otra. La amistad de las mujeres es seguramente más cordial que la de los hombres, pero en uno y otro sexo no hay afecto duradero más que para sus iguales. Se experimenta un placer delicado en subir dos o tres veces una escalera estrecha y en sentarse cerca de un miserable camastro, pero hay muy pocas almas tan heroicas que sean capaces de vivir familiarmente con la desgracia de los demás. Las mejores amigas de la pobre mujer, aquellas que la llamaban Margarita, habían sentido enfriarse su corazón en aquel departamento sin alfombras y sin fuego, y ya habían dejado de ir. Cuando se les hablaba de la duquesa, hacían su elogio, la compadecían sinceramente y decían: «Nos queremos como siempre, pero no nos vemos casi nunca. ¡Su marido tiene la culpa!»

En aquel abandono lamentable, la duquesa recurría al último amigo de los desgraciados, un acreedor que presta a un interés muy elevado, es verdad, pero sin objeciones ni reproches. El Monte de Piedad guardaba sus alhajas, sus encajes, sus vestidos, lo mejor de su ropa blanca y el penúltimo colchón de su cama. Lo había empeñado todo a la vista del propio duque que veía marchar uno a uno todos los objetos de su mobiliario, despidiéndose alegremente de ellos. Aquel incomprensible viejo vivía en su casa como Luis XIV en su reino, sin preocuparse del porvenir y diciendo: «¡Después de mí, el diluvio!» Se levantaba ya tarde, almorzaba con excelente apetito, se pasaba una hora en el tocador, se teñía el pelo, se ponía colorete, se pulía las uñas y paseaba sus gracias por París hasta la hora de comer. No mostraba la menor extrañeza cuando veía una buena comida sobre la mesa, y era demasiado discreto para preguntar a su mujer cómo la había logrado. Si la comida era magra, se condolía humorísticamente y sonreía a la mala fortuna como otras veces a la buena. Cuando Germana empezó a toser, bromeó alegremente sobre tan mala costumbre. Se pasó largo tiempo sin ver que la pobre languidecía, y el día que lo advirtió experimentó una viva contrariedad.

Cuando el doctor le anunció que sólo un milagro podía salvar a la infeliz niña, le llamó médico Tant-Pis (Tanto peor), y le dijo frotándose las manos: «¡Vamos, vamos, eso no será nada!» El mismo ignoraba si hablaba así para tranquilizar a la familia o es que realmente su trivialidad natural le impedía sentir el dolor. Su mujer y su hija le adoraban tal como era. Trataba a la duquesa con la misma galantería que al día siguiente de la boda, y hacía saltar a Germana sobre sus rodillas como cuando tenía tres años. La duquesa jamás le acusó, ni en su fuero interno, de su ruina; veía en él, lo mismo que veintitrés años antes, al hombre perfecto; tomaba su indiferencia por valor y firmeza; esperaba en él, a pesar de todo, y le creía capaz de levantar la casa por un golpe inesperado de fortuna.

A Germana, según el doctor Le Bris, no le quedaban más que cuatro meses de vida. Debía caer en los primeros días de la primavera, a tiempo para que las lilas blancas pudiesen florecer sobre su tumba. La pobre joven presentía su destino y juzgaba sobre su estado con una clarividencia bien rara en los tuberculosos. Quizás hasta tenía sospechas del mal que minaba a su madre. Dormía al lado de la duquesa, y en sus largas noches de insomnio se asustaba algunas veces del sueño anhelante de la querida enfermera. «Cuando yo haya muerto, pensaba, mamá no tardará en seguirme. No estaremos mucho tiempo separadas; pero, ¿qué será de mi padre?»

Todas las preocupaciones, todas las miserias, todos los dolores físicos y morales tenían su asiento en aquel rincón del palacio Sanglié; y en París, donde la miseria abunda, no había, quizás, una familia más completamente miserable que la de La Tour de Embleuse que poseía por todo recurso un anillo de boda.

La duquesa fue primero a la sucursal del Monte de Piedad, situada en la calle de Bonaparte, cerca de la Escuela de Bellas Artes, pero encontró la casa cerrada; había olvidado que era día de fiesta. Entonces se le ocurrió la idea de que tal vez habría abierto el comisionista de la calle de Condé, pero le ocurrió lo mismo. No sabía ya dónde dirigirse, porque los establecimientos de este género no son muy frecuentes en el barrio de San Germán; no obstante, como el duque no podía comenzar el año ayunando, entró en un pequeño establecimiento de bisutería de la encrucijada del Odeón donde vendió su anillo por once francos. El mercader prometió conservarlo tres meses, por si quería ir a buscarlo.

Guardó el dinero en una punta de su pañuelo de bolsillo y, sin detenerse, se encaminó hacia la calle de los Lombardos. Entró en una farmacia, compró una botella de aceite de hígado de bacalao para Germana, atravesó el arroyo, se detuvo en una tienda, eligió una langosta y una perdiz, y volvió, enlodada hasta las rodillas, al palacio Sanglié. No le quedaban más que cuarenta céntimos.

El departamento que ocupaba era una construcción ligera, añadida treinta años antes al edificio. Las cuatro piezas de que se componía estaban separadas por tabiques de madera. La antesala daba por un lado al salón y por el otro a un largo corredor que conducía a la habitación del duque. Desde el salón se pasaba a la habitación de la duquesa y desde allí al comedor que unía la habitación del duque con la de la duquesa.

La señora de La Tour de Embleuse encontró en la antesala a su única sirvienta, la vieja Semíramis, que lloraba silenciosamente con un papel en la mano.

—¿Qué tienes?—preguntó.

—Señora, esto es todo lo que ha traído el panadero. Si no le pagamos, no nos dará más pan.

La duquesa recordó que, efectivamente, se le debían más de 600 francos.

—No llores más—dijo—. Aquí tienes algún dinero; ve a la panadería de la calle del Bac y compra un panecillo de Viena para el señor y para nosotros lo traes del otro. Llévate eso a la cocina; es el almuerzo del señor. Y Germana, ¿ya está levantada?

—Sí, señora; el médico la ha visto a las diez. Aun está en la habitación del señor duque.

Semíramis salió y la señora de La Tour de Embleuse se dirigió a la habitación de su marido. Cuando se disponía a abrir la puerta, oyó la voz del duque, clara, alegre y vibrante como un clarín.

—¡Cincuenta mil francos de renta!—decía el viejo—. ¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!


II

PETICIÓN DE MATRIMONIO

El doctor Carlos Le Bris era uno de los hombres más apreciados de París. La gran ciudad tiene sus niños mimados en todas las artes, pero no conozco a ninguno que lo fuese tanto como él. Había nacido en una miserable y pequeña ciudad de la Champaña, pero hizo sus estudios en el colegio de Enrique IV. Un pariente suyo, que ejercía la medicina en el país, le dedicó desde muy joven a la misma profesión. Carlos siguió sus cursos, frecuentó los hospitales, hizo su internado, practicó a la vista de sus maestros y ganó a pulso todos sus diplomas y algunas medallas que hoy constituyen el adorno de su gabinete. Su única ambición era suceder a su tío y acabar con los enfermos que el buen hombre le dejase. Pero cuando le vieron aparecer, armado de sus éxitos y doctor hasta los dientes, los curanderos del país, y su tío que, después de todo, no era otra cosa, le preguntaron por qué no se había quedado en París. Unía a su talento unos modales tan seductores y le sentaba tan bien su gran paletó, que se adivinaba desde el primer día que todos los enfermos serían para él. El venerable pariente se encontraba demasiado joven para pensar en retirarse, y la rivalidad de su sobrino dio una agilidad a sus piernas que nunca había tenido. En resumen, el pobre muchacho fue tan mal recibido, se le pusieron tantos obstáculos en su camino, que, de puro desesperado, se volvió a París. Sus antiguos maestros le acogieron con los brazos abiertos y pronto tuvo una gran clientela. Los grandes hombres tienen el medio de no ser envidiosos; gracias a su generosidad, el doctor Le Bris hizo su reputación en cinco o seis años. Aquí se le apreciaba como sabio, allá como bailarín, y en todas partes como hombre simpático y bueno. Ignoraba los primeros elementos de la charlatanería, hablaba muy poco de sus éxitos y abandonaba a sus enfermos el cuidado de decir que los había curado. Su casa no era un templo, ni mucho menos. Habitaba en un cuarto piso de un barrio extremo. ¿Por modestia? ¿Por coquetería? No se sabe. Las pobres gentes de su barrio no se quejaban de tal vecindad; él, por su parte, las cuidaba con tanta solicitud, que algunas veces olvidaba el portamonedas a la cabecera de su cama.

El señor Le Bris era, desde hacía tres años, el médico de la señorita de La Tour de Embleuse. Había seguido los progresos de la enfermedad sin poder hacer nada para detenerlos. Y no es que Germana fuese una de esas niñas condenadas desde su nacimiento, que llevan en sí el germen de una muerte hereditaria. Su constitución era robusta y su pecho ancho; además, su madre nunca había tosido. Un resfriado descuidado, una habitación demasiado fría, la privación de cosas necesarias a la vida, es lo que había producido todo su mal. Poco a poco, a pesar de los cuidados del doctor, la pobre niña había palidecido coma una estatua de cera y sus fuerzas la habían abandonado; el apetito, la alegría, el aliento, la satisfacción de respirar el aire, todo le faltaba. Seis meses antes del principio de esta historia, Le Bris había tenido consulta con dos celebridades. Aun podía salvarse entonces; le quedaba un pulmón, y la Naturaleza a veces se contenta con menos. Pero era preciso llevarla sin demora a Egipto o a Italia.

—Sí—dijo el joven doctor—, ésa es la única prescripción racional; una casa de campo a orillas del Arno, una vida tranquila y sin preocupaciones pecuniarias... ¡Pero, ya veis!...

Y designó con el dedo los cortinajes destrozados, las sillas de paja y el desnudo pavimento del salón.

—¡He aquí su sentencia de muerte!

En el mes de enero el último pulmón fue afectado; el sacrificio se consumaba. El doctor casi se preocupaba ya más de la duquesa que de la enferma. Su última esperanza era que la hija se extinguiese dulcemente y que la madre se salvase.

Hizo su visita a Germana, le tomó el pulso por pura fórmula, le ofreció una caja de bombones, la besó fraternalmente en la frente y pasó a la habitación del señor de La Tour de Embleuse.

El duque aun estaba en la cama y, sin los artificios de tocador, nadie le hubiera rebajado un mes de sus sesenta y tres años.

—Y bien, elegante doctor—dijo con su risa sonora—, ¿qué año nuevo nos trae usted? ¿La Fortuna, al fin, querrá venir a verme? ¡Ah! ¡bribona, si vuelvo a pillarte! Usted es testigo, doctor, de que la espero en la cama.

—Señor duque—respondió el doctor—, puesto que estamos solos, podemos hablar de cosas serias. Creo que no he ocultado a usted el estado de su hija.

El duque hizo una pequeña mueca sentimental y dijo:

—Verdaderamente, doctor, ¿es que no se puede ya esperar nada? Yo creo, falsa modestia aparte, que es usted capaz de un milagro.

Le Bris movió tristemente la cabeza.

—Todo lo más que yo puedo hacer—respondió—, es evitarle sufrimientos en sus últimos días.

—¡Pobre pequeña! Figúrese usted, querido doctor, que tose todas las noches hasta despertarme. Debe sufrir horriblemente, aunque trate de ocultarlo. Si no hay ninguna esperanza, su última hora será la del descanso.

—No es eso todo lo que tengo que decirle, y perdóneme usted si empiezo el año con tristes noticias.

El duque se incorporó de un salto.

—¿Qué pasa, pues? ¡Me da usted miedo!

—La señora duquesa me inquieta desde hace algunos meses.

—¡Ah!... Efectivamente, doctor, usted abusa de los malos augurios. La duquesa, gracias a Dios, está perfectamente. ¡Ya quisiera estar yo como ella!...

El doctor entró en detalles que abatieron la indiferencia y la ligereza del viejo. Se vio solo en el mundo y se estremeció de terror. Su voz bajó de tono y se cogió a la mano del doctor como un náufrago al último trozo de madera.

—Amigo mío—le dijo—, ¡sálveme! ¡Salve a la duquesa, quería decir! No tengo más que a ella en el mundo. ¿Qué sería de mí? Es un ángel, mi ángel guardián. ¿Qué es necesario hacer para curarla? Dígamelo y obedeceré como un esclavo.

—Señor duque, lo que necesita la señora duquesa es una vida tranquila y fácil, sin emociones, y, sobre todo, sin privaciones; un régimen suave, alimentos escogidos y variados, una casa cómoda, un buen coche...

—Y la luna, ¿no es verdad?—exclamó el duque con impaciencia—. Le creía a usted, doctor, hombre de más talento y de más vista. ¡Coche! ¡casa! ¡buena alimentación! ¡Vaya usted a buscarme todo eso y se lo daré!

El doctor respondió sin inmutarse:

—Ya se lo traigo a usted, señor duque, y no tiene usted más que tomarlo.

Los ojos del duque brillaron como los de un gato en la obscuridad.

—¡Hable usted, pues!—exclamó—. ¡Me tiene usted en ascuas!

—Antes de pasar adelante, señor duque, debo recordarle que desde hace tres años soy el mejor amigo de la casa.

—Puede usted decir el único sin temor a ser desmentido.

—El honor de su nombre me es tan caro como a usted mismo, y si...

—¡Va bien! ¡va bien!

—No olvide usted que la vida de la señora duquesa está en peligro y que yo respondo de salvarla, puesto que usted me proporciona los medios.

—¡Qué diablo! Es usted el que me los proporciona a mí. Hace una hora que me está usted hablando como el peripatético del Matrimonio forzado. ¡Al grano, doctor, al grano!

—A eso voy. ¿Ha visto usted nunca en París al conde de Villanera?

—¿Al de los caballos negros?

—Precisamente.

—¡El más hermoso tronco de París!

—Don Diego Gómez de Villanera es el último vástago de una ilustre familia napolitana transplantada a España durante el reinado de Carlos V. Su fortuna es la más grande de toda la península; si cultivase sus tierras y explotase sus minas, sus rentas no bajarían de dos o tres millones. Así y todo, tiene millón y medio de renta, un poco menos que el príncipe de Isupoff, treinta y dos años, una figura agradable, una educación exquisita, un carácter caballeroso...

—Y a la señora de Chermidy, puede usted añadir.

—Puesto que usted sabe eso, me abrevia el camino. El conde, por razones que ahora sería muy largo exponer, desea abandonar a la señora de Chermidy y unirse, con arreglo a su jerarquía, con una de las más ilustres familias. Se preocupa tan poco de los bienes de su futura, que asegurará a su suegro una renta de cincuenta mil francos. El suegro que él desea es usted, y me ha encargado que explore sus disposiciones. Si usted accede, él vendrá hoy mismo a pedirle la mano de la señorita Germana y dentro de quince días se habrá celebrado la boda.

Por de pronto, el duque saltó al suelo y miró fijamente al doctor.

—¿No está usted loco?—dijo—, ¿no se está burlando de mí? Supongo que no olvidará usted que soy el duque de La Tour de Embleuse y que puedo doblarle en edad... ¿Es verdad todo eso que me ha dicho?

—Como el Evangelio.

—¿Pero él no sabe que Germana está enferma?

—Lo sabe.

—¿Que está moribunda?

—Lo sabe.

—¿Desahuciada?

—Lo sabe.

Una nube pasó por el rostro del viejo duque. Se sentó en un rincón de la fría chimenea sin darse cuenta de que estaba casi desnudo y, apoyando los codos sobre las rodillas, se apretó la cabeza con las manos.

—Eso no es natural—añadió—; usted no me lo ha dicho todo y el señor de Villanera debe tener algún motivo secreto para querer casarse con una muerta.

—En efecto—respondió el doctor—. Pero haga usted el favor de volverse a la cama. Es una historia muy larga.

El duque volvió a arrebujarse debajo del cobertor. Sus dientes castañeteaban a causa del frío y de la impaciencia y tenía sus ojillos fijos en el doctor con la curiosidad inquieta de un niño ante el que se abre una caja de bombones. El señor Le Bris no le hizo esperar.

—¿Usted sabe—dijo—cuál es la situación de la señora de Chermidy?

—Viuda consolable de un marido al que no ha visto nunca.

—Yo he visto al señor Chermidy hace tres años y le aseguro por lo tanto que su esposa no es viuda.

—¡Tanto mejor para él! ¡Diablo! ¡Marido de la señora Chermidy! Es una sinecura que le debe proporcionar muy bonitas rentas.

—¡Así es como se hacen juicios temerarios! El señor Chermidy es un hombre honrado y hasta un oficial de algún mérito. No creo que pertenezca a una familia aristocrática; a los treinta y cinco años era capitán de la marina mercante y obtuvo embarque en un navío del Estado como oficial auxiliar hasta que, al cabo de dos años de navegación, el ministro le firmó su nombramiento de oficial. Fue en 1838 cuando puso su corazón y sus charreteras a los pies de Honorina Lavenaze. Esta tenía por toda fortuna sus diez y ocho años, unos grandes ojos que usted ya conoce, un gorro de arlesiana y una ambición sin límites. No era, ni con mucho, tan hermosa como hoy. Ella misma me ha dicho que era seca como un palo y negra como un cuervo, pero tenía ciertos atractivos que la hacían desear. Reinaba en el mostrador de un despacho de tabacos y, desde el prefecto marítimo hasta los alumnos de segundo año, toda la aristocracia náutica de Tolón iba a fumar y a suspirar a su alrededor. Pero nada podía trastornar aquella firme cabeza, ni los vapores del incienso ni el humo de los cigarros. Se había jurado ser juiciosa hasta que encontrase un marido, y ninguna seducción fue bastante para desviar su decisión. Los oficiales la llamaban Croquet (rosquilla de almendra) a causa de su dureza; los burgueses Ulloa, porque había sido sitiada por la marina francesa.

»No faltaban hombres serios que quisieran casarse con ella; en los puertos de mar se les encuentra en abundancia. Cuando regresa de largas travesías, el oficial de marina tiene más ilusiones, más ingenuidad, más juventud que el día de la partida; la primera mujer que aparece a sus ojos se le presenta tan hermosa, tan santa, como la patria que se vuelve a ver; ¡es la patria vestida de seda! La apetitosa Honorina, vista por Chermidy, rudo lobo de mar, fue la preferida por su candor, y aquella oveja recalcitrante pasó a su poder bajo las barbas de sus rivales.

»Su buena suerte, que hubiese podido darle muchos enemigos, no perjudicó en lo más mínimo su porvenir. Aunque vivía apartado, solo con su mujer, en una quinta aislada, obtuvo un bonito embarque, que no había pedido. Desde entonces, no ha estado en Francia más que raras veces; siempre en el mar, ha podido hacer economías para su esposa que, por su parte, las ha hecho para él. Honorina, embellecida por el tocador, por el bienestar y por el aumento de carnes, ha reinado diez años en el departamento del Var. Los únicos acontecimientos que hayan señalado su reinado son la quiebra de un almacenista de carbones y la destitución de dos oficiales pagadores. Después de un proceso escandaloso, en el cual su nombre no sonó para nada, creyó prudente exhibirse en un escenario más amplio y tomó el piso que aun ocupa en la calle del Circo. Su marido navegaba sobre los bancos de Terranova, mientras que ella rodaba por París. ¿Asistió usted a su presentación en esta ciudad, señor duque?

—¡Sí, pardiez! y me atrevo a decir que hay pocas mujeres que hayan hecho mejor su camino. Ser bonita y tener talento, no es nada; lo difícil es aparentar ser millonaria, la única manera de que se le ofrezcan millones.

—Llegó aquí con doscientos o trescientos mil francos, rebañados discretamente aquí y acullá. Así y todo, levantó en el Bosque tal polvareda que se habría dicho que la reina de Saba acababa de llegar a París. En menos de un año consiguió hacer hablar de sus caballos, de sus vestidos, de su mobiliario, sin que nadie pudiese decir nada positivo sobre su conducta. Yo mismo la he estado visitando año y medio sin sospechar quién era. Y la hubiese creído otra cosa durante largo tiempo, si la casualidad no me hubiera puesto en presencia de su marido. Era en los primeros días de 1850, ahora hace tres años, poco más o menos. El pobre diablo acababa de llegar de Terranova y a fin de mes partía para los mares de la China, donde había de permanecer cinco años, y encontraba muy natural abrazar a su mujer, entre dos viajes. La librea de sus criados le hizo guiñar los ojos, y los esplendores de su mobiliario le acabaron de deslumbrar. Pero cuando vio a su querida Honorina aparecer en un traje de mañana que representaba dos o tres años de su sueldo, se olvidó de caer en sus brazos, viró en redondo sin decir una palabra y se hizo llevar el equipaje a la estación de Lyón. Así es cómo el señor Chermidy me hizo entrar en la intimidad de su mujer. Otros pormenores los conozco por el conde de Villanera.

—¿Llegamos ya?—preguntó el duque.

—Un poco de paciencia. La señora Chermidy había distinguido a don Diego algún tiempo antes de la llegada de su marido. Era su vecina en el teatro de los Italianos y había sabido mirarle con tales ojos que se hizo presentar a ella. Todos los hombres le dirán que sus salones son los más agradables de París, aun cuando no se encuentre a otra mujer que a la dueña de la casa. Pero Honorina se multiplica. El conde se apasionó por ella, llevado del mismo espíritu de emulación que perdió al pobre Chermidy. Y la amó tanto más ciegamente, por cuanto ella le otorgó todos los honores de la guerra y pareció ceder a una inclinación irresistible que la arrojaba en sus brazos. El hombre más inteligente se deja prender en este lazo y todo el escepticismo se estrella contra la comedia del amor verdadero. Don Diego no es un atolondrado sin experiencia. Si hubiera adivinado el menor interés, sorprendido un movimiento calculado, se habría puesto en guardia y todo estaba perdido, pero la ladina llevó su habilidad hasta el heroísmo. Agotó todos los recursos de su presupuesto, gastó hasta su último sueldo e hizo creer al conde que le amaba por él. Llegó hasta exponer su reputación, que tanto había cuidado hasta entonces, y se hubiera comprometido locamente a no impedírselo él. La condesa viuda de Villanera, una santa mujer, un prodigio de vejez y de rigidez, parecida a un retrato de Velázquez, escapado del lienzo, tuvo conocimiento de los amores de su hijo y no encontró nada que decir. Prefería verlo en relaciones con una mujer de mundo, que perdido entre los placeres fáciles en los cuales se arruina el cuerpo y se envilece el alma.

»La delicadeza de la señora Chermidy era de carácter tan quisquilloso, que don Diego no pudo ofrecerle ni la menor bagatela. Lo primero que aceptó de él, después de un año de intimidad, fue una inscripción de cuarenta mil francos de renta. Estaba encinta de un hijo que nació en noviembre de 1850. Ahora, señor duque, llegamos al fondo de la cuestión.

»La señora Chermidy dio a luz en Bretéche-Saint-Nom, detrás de San Germán. Yo estaba allí. Don Diego, ignorando nuestras leyes y creyendo que todo era permitido a las personas de su condición, quería reconocer al niño. Los primogénitos de la familia Villanera son marqueses de los Montes de Hierro. Yo le expliqué el axioma de derecho: Is pater est, y le demostré que su hijo debía llamarse Chermidy o no llamarse de ningún modo. Precisamente el marino había estado en París en enero último y esto bastaba para salvar las apariencias. Después de deliberar un buen rato cerca de la cama de la parturienta, ésta nos dijo que su marido la mataría infaliblemente si ella intentaba imponerle esta paternidad legal. El conde añadió que el marqués de los Montes de Hierro no consentiría jamás en firmarse Chermidy. Resumiendo, inscribí al niño en la alcaldía con el nombre de Gómez, hijo de padres desconocidos.

»El noble padre, dichoso y desgraciado a la vez, comunicó tan importante acontecimiento a la venerable condesa. Esta ha querido ver al niño, y ha hecho llevarlo a su lado, en su hotel del faubourg Saint-Honoré, donde aun está. Tiene dos años, goza de buena salud y se parece ya a las veinticuatro generaciones de los Villanera. Don Diego adora a su hijo, y no se consuela de ver en él a un niño sin nombre y, lo que es peor, adulterino. La señora de Chermidy es una mujer capaz de remover las montañas para asegurar a su heredero el nombre y la fortuna de los Villanera. Pero la más digna de compasión es la pobre viuda. Ella prevé que don Diego no se casará nunca ante el temor de desheredar a su hijo amado; que desarraigará su fortuna para podérsela entregar, que venderá las tierras de la familia y que de su ilustre nombre y grandes dominios no quedará nada dentro de medio siglo.

»Ante este conflicto, la señora Chermidy ha tenido un rasgo de genio y ha dicho a don Diego: «Cásese usted. Busque una esposa de la primera nobleza de Francia y obtenga, por medio del acta de matrimonio, que ella reconozca a nuestro hijo como suyo. Siendo así, el pequeño Gómez será su hijo legítimo, noble por padre y madre, heredero de todos los bienes de la familia. En cuanto a mí, no se preocupe usted, me sacrifico por los dos.»

»El conde ha sometido el proyecto a su madre, que está dispuesta a firmar a dos manos. La noble dama ha perdido ya sus ilusiones sobre la señora Chermidy que cuesta más de cuatro millones a don Diego y que habla de retirarse a una choza para llorar la dicha perdida pensando en su hijo. El señor de Villanera cree cándidamente en su falsa resignación y creería cometer un crimen abandonando a esta heroína del amor maternal. Para terminar, y con objeto de acallar sus nobles escrúpulos, la señora Chermidy ha susurrado al oído del conde: «Cásese usted por poco tiempo. El doctor le buscará una esposa entre sus enfermas.» Yo he pensado en la señorita de La Tour de Embleuse y he venido a confiarme absolutamente en usted, señor duque. Este matrimonio, por extravagante que parezca a primera vista, y aunque dé a usted un nieto que no es de su sangre, asegura a la señorita Germana un fin dulce y tranquilo y una prolongación de la existencia; salva la vida a la señora duquesa, y, en fin...

—Me da a mí cincuenta mil libras de renta, ¿no es eso? Pues bien, querido doctor, le doy a usted las gracias. Dígale al señor de Villanera que soy su servidor. A mi hija podré enterrarla tal vez, pero no venderla.

—Señor duque, realmente lo que propongo a usted es un negocio, pero si yo lo creyese indigno de un caballero, no hubiera intervenido en él, puede creerme.

—¡Pardiez! doctor, cada uno entiende el honor a su manera. Hay el honor del soldado, el honor del tendero y el honor del noble que no me permite ser el abuelo del pequeño Gómez. ¡Ah! ¡el señor de Villanera pretende legitimar a sus bastardos! Eso es Luis XIV puro, pero nosotros no estamos aliados a la familia Saint-Simon. ¡Cincuenta mil francos de renta! Yo he tenido ciento veinte mil, señor, sin haber hecho nunca nada, ni bueno ni malo. ¡Y no me apartaré de las tradiciones de mis antepasados para obtener menos de la mitad!

—Me permito llamarle la atención, señor duque, sobre el hecho de que la familia Villanera es digna de tal alianza. El mundo no encontraría nada que decir.

—¡No faltaría más sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confieso que en cualquiera otra circunstancia me consideraría muy honrado. Don Diego Gómez de Villanera es bien nacido, he oído elogiar a su familia y a su persona. Pero, ¡qué diablo! ¡no quiero que se diga que la señorita de La Tour de Embleuse tenía un hijo de dos años el día de su boda!

—No dirán nada, ni lo sabrá nadie. El reconocimiento será secreto, y después, ¿quién se ocuparía de eso más tarde? Ni la ley ni la sociedad establecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijo legítimo.

—¿Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor de Santo Tomás de Aquino, con el señor de Villanera a su derecha, la señora Chermidy a su izquierda con un niño de dos años en los brazos, y el sepulturero cerrando la comitiva? Eso es sencillamente abominable, mi pobre doctor. No hablemos más de ello... Diga usted... ¿Y es muy complicada esa ceremonia del reconocimiento?

—No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todo queda en regla.

—Esa frase es la que sobra. No hablemos más de ello. Ni una palabra a la duquesa, ¿me lo promete usted?

—Se lo prometo.

—¿Y usted cree que verdaderamente está tan mal la pobre duquesa? ¡Pero si está tan ágil como cuando tenía quince años!

—El estado de la señora duquesa es bastante serio.

—¿Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podríamos curar?

—Respondo de su vida si obtengo de usted...

—Usted no obtendrá nada absolutamente. ¡Yo soy de piedra roqueña, mi querido amigo! Y ya ve usted si mi negativa tiene mérito, ¡tal vez no hay diez luises en toda la casa! A fe de gentilhombre que si alguien muriese aquí no se encontraría con qué enterrarle. ¡Tanto peor! ¡tanto peor! ¡nobleza obliga! El duque de La Tour de Embleuse no es un ama seca, ¡y sobre todo del hijo de la señora Chermidy! Antes me dejaría morir en un jergón. Doctor, estoy muy contento de que me haya puesto a prueba y no le guardo ningún resentimiento. Nunca se conoce bien uno a sí mismo y no estaba muy seguro de la cara que pondría ante cincuenta mil francos de renta. Usted ha pulsado mi honor que ¡gracias a Dios! ha respondido bien... ¿El señor de Villanera ofrece el capital o sólo la renta?

—A elección de usted, señor duque.

—Yo he elegido la miseria, ya lo ha visto usted. ¡Pero cuando yo le decía que la Fortuna era una caprichosa! La conozco desde hace mucho tiempo y unas veces hemos estado en buenas relaciones y otras reñidos. Ahora quiere tentarme... ¡como si no! ¡Adiós, querido doctor!

El señor Le Bris se levantó de la silla. El duque le retuvo por la mano.

—Fíjese usted en que lo que hago es heroico. ¿Usted no ha sido jugador? ¿Conoce usted las cartas?

—Juego al whist.

—Entonces no es usted jugador. Sepa usted, pues, amigo mío, que cuando una vez se ha dejado pasar una buena racha, ya no vuelve. Al rechazar sus proposiciones, renuncio a toda esperanza en lo porvenir y me condeno a perpetuidad.

—Acepte usted, pues, señor duque, y no desprecie a la fortuna. ¡Cómo! yo le traigo a usted en mis manos la salud para la señora duquesa, el bienestar para usted y un fin dulce y tranquilo para la pobre niña que se extingue entre privaciones de todas clases; levanto su casa que se derrumba entre el polvo; le doy un nieto ya criado, un niño magnífico que podrá unir su nombre de usted al de su padre, y todo eso, ¿a qué precio? Mediante una cláusula de dos líneas en el acta de matrimonio. ¿Y usted prefiere mejor condenar a su hija, a su esposa y hasta condenarse a sí mismo, antes que prestar su nombre a un niño extraño? ¿Cree usted que con eso cometería un crimen de lesa nobleza? ¿Es que no sabe usted a qué precio se ha conservado la nobleza en Francia y en todas partes desde las Cruzadas? ¡Cuántos nombres salvados por milagro o por habilidad! ¡Cuántos árboles genealógicos rejuvenecidos por un injerto plebeyo!

—¡Casi todos, querido doctor! Le citaría más de veinte sin salir de esta misma calle. Además, los Villanera pertenecen a la aristocracia más pura; no veo inconveniente en una alianza con esos señores. Con una condición, sin embargo: y es que el asunto se lleve en plena luz, sin hipocresía. Mi hija puede reconocer un hijo extraño en el interés de dos ilustres casas de España y de Francia. Si alguien pregunta por qué, se le contestará que por razones de Estado. ¿Y usted salvará a la duquesa?

—Respondo de ella.

—¿Y a mi hija también?

El doctor movió lentamente la cabeza. El viejo continuó con tono de resignación:

—¡Qué le vamos a hacer! no se puede tener todo a la vez. ¡Pobre niña! ¡Tanto que me hubiera gustado compartir con ella el bienestar! ¡Cincuenta mil francos de renta! ¡Ya sabía yo que volvería la fortuna!

En aquel momento entró la duquesa y su marido le hizo un resumen de los ofrecimientos del doctor con transportes de una admiración infantil. El señor Le Bris se había levantado para ofrecer su silla a la pobre mujer que corría sin descanso desde por la mañana. Con los codos sobre la cama, frente a frente del duque, escuchó con los ojos cerrados todo lo que aquél quiso decirle. El viejo, inconstante como un hombre cuya razón vacila, había olvidado sus propias objeciones. No veía más que una cosa en el mundo: los cincuenta mil francos de renta. En su aturdimiento llegó hasta a hablar a la duquesa de los peligros que corría y de su vida amenazada. Pero esta revelación resbaló sobre su corazón sin herirlo.

Abrió los ojos, y volviéndolos tristemente hacia el doctor, le dijo:

—Y bien, ¿Germana está condenada sin remisión, puesto que esa mujer no tiene miedo de casarla con su amante?

El doctor intentó persuadirla de que no se había perdido toda esperanza, pero ella le detuvo con el gesto.

—No mienta usted, pobre amigo mío. Esas gentes han puesto su confianza en usted y le han pedido que buscase una mujer lo suficientemente enferma para que no hubiese esperanza alguna de salvarla. Si por una casualidad viviese, si un día llegase a colocarse entre los dos para reclamar sus derechos y expulsar a la amante, el señor de Villanera podría echar en cara a usted que le había engañado. Y usted no habrá querido exponerse a eso.

El señor Le Bris enrojeció a su pesar, porque la duquesa decía la verdad; pero salió de aquel mal paso haciendo el elogio de don Diego. Le pintó como un noble corazón, un caballero de antaño perdido en nuestro siglo.

—Puede usted creer, señora duquesa, que si nuestra querida enferma llegase a salvarse, lo debería a su marido. El no la conoce, no la ha visto nunca; ama a otra y abriga una esperanza bien triste para nosotros al decidirse a colocar una esposa legítima entre su amante y él. Pero cuanto mayor sea su interés en esperar el día de la viudez, más creerá de su deber el retrasarlo. No sólo rodeará a su esposa de todos los cuidados que su estado requiere, si no que es hombre para constituirse en enfermero de ella y velarla noche y día. Le garantizo a usted que tomará el matrimonio en serio, como todos los deberes de la vida. Es español e incapaz de jugar con los Sacramentos; tiene un culto por su madre y una ternura apasionada por su hijo. Esté usted segura de que el día en que le conceda la mano de su hija, se habrá acabado todo entre él y la señora Chermidy. Llevará a su mujer a Italia; yo les acompañaré y usted también, y si Dios tiene a bien hacer un milagro, seremos tres para ayudarle, señora duquesa.

—¡Diablo!—añadió el duque—. No hay nada imposible; todo puede ocurrir en este mundo; ¿quién me hubiera dicho esta mañana que yo heredaría cincuenta mil francos de renta?

Ante estas palabras la duquesa sintió que una oleada de lágrimas subía a sus ojos.

—Amigo mío—dijo—, es muy triste el que los padres hereden a los hijos. Si Dios tiene decidido llamar a su lado a mi pobre Germana, yo bendeciré llorando su mano rigurosa y esperaré a tu lado el instante en que debamos reunirnos. Pero yo quiero que la memoria de mi ángel amado sea tan pura como su vida. Desde hace más de veinte años conservo un ramo de flores de azahar, marchito lo mismo que mi felicidad y mi juventud: cuando ella muera quiero ponerlo sobre su ataúd.

—¡Ta! ¡ta!—exclamó el duque—. ¡Así son las mujeres! Tú estás enferma, querida, y no serán las flores de azahar las que te curen.

—¡En cuanto a mí...!

Su mirada acabó la frase de modo tan expresivo que hasta el mismo duque la comprendió.

—¡Eso es!—dijo—; ¡a vuestra comodidad! ¡moríos las dos juntas! ¿Y entonces qué será de mí?

—Usted será rico, padre mío—dijo Germana abriendo la puerta del comedor.

La duquesa se levantó como movida por un resorte y corrió hacia su hija; pero ésta no tenía necesidad de apoyo. Besó a su madre y con paso firme y resuelto, el paso de los mártires, avanzó hasta la cama.

Iba vestida de blanco, como Paulina en el quinto acto de Poliuto. Un pálido rayo del sol de enero caía sobre su frente, formando como una aureola. Su rostro sin color parecía una página borrada en la que no se veía brillar más que dos grandes ojos negros. Una masa de cabellos de oro, finos y frondosos, se amontonaban sobre su cabeza. Una hermosa cabellera es el último adorno de los tísicos; la conservan hasta el fin y son enterrados con ella. Sus manos transparentes caían a lo largo del cuerpo y se confundían con los pliegues del vestido. Era tal la delgadez de su persona que se asemejaba a una de esas criaturas celestes que no tienen ninguna de las bellezas ni de las imperfecciones de la mujer.

Se sentó familiarmente al borde de la cama, pasó el brazo derecho alrededor del cuello de su padre y le atrajo dulcemente hacia sí. Después designó la silla a Le Bris y le dijo:

—Haga el favor de sentarse, doctor, para que la familia esté completa. No me arrepiento de haber escuchado detrás de las puertas. Yo me temía que no hubiese servido para gran cosa; esta discusión me ha demostrado que aún podría ser útil a los míos. Ustedes son testigos de que no tengo ningún aprecio a la vida y que hace seis meses me he despedido de ella. Así como así este mundo es una bien triste morada para los que no pueden respirar sin sufrir. Mi único disgusto era el de legar a mis padres un porvenir de dolores y de miserias; ahora ya estoy tranquila. Me casaré con el conde de Villanera y adoptaré al hijo de esa señora. Gracias, querido doctor; a usted debemos nuestra salvación. Gracias a usted, el desarreglo de esas gentes devolverá el bienestar a mi excelente padre y la vida a mi noble madre. Mi paso por el mundo no habrá sido inútil. Me quedaba por todo bien el recuerdo de una vida pura y un pobre nombre sin mancha, como el velo de la primera comunión de una niña. Se lo doy todo a mis padres. Le ruego, mamá, que no proteste usted. No se desobedece a los enfermos. ¿Verdad, doctor?

—Señorita—respondió tendiéndole la mano—, es usted una santa.

—Sí; me esperan allá arriba; mi urna está dispuesta para recibirme. Rogaré a Dios por usted, mi digno amigo, ya que usted no lo hace.

Al hablar así su voz tenía algo de alado, de aéreo, de sobrenatural, como la serenidad del cielo. La duquesa se estremecía al escucharla; le parecía que el alma de su hija iba a escapar como un pájaro al que se ha abierto la jaula. Estrechó a Germana entre sus brazos y le dijo:

—¡No, tú no nos dejarás! Iremos todos a Italia y el sol te curará. El señor de Villanera es un hombre de corazón.

La enferma se encogió ligeramente de hombros y respondió:

—El hombre a quien se refiere usted hará mejor en quedarse en París, puesto que aquí tiene sus afectos, y en dejarme que pague tranquilamente mi deuda. Ya sé yo a lo que me comprometo aceptando su nombre. ¿Qué diría, ¡Dios santo!, si le jugase la mala partida de curarme? La señora Chermidy tendría el derecho de hacerme expulsar de este mundo por la justicia. Y diga usted, doctor, ¿me veré obligada a presentarme al señor de Villanera?

El señor Le Bris contestó con un imperceptible signo afirmativo.

—Bueno—dijo ella—, le haré buena cara. En cuanto al niño, le besaré de muy buena gana. Siempre me han gustado los niños.

La duquesa miró al cielo como un náufrago mira la orilla.

—Si Dios es justo—murmuró—, no nos separará; nos llevará a todos juntos.

—No, querida mamá; usted vivirá para mi padre. Usted, padre mío, vivirá para sí mismo.

—Te lo prometo—respondió ingenuamente el viejo.

Ni la duquesa ni su hija parecieron darse cuenta del egoísmo monstruoso que se encerraba detrás de aquellas palabras, al contrario, se emocionaron hasta derramar lágrimas; solamente el doctor sonrió.

Semíramis entró, anunciando que el almuerzo del señor duque estaba en la mesa.

—Adiós, señoras—dijo el doctor—; voy a llevar esas buenas noticias al conde. Creo que ustedes recibirán hoy mismo su visita.

—¿Tan pronto?—preguntó la duquesa.

—No tenemos tiempo que perder—añadió Germana.

—Mientras tanto—dijo el duque—, almorcemos.


III

LA BODA

El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa confitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizo llenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien pronto delante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana era propietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso. El conserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbre significaban una visita para su señora.

Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo le cogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo advirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel momento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña de la casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente la mano.

Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de encina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas y cuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, que manejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señora Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza muerta; el techo era una copia del Banquete de los dioses; la alfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araña flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz con su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesa correspondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenían de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.

Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podido hacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señora Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos de París son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y la miseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al frío sin resfriarse.

La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco. Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en su estuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni más muelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edad para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el más perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administración resulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa, pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan y los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismo resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia economía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con las apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas, pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz de arrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta, pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus antiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla: tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca como una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. La salud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca pequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorriones hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscuras como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de un negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de un cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco, sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir en los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas como el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambición insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una energía capaz de todos los crímenes.

Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, con los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas, redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usar botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos, las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa fruta.

Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es que los enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogonías antiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstante Hesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.

El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españoles caballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes ha ridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese su origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habían legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Era un joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego y un alma apasionada. Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, y nunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero su sonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. La alegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no se distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; tenía los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haber pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño no hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco amarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construir piedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento; no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. En cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos se advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y sus piernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitud aristocrática. Finalmente, tenía la estatura de un granadero y la apostura de un príncipe.

Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de la señora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábil que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los más difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimiento sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas gentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaquerías de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien hubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba por el interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido nada y él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía un favor y él le estaba reconocido.

Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fácil adivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en el espacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era más humilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros el reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha elegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de su hijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de la fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que probaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.

El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él un contraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchacho guapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estatura regular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni mucho menos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decía muchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía con un aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillas castañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca. No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar. Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero me habría extrañado mucho que se echase al agua por él. Además, se veía que no llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.

Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para la clientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo más bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que se acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el faubourg Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su posición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque al lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una solicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respeto y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de este sentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévola que puede llevarle muy lejos.

Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo, la llave de los corazones. Yo sé de una casa donde se le llama, y no sin motivo, la tumba de los secretos. Sus jóvenes clientes del faubourg Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las noches el escenario de la Opera y le llamaban mata ratas. En cambio, en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de Nuevo Continente.

—Y bien, Tumba de los secretos—dijo la señora Chermidy con su ligero acento provenzal—, ¿ha cumplido usted mi encargo?

—Sí, señora.

—¿Se trata de la tísica en cuestión?

—Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.

—¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentido interés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómo el Cielo recompensa mi compasión.

—Doctor—preguntó el conde—, ¿ha hablado usted de las condiciones?

—Sí, querido conde; las aceptan todas.

La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.

—¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al contado!

El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:

—Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de que habría llorado.

—¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un episodio del mercado de esclavas!

—Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.

—¡Galante está usted!

El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.

—Me satisface mucho—dijo el conde—que sea ella quien haya adoptado esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez les habría juzgado mal.

—Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían pan en casa.

—¿Pan?

—Pan, sin metáfora.

—Adiós—dijo el conde—. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya gentes que carezcan de pan?

—He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no tenía un millón para ofrecerles como hoy.

El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su madre. La linda mujer quedó con el doctor.

—Puesto que hay gentes que carecen de pan—dijo—, veamos, doctor, ¡una taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.

—Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.

—¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?

—Sin duda... en coche.

—Creí que estaba más enferma.

—¿Usted por lo visto quería un casamiento in articulo mortis?

—No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase a curar!

—La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.

—¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted, Llave de los corazones!

—¡Ay! señora, no me siento en peligro.

—¡Cómo ay!

—Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.

—Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?

—¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?

—¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.

El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono más natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería:

—¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para corregirme. Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como los perros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión de instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré a esa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.

Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador y se entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo se dejó vestir sin fijarse: ¡tenía otras preocupaciones más importantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinación inteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podía convertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello más que un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médico para que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus más queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena estrella, de todo, en fin.

Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de sonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella, extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma tienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de año nuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma. Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.

Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabía hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más le interesaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba más firme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiado orgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo de conocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con la mejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todo aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca un tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontento de los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputación de la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan pronto diciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me ha comprendido.»

En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre, que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio de interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la preocupaba.

—Doctor—le dijo—, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si los tísicos pueden curar?

El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nada que temer de tal enfermedad.

—No se trata de mí—repuso—. Es que me intereso vivamente por una pobre niña que tiene los pulmones destrozados.

—Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la homeopatía.

—Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.

—Se le puede curar.

—El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?

—Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de glóbulos.

—¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir con un solo pulmón.

—Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...

—¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!

—Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería. No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez, sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.

—Ahora comprendo—contestó la señora Chermidy—. ¿Entonces, si se matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraría algunas que no tienen los pulmones como es debido?

—Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.

Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de la chimenea del salón. La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata, curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros, que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que un animal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los sesenta años.

—Doctor—le dijo—, tendría usted que haber llegado un momento antes; se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señor P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un solo pulmón. ¿Qué le parece a usted?

El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.

—Señora—respondió—, el pulmón es a la vez el más delicado y el más indispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por un prodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos no han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados. Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado frío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, no se respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán que prolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba su cotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y de respirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que le rodeaba!

—Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir del pecho?

—Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.

—¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven y robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia, hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre como usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?

—¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.

—¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?

—El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos que nacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germen de la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momento de desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someter uno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le contaré un caso observado por mí.

—Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en escuchar a un hombre como usted.

—Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Su marido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dos se adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murió en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidió la cuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre me envió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que no podía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a una regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; había cometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme al programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque el mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder de nada.

La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumió en una melancólica meditación.

Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que engaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo cuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado que Chermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el agua es un enfermo en peligro de muerte.

Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeño Gómez. Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas honradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con una moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la víspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligros que no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastrar al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la señora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría a reclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour de Embleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer, ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiado hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.

Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otro expediente. El conde está enamorado y es padre; haré de él lo que quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyo mal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que el viejo alópata era un original capaz de inventar las teorías más absurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitía algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana guardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas curaciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de la prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus escrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se prometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella hubiese tomado todas sus precauciones.

Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y el conde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían ido cumpliendo al pie de la letra.

Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre. La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta, seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una mueca aristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchó el relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa de otras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo nada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de su matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas veces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios de hacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho. La viuda no tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido tardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa salvando el nombre de los Villanera.

Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a su carroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón la condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió la puerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour de Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo lo que se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una silla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como había podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que el de un maestro de escuela.

La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse no podía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte de su hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre de mundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintió frío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que se comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismo juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiado apresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. No obstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expuso fríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario, todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo sobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una voz metálica:

—Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la señorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego Gómez de la Villanera, mi hijo.

El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por la elección del señor de Villanera.

Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar a Germana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir de espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la encontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente y pensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vez fuese la nuera que me convendría.»

Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego que jugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastante original; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a la débil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacer pedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. El niño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y excesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, no había visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivía entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La viuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía y recibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente traicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educación clandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo la librea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que se trataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien de náufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraña familia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de su edad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dos años que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seis palabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es siempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la vieja condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su madre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando, en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la multitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a pie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones y le decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!» No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda lo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. Todo París sospechaba su situación, pero el mundo establece una gran diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Así podía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas que respondiesen de su virtud.

La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha y aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y describió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que era preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que no dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprar inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna oculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes y para que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. La madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de salir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nieto y le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en un nombre!»

Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunas horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el cajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección al palacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señora Chermidy.

Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. La señora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como Clitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar la frente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de Pablo y Virginia en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos para su familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros que ya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió los cajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores han sido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro. Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocráticas que se habían abierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garras de un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro amarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a sus oídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales de Germana.

La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.

Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas. Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado, ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas; agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla, hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase la boda.

Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de reconocimiento que conmovieron a la duquesa.

Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba en su coche.

La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente, aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que estalla la abnegación del sexo sublime.

El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones. Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró rotundamente que no abandonaría Francia.

—¿Es que no estoy bien aquí?—decía—. ¿Qué necesidad hay de agitar al viento una antorcha que se extingue?

En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le Bris.

—Querida condesa—dijo Germana—, ¿es absolutamente necesario que me enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no quisiera que mi madre dejase París.

—¡Pues que se quede!—respondió la condesa con su vivacidad española—. No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie. Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.

El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con él.

—Además—añadió el señor Le Bris—, la duquesa no nos sería precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería perjudicial para la señora duquesa.

En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.

El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida, pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es uno de los privilegios del amor.

Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.

—Veinte mil francos—contestó el doctor—. De esos cobro cinco o seis mil.

—¿Y el resto?

—Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los juzgados.

—¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?

—Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe contarse por meses, quizás por semanas.

—¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!

El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y sonoro que se llama el dinero.

Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:

—Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.

—¡Y la mía!—añadió el viejo—. Usted nos ha prestado un gran servicio, doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.

El joven respondió cortésmente:

—Es cosa hecha, señor duque.

Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba gratuitamente.

El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.

—¿Para qué?—dijo la enferma—. No he de usarlo más.

Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.

—Está bien; temí que no se hubiesen fijado.

Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.

—Mamá—dijo Germana—, ¿se acuerda usted de los versos del poeta Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la Revista de Ambos Mundos?

«Todos los caminos debían florecer,

Porque la hermosa novia iba a salir;

Debían florecer, florecer y granar,

Porque la hermosa novia iba a pasar.»

¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!

 

«Todos los caminos debían gemir,

Porque la hermosa muerta iba a salir;

Debían gemir, debían llorar.

Porque la hermosa muerta iba a pasar.»

La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su cobardía.

—Espere usted—dijo—, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La Tour de Embleuse?

Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y el doctor Le Bris. Todo el faubourg fue invitado a la misa. El señor de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda. Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de Santo Tomás de Aquino.

La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella comedia.

Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado. Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda, mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el bulevar.

Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la novia aun estaba viva.

Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de reposo.


IV

VIAJE A ITALIA

Germana durmió poco aquella noche. Estaba acostada en una inmensa cama de pabellón, en el centro de una habitación desconocida. Un globo de porcelana mal iluminaba los tapices. Mil figuras extravagantes parecían salirse de la pared y bailar alrededor de la cama. Por primera vez, durante veinte años, se veía separada de su madre. Había sido reemplazada por la señora de Villanera, atenta a sus menores deseos y movimientos, pero que le daba miedo. En un ambiente tan poco tranquilizador, la pobre niña no se atrevía ni a dormir ni a estar despierta. Cerraba los ojos para no ver los tapices, pero no tardaba en volverlos a abrir, porque entonces se le presentaban otras imágenes más espantosas. Creía ver a la muerte en persona, tal como los imagineros de la Edad Media la habían representado en los misales.

—Si me duermo—pensaba—, nadie vendrá a despertarme; me han dejado aquí para que me muera.

Un gran reloj de Boule marcaba las horas sobre la chimenea. Los golpes secos del péndulo, la regularidad inflexible del movimiento, le crispaban los nervios: rogó a la condesa que parase el reloj. Pero bien pronto el silencio le pareció más temible que el ruido e hizo devolver la vida a la inocente máquina.

Hacia la mañana, la fatiga fue más fuerte que todas las preocupaciones. Germana dejó caer sus pesados párpados, pero se despertó casi en el acto al ver que tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Ella sabía que en esta postura se enterraba a los muertos. Sacó fuera de los cobertores sus bracitos descarnados y se cogió fuertemente a la madera de la cama. La condesa se apoderó de su mano, la besó dulcemente y la retuvo sobre sus rodillas. Solamente entonces se tranquilizó la enferma y durmió hasta entrado el día. Soñó que la condesa estaba de pie a su derecha, que tenía la figura de un ángel y que le habían salido unas alas blancas. A su izquierda veía otra mujer, pero no pudo reconocerla. Lo único que pudo distinguir fue un velo de encaje, dos grandes alas de cachemira y dos garras de diamantes. El conde se paseaba con paso agitado: iba de una a otra mujer y les hablaba al oído. Finalmente, el techo se abrió, descendiendo un hermoso niño mofletudo, parecido a esos querubines que guardan los tabernáculos de las iglesias. El ángel voló sonriendo hacia la enferma, ella abrió los brazos para recibirlo y el movimiento que hizo la despertó.

Al abrir los ojos, vio entrar a la vieja condesa con traje de viaje y al joven Gómez trotando a su lado. El niño sonrió instintivamente a aquella linda muñeca blanca con cabellos de oro, e hizo ademán de querer trepar a la cama. Germana intentó ayudarle, pero no era bastante fuerte. La condesa de la Villanera le levantó como una pluma y lo arrojó suavemente sobre los almohadones.

—Hija mía—le dijo con emoción mal contenida—, te presento al marqués de los Montes de Hierro.

Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media voz:

—¡Hijo mío!

La viuda la abrazó agradecida.

—Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.

—¡Mamá!—repitió el niño sonriendo.

—¿Quieres que sea tu mamá?—preguntó Germana.

—Sí—respondió.

—Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!

—¡No!—repitió el niño sin comprender lo que decía.

Desde aquel momento el hijo y la madre fueron amigos. El pequeño Gómez no quiso salir ya de la habitación y asistió al tocado de Germana. Esta le tenía sobre sus rodillas cuando entró el conde de Villanera a saludar a su esposa y a besarle la mano. La joven experimentó una especie de vergüenza al verse así sorprendida y dejó resbalar al niño sobre la alfombra.

Germana no había amado aún más que a su madre y a su padre. No había estado en el colegio, no había tenido amigas y no conocía a ningún hombre. El derroche de amor y de amistad que se hace en los pensionados, y que gasta el corazón de las jóvenes antes de tiempo, no había mermado las riquezas de su alma. Amó, pues, a su suegra y a su hijo adoptivo como un pródigo que no teme arruinarse; dedicó al doctor Le Bris una ternura fraternal, pero le pareció imposible amar a su marido: esto era superior a sus fuerzas; más valía, pues, renunciar. Y no es que el conde fuese un hombre desagradable; otra mujer le hubiera encontrado perfecto. De todos sus compañeros de viaje, fue seguramente el más paciente, el más atento, el más delicado; un caballero de honor encargado de escoltar a una reina joven, no hubiera cumplido mejor su deber. Era él quien lo disponía todo para la marcha y para el reposo, arreglaba el paso de los caballos, elegía las comidas y preparaba los alojamientos. Las jornadas que hacían eran cortas, de modo que en dos etapas adelantaban diez leguas.

Esta manera de viajar hubiera agotado la paciencia de un hombre joven y robusto: don Diego no temía más que Germana pudiera fatigarse. Era fumador, como creo ya haberos dicho. Desde el primer día del viaje se redujo a fumar dos cigarros por día; uno por la mañana, antes de partir, y el otro por la noche, antes de acostarse. Pero una mañana la enferma le dijo:

—¿No ha fumado usted? Me parece sentir el olor del tabaco.

Don Diego dejó sus cigarros en la primera posada y no volvió a fumar.

La enferma lo aceptaba todo de su marido sin perdonarle ningún sacrificio. ¿No le había dado ella más de lo que podía darle? Ella se repetía continuamente que don Diego la cuidaba por deber o, mejor dicho, para descargo de su conciencia, que la amistad no entraba para nada en todas aquellas atenciones; que él desempeñaba fríamente el papel de buen marido; que amaba a otra mujer; que no se pertenecía y que había dejado su corazón en Francia. Pensaba, en fin, que aquel hombre que parecía tan cuidadoso de su vida, se había casado con ella con la esperanza de que moriría bien pronto, y se indignaba de ver retrasar con todos sus esfuerzos el acontecimiento que tanto deseaba.

Fue, pues, tan dura para él, como era amable para los demás. Ocupaba el fondo del carruaje con la vieja condesa. Don Diego, el médico y el niño estaban de espaldas a los caballos. Si alguna vez el niño trepaba sobre sus rodillas, o si la viuda, dormida por la monotonía del movimiento, dejaba caer la cabeza sobre su hombro escuálido, jugaba con el pequeño o acariciaba los cabellos de la viuda. Pero no permitía que su marido le preguntase siquiera por su estado, y un día le respondió con una crueldad sangrienta:

—Esto va bien, sufro mucho.

Don Diego sacó la cabeza por la ventanilla y sus lágrimas cayeron sobre las ruedas.

El viaje duró tres meses, sin cambiar ni el humor ni la salud de Germana. No estaba mejor ni peor: arrastraba la vida. Tenía siempre la misma aversión a su marido, pero se iba acostumbrando a él. Italia entera pasó ante su vista sin que se interesase por nada, ni siquiera se fijase en ningún sitio. Verdad es que en invierno Italia se parece mucho a Francia. Nieva un poco menos, pero llueve más.

El clima de Niza la hubiera sentado muy bien. Pasando por el paseo de los Ingleses, don Diego había hecho el elogio de una linda villa pintada de color de rosa y rodeada de un jardín de naranjos. Pero Germana se aburría de ver desfilar todo el día una interminable procesión de tísicos. Los condenados que se destierran a Niza tienen miedo los unos de los otros y cada uno de ellos lee su destino en la palidez del vecino.

—¡Vamos a Florencia!—dijo ella.

Y don Diego hizo enganchar para Florencia.

Encontró en la ciudad un aspecto de fiesta que parecía exacerbar su desgracia. El primer día que fue conducida al paseo, que oyó la música de los regimientos austriacos y que las floristas mofletudas arrojaron su mercancía en el coche, reprochó duramente a su marido el haberla expuesto a un contraste tan cruel. Quedaba Pisa y allí fueron. Quiso ver el Campo Santo y la terrorífica obra maestra de Orcagna. Aquellas pinturas fúnebres, aquellos cuadros de la Muerte, dueña de la vida, la impresionaron fuertemente y salió de allí más muerta que viva.

Entonces expresó el deseo de ir hasta Roma. El clima de la gran ciudad no debía favorecerla precisamente, pero había llegado ya al punto en que el médico no niega nada a su enfermo. Vio Roma y creyó entrar en una vasta necrópolis. Aquellas casas desiertas, los palacios vacíos y las grandes iglesias en las que se ve de espacio en espacio un fiel arrodillado, tomaron a sus ojos una fisonomía sepulcral.

Partió para Nápoles y tampoco se encontró mejor. Se habían alojado en Santa Lucía. El más hermoso golfo del universo ondulaba sus aguas azules ante ella; el Vesubio humeaba bajo sus balcones; el sitio estaba bien elegido para vivir y morir. Pero ella soportaba impacientemente los ruidos de la calle, el grito agudo de los cocheros, el paso sonoro de las patrullas suizas y el canto de los pescadores. Maldijo la ciudad ruidosa y agitada donde ni siquiera era permitido sufrir en paz. La ofrecieron hallar en las inmediaciones un retiro más tranquilo; quiso buscar por sí misma e hizo un gasto de actividad que la agotó en pocos días. El doctor estaba admirado de tanta resistencia. Era preciso que la Naturaleza hubiera construido su cuerpo con bien sólidos materiales o bien que un alma vigorosa retrasase la ruina de aquel edificio que se desplomaba.

Le enseñaron Sorrento y Castellamare; la pasearon durante ocho días de lugar en lugar sin que se decidiese a hacer una elección. Una noche, tuvo el capricho de visitar Pompeya a la luz de la luna.

—Es una ciudad por mi estilo—dijo con una sonrisa amarga—; es justo que los muertos se consuelen entre sí.

Fue preciso arrastrarla por espacio de dos horas sobre el empedrado desigual de la ciudad muerta. Hubiera sido un paseo delicioso para un corazón alegre. El día había sido hermoso; la noche era casi tibia. La luna iluminaba los objetos como un sol de invierno. El silencio añadía al espectáculo un encanto dulce y solemne. Las ruinas de Pompeya no tienen la grandeza aplastante de esos monumentos romanos que inspiraron tan largas frases a madama de Staël. Son los restos de una ciudad de diez mil habitantes; los edificios privados y públicos tienen una fisonomía provinciana. Al entrar en aquellas calles estrechas, al abrir la puerta de sus casitas, se penetra en la vida íntima de la antigüedad y se es recibido amistosamente en un pueblo que ya no existe.

Encontráis allí una singular mezcla del sentimiento artístico que distinguía a los antiguos y del mal gusto que es patrimonio de los pequeños burgueses de todas las épocas. Nada más divertido que descubrir bajo el polvo de veinte siglos jardinillos semejantes a los de los Inválidos, con su surtidor microscópico, los pequeños patos de mármol y la estatuíta de Apolo en el centro. He ahí el dominio de un ciudadano romano que vivía de sus rentas en el año 79 de la Era cristiana. La alegría champañesa del doctor se recreaba dulcemente en medio de aquellos curiosos restos. Don Diego traducía a su mujer los relatos interminables del guarda, pero la impaciencia febril de la enferma quitaba todo encanto a la excursión. La pobre niña no era dueña de sí misma; pertenecía a la enfermedad y a la muerte próxima. No caminaba nada más que por sentirse vivir, ni hablaba más que por oír su voz. Se adelantaba a la comitiva, volvía sobre sus pasos, pedía que la dejasen ver de nuevo lo que ya había visto, se detenía en el camino y se ingeniaba en buscar caprichos que nadie podía satisfacer. Hacia las nueve, el frío se apoderó de ella y propuso volver al hotel. «Decididamente, dijo, quiero morir aquí; por lo menos estaré tranquila.» Pero después pensó que el Vesubio no había dicho aún su última palabra y que podría depositar una sábana de fuego sobre su tumba. Entonces habló de volver a París y se acostó con unos escalofríos que no presagiaban nada bueno.

La viuda cenó a su lado. El niño ya dormía desde hacía rato. El dueño de la Corona de hierro invitó a los caballeros a bajar al comedor; estarían mejor que en la habitación de un enfermo y tendrían compañía.

El médico aceptó la proposición y don Diego le siguió.

La compañía se reducía a dos personas; un pintor francés, gordinflón y de buen humor, y un joven inglés encarnado como un cangrejo. Los dos habían visto entrar a Germana y habían adivinado sin esfuerzo el mal que la mataba. El pintor profesaba una filosofía alegre, como todo el que digiere bien.

—Yo, señor—decía a su vecino—, si nunca llegase a padecer del pecho, lo que no es probable, no me apartaría en absoluto de mi régimen de vida. En todas partes se cura y en todas partes se muere. El aire de París es quizás el que mejor conviene a los tísicos. Hablan del Nilo: los posaderos del Cairo son los que han hecho extender esa opinión. Sin duda el vapor del río sirve para algo, pero, ¿y la arena del desierto no es perjudicial? Se os entra en los pulmones, se aloja en ellos y ¡buenas noches!... Usted me dirá que si de todos modos hay que morir, queda por lo menos el derecho de elegir el sitio. Me hago cargo perfectamente de ello. ¿Ha viajado usted por la regencia de Túnez?

—Sí.

—¿Ha visto usted cortar la cabeza a alguien?

—No.

—Pues bien, todo eso se ha perdido usted. Esos desgraciados tienen el derecho de elegir el sitio. Cuando un tunecino es condenado a muerte, se le da tiempo hasta la puesta del sol para buscar el lugar en que se le haya de cortar la cabeza. Desde el amanecer, dos verdugos le cogen del brazo y le conducen al campo. Cada vez que llegan a algún lindo rincón de paisaje, un arroyuelo sombreado por dos palmeras, los ejecutores dicen al paciente: «¿Cómo encuentras esto? Sería inútil buscar nada mejor.» «Vamos más lejos, dice el otro, aquí hay moscas.» Le pasean así hasta que ha encontrado un lugar de su agrado y se decide generalmente a la puesta del sol. Entonces se arrodilla, los dos vecinos sacan sus cuchillos y le cortan tranquilamente la cabeza. Pero tiene, por lo menos, el consuelo de morir en un terreno a su gusto. He conocido en París a una bailarina que se le había metido la misma idea en la cabeza. Se había comprado un terreno en el Père-Lachaise e iba a visitarlo de cuando en cuando, cada vez con mayor placer. Los seis metros de su propiedad estaban en uno de los más bellos rincones del cementerio, rodeado de monumentos burgueses y con vistas al exterior. Pero sus compatriotas de usted son los que cometen mayores extravagancias. Uno que encontré una vez quería ser enterrado en Etretat porque allí el aire es más puro, porque se ve el mar y porque nunca ha habido cólera. Me contaron de otro que compraba terrenos en todas las ciudades por donde pasaba. Desgraciadamente murió en la travesía de Liverpool a Nueva York y el capitán le hizo arrojar al agua.

Don Diego y el doctor hubieran dejado muy a gusto de oír semejante discurso e iban a rogar a su vecino que cambiase de conversación, cuando el joven inglés tomó la palabra.

—Pues yo, señor—dijo—, hace dos años estaba tan enfermo como esa joven que hemos visto pasar. Los médicos de Londres y de París me habían firmado mi pasaporte y yo buscaba también un sitio para morir. Lo elegí en las islas Jónicas, en la parte meridional de Corfú. Me instalé allí esperando mi hora y me encontré bien, tan bien, que la hora pasó.

El médico tomó la palabra con la desenvoltura que reina en las mesas redondas de Italia:

—¿Usted ha estado tísico, señor?

—En tercer grado, si es que toda la Facultad no se burló de mí.

Citó los nombres de los médicos que lo habían visitado y condenado. Contó cómo había acabado por cuidarse él mismo, sin nuevos remedios, en el campo, lejos del bullicio, esperando la muerte, bajo el cielo de Corfú.

El señor Le Bris le pidió permiso para auscultarle, a lo que se negó él con un terror cómico. Le habían contado la historia del médico que mató a su enfermo para saber cómo se había curado.

Una hora después el conde estaba sentado a la cabecera de Germana. La enferma tenía el rostro encendido y la palabra jadeante.

—Venga usted—dijo a su marido—. Tengo que hablarle seriamente. ¿No se fija usted en que estoy mejor esta noche? Tal vez estoy en vías de curación. Su porvenir de usted está comprometido. Le he hecho perder ya tres meses; nadie esperaba que durase tanto. Mi familia tiene mucha vitalidad; será necesario que me mate. Usted tiene derecho, ya lo sé; para eso le ha costado su dinero. Pero déjeme aún algunos días; ¡es tan hermosa la luz! Me parece que respiro mejor.

Don Diego le cogió la mano; estaba ardiente.

—Germana—le dijo—, he comido con un joven inglés que ya le enseñaré mañana. Estaba más enfermo que usted, según asegura; el cielo de Corfú le ha curado. ¿Quiere usted que nos marchemos a Corfú?

La joven se incorporó en la cama, le miró en los ojos y le dijo con una emoción que rayaba en el delirio:

—¿Dices la verdad?... ¿Puedo vivir aún?... ¿Volveré a ver a mi madre? ¡Ah! si tú me salvases, toda mi vida sería poca para pagar tanto bien. Te serviría como una esclava, educaría a tu hijo y haría un grande hombre de él... ¡Desgraciada! no es para eso para lo que tú me has elegido. Tú amas a esa mujer, la echas de menos, la escribes, ansias el momento de volver a verla, y todas las horas de mi vida son otros tantos robos que cometo...

Durante dos días, su mal pareció agravarse en aquella habitación del hotel y todos creyeron que moriría sobre las ruinas de Pompeya. No obstante, pudo levantarse en la primera semana de abril. Conducida a Nápoles, embarcó en un paquebot que partía para Malta y desde allí un vapor del Lloyd inglés la transportó hasta el puerto de Corfú.


V

EL DUQUE

El señor y la señora de La Tour de Embleuse se habían despedido de su hija en la sacristía de Santo Tomás de Aquino. La duquesa lloró mucho; el duque tomó más alegremente la separación, para tranquilizar a su esposa y a su hija; quizá también porque no encontró lágrimas en sus ojos. En su fuero interno, él no creía en la muerte de Germana. El solo, con la vieja condesa de Villanera, esperaba el milagro de la curación. Aquel caballero servidor de la fortuna estaba firmemente convencido de que una dicha nunca llega sola. Todo le parecía posible desde que había vuelto a salir a flote. Comenzó por predecir el restablecimiento de su mujer y no se equivocó.

La duquesa era de una constitución robusta, como toda su familia. Las fatigas, las noches sin dormir y las privaciones habían tomado una gran parte en la enfermedad crítica que la edad le había aportado. Añadid a esto las angustias continuas de una madre que espera el último suspiro de su hija. La señora de La Tour de Embleuse sentía tanto o más los dolores de Germana que los suyos propios. Cuando se separó de su querida enferma, se repuso poco a poco y compartió menos penosamente los males que no veía tan de cerca. La imaginación nos hace sufrir tanto como los sentidos, pero una desgracia que no vemos pierde algo de su crudeza. Si vemos aplastar un hombre en la calle, experimentamos un dolor físico, como si las ruedas hubiesen pasado por encima de nuestro cuerpo; el relato de este suceso leído en un periódico no hace más que rozar nuestra piel. La duquesa no podía estar tranquila ni ser feliz, pero por lo menos escapó a la acción directa del peligro sobre su sistema nervioso. No es que hubiese recobrado la calma, pero no vivía en la terrible ansiedad del que espera un acontecimiento inevitable. No abría jamás sin temblar una carta de Italia, pero en el intervalo de cada correo tenía instantes de reposo. A las vivas angustias que la torturaban, sucedió un dolor sordo que la costumbre le hizo familiar. Experimentaba el triste consuelo de un enfermo que del estado agudo pasa al estado crónico.

Un amigo del joven doctor la visitaba dos o tres veces por semana, pero su verdadero médico continuaba siendo el señor Le Bris. Este le escribía regularmente, así como a la señora Chermidy, y aunque siempre había procurado no mentir, las dos correspondencias no se parecían mucho. Repetía a la pobre madre que Germana vivía, que la enfermedad parecía haberse detenido y que aquella dichosa suspensión de una marcha fatal daba derecho a esperar un milagro. No se alababa de curarla y decía a la señora Chermidy que sólo Dios podía aplazar indefinidamente la viudez de don Diego. La ciencia era impotente para salvar a la joven condesa de Villanera. Vivía aún y la enfermedad parecía haber hecho un alto, lo mismo que un viajero descansa en una posada para continuar con mayor vigor al día siguiente. Germana estaba siempre débil durante el día, febril y agitada al aproximarse la noche. El sueño le negaba sus favores, su apetito era caprichoso y rechazaba los platos con disgusto desde el momento que los había probado. Su delgadez era espantosa y la señora Chermidy hubiera tenido sumo placer en verla. Se podía decir que debajo de la piel límpida y transparente no tenía más que huesos y tendones; los pómulos parecían salírsele de la cara. ¡Verdaderamente era preciso que la señora Chermidy fuese muy impaciente para pedir algo más!

El duque no sabía o no quería saber esto y ya había celebrado más de una vez la curación de su hija. En la edad del juicio, aquel anciano, cuyos cabellos blancos hubieran inspirado respeto si no se los tiñese, resistía mejor que un joven las fatigas del placer. Se adivinaba fácilmente que agotaría más pronto sus escudos que sus necesidades y sus fuerzas. Los hombres que han entrado tarde en la vida encuentran reservas extraordinarias para sus últimos años.

Disponía de poco dinero efectivo, por muy millonario que fuese. El primer semestre de sus rentas debía vencer el 22 de julio; mientras tanto, era preciso vivir de los 20.000 francos de la canastilla. Esto era bastante para los gastos de la casa y para las pequeñas deudas que esperan menos que las grandes. Si la duquesa hubiese tenido a su disposición esta suma habría puesto la casa sobre un pie decente; pero el duque no soltaba la llave de la caja, siempre que en ella hubiese dinero. Pagó muy pocas deudas; se negó cortésmente a comprar muebles y conservó, a pesar de la duquesa y del sentido común, un departamento de 12.000 francos, en el cual no se detenía un instante. De cuando en cuando daba un luis a Semíramis para la cocina, pero nunca se preocupó de preguntarle cuánto se le debía por sus servicios. Compró dos o tres vestidos magníficos a la duquesa, que carecía de la ropa interior más necesaria. Lo que empleaba cada día en sus gastos personales era un secreto entre su cajón y él.

No creáis, sin embargo, que tenía el egoísmo odioso de ciertos maridos que tiran el dinero a manos llenas y quieren conocer al céntimo los desembolsos de su esposa. Concedía a la duquesa tanta libertad para lo pequeño como se reservaba él para lo grande. Continuaba siendo aquel hombre cortés, solícito y tierno que su pobre mujer adoraba hasta en sus faltas. El se informaba de su salud con una atención casi filial. Le repetía por lo menos una vez al día: «Eres mi ángel guardián.» Le daba nombres tan dulces que, sin el testimonio de los espejos, hubiera creído tener veinte años. Algo es algo; y el peor marido no es despreciable más que a medias, cuando deja una dulce ilusión a su víctima. Un gran artista que ha visto nuestra sociedad con los ojos de Balzac, y que la ha pintado mejor, Gavarni, ha puesto este singular juicio en la boca de una mujer del pueblo: «Mi marido, un perro acabado; ¡pero el rey de los hombres!» Traducid la frase en estilo noble y comprenderéis el amor obstinado de la duquesa por el duque.

No obstante, el viejo descendía rápidamente todos los escalones que un hombre bien nacido puede descender. Cuando el ruido de su nueva fortuna se hubo extendido por París, encontró en el Bosque un cierto número de antiguos conocidos que habían tomado la costumbre de volver la cabeza cuando le veían. Le invitaron a algunos salones de Montmartre donde los hombres más elegantes y más respetables van algunas veces en buena compañía a buscar la mala. Encontró aquí y acullá muebles que había comprado con su dinero; miró la hora en relojes cuya factura había pagado. La pasión del juego, que dormía en él desde muchos años, se despertó más ardiente que nunca; pero jugó a lo pícaro, alrededor de esos tapetes sospechosos que la policía barre de cuando en cuando. Aquel mundo peligroso, que es maestro en adular todos los vicios de que vive, hizo un recibimiento triunfal al duque de La Tour de Embleuse y le aplaudió su juventud póstuma que salía de la miseria como Lázaro de su tumba. Le probaron que tenía veinte años y él intentó probárselo a sí mismo. Asistió a grandes comilonas, con detrimento de su estómago, bebió champagne, fumó cigarros y rompió botellas. En aquellas reuniones la dignidad quedaba en el guardarropa. No obstante, los recién llegados de provincias, los extranjeros perdidos en París o los hijos de familia escapados de la tutela paternal, admiraban los nobles modales y la apostura aristocrática de aquel gentilhombre averiado. Los hombres le respetaban más de lo que se respetaba él mismo; las mujeres contemplaban en él una ruina a la que habían contribuido y que, no obstante, se conservaba bien. En ciertos remansos de la sociedad se hace más caso de un veterano que se ha comido ciento veinte mil francos de renta que de un soldado que haya perdido los dos brazos en el campo de batalla.

El duque siguió a esta sociedad a todos los lugares donde ella iba. Así, concurrió a las primeras representaciones de ciertos teatros y el respeto de su nombre, que le había acompañado en la primera mitad de su carrera, pareció abandonarle para siempre. En dos meses se convirtió en el hombre más criticado de París. Tal vez hubiera tenido más recato en su conducta si el conocimiento de sus actos hubiera podido llegar a su familia. Pero Germana estaba en Italia y la duquesa se había encerrado en su casa; no tenía, pues, nada que temer.

El contraste de su nombre y de su conducta le dio en poco tiempo una popularidad entre la gente baja, que parecía ser muy de su gusto. Se le vio, a la salida del teatro, en un café del bulevar del Temple, rodeado de figurantes mal afeitados y de cómicos ínfimos que bebían un ponche en su honor, le contemplaban con los ojos muy abiertos y se disputaban la gloria de estrechar la mano de un duque que no era nada orgulloso. Pero aun descendió más, si esto era posible. Los compañeros más abyectos eran buenos para él y más de una vez se le vio en los arrabales sentado ante un jarro de vino tinto, a la mesa de una taberna. Es muy difícil, en el siglo XIX, encanallarse con elegancia. Unicamente la corte de Luis XV intentó este esfuerzo con algún éxito. Dos o tres grandes señores franceses y extranjeros quisieron revivir las tradiciones de los buenos tiempos, pero con bastante menos dignidad. El alma más altanera se desploma con una rapidez increíble en los placeres malsanos y en las fiestas nauseabundas de los arrabales. Las únicas orgías a las que se resiste algún tiempo son aquellas que cuestan muy caro. El contentarse con poco, que es una virtud en los trabajadores, es el último grado de la abyección en los hombres desocupados y ricos.

El pobre duque estaba en lo más bajo cuando dos personas le tendieron la mano por motivos bien distintos. Sus salvadores fueron el barón de Sanglié y la señora Chermidy.

El señor de Sanglié iba de cuando en cuando a llamar a la puerta de los de La Tour de Embleuse. Era su antiguo propietario, el testigo de boda de Germana y el amigo de la familia. A la duquesa la encontraba siempre, al duque nunca; pero todo París le daba noticias de su deplorable amigo. Resolvió, pues, salvarle, del mismo modo que antes le había dado alojamiento, por el honor del linaje.

El barón era lo que se llama, aun hoy, un perfecto caballero. No era guapo y aun tenía en su fisonomía algo de su nombre (Jabalí). Su rostro abultado y encarnado se escondía en un matorral de pelo rojizo. Robusto como un cazador y ligeramente ventrudo, nadie le hubiera hecho más de cuarenta años, aunque había cumplido ya los cincuenta. Los barones de Sanglié datan de una época en que se construía sólidamente. Bastante rico para vivir espléndidamente sin hacer nada, cuidaba de su persona y vivía por vivir bien.

Su traje y su aspecto eran igualmente aristocráticos. Por la mañana se le encontraba con vestidos amplios, sólidos, cómodos y de una elegancia coquetonamente descuidada. Por la noche, su traje era irreprochable y del mejor gusto, siendo uno de aquellos hombres cuya ropa no llamaba nunca la atención, que es la elegancia más difícil. Tenía tanto cuidado de su cuerpo como de sus vestidos. Montaba a caballo todos los días y frecuentaba el juego de pelota; por la noche asistía a uno de los teatros de ópera y luego hacía su partida de whist en el club. Buen jugador, buen comensal y magnífico bebedor; gran fumador, inteligente en pintura y bastante buen jinete para ganar un steeple chase, pero demasiado juicioso para arriesgar su fortuna en un caballo de carrera o en una cuadra; indiferente a los libros nuevos, despreocupado en política, prestamista fácil para los que le podían devolver el préstamo, generoso a veces para los pobres, muy sociable, de una cortesía caballeresca con las mujeres, era amable y bueno como todos los egoístas inteligentes. Hacer el bien sin molestarse, es una de las formas más simpáticas del egoísmo.

La salvación del duque no era, sin embargo, cosa fácil. El barón no la habría logrado jamás sin un auxilio poderoso, la vanidad, que aun sobrenadaba un poco en aquel triste naufragio de todas las virtudes aristocráticas; el señor de Sanglié le asió por ella como se coge por los cabellos al hombre que se ahoga.

Fue a buscarle hasta en los chiribitiles donde arrastraba su nombre y su casta. Le golpeó rudamente en el hombro y le dijo con aquella franqueza que oculta tan bien la adulación:

—¿Qué hace usted, mi querido duque? Este no es su sitio. Todo el mundo le echa de menos en nuestro círculo, hombres y mujeres; ¿me ha oído usted bien? Todos los La Tour de Embleuse han sostenido su jerarquía desde Carlomagno; no concedo a usted el derecho de hacer quedar mal a sus antepasados. Todos nosotros tenemos necesidad de usted. Ea, ¡pardiez! si usted se entierra aquí en la flor de la edad madura, ¿quién nos dará lecciones de elegancia? ¿quién nos enseñará a vivir bien, a comerse correctamente una fortuna? ¿quién nos enseñará el arte de gustar a las mujeres, que se va perdiendo entre nosotros?

El duque respondió con un gruñido como el borracho a quien se despierta bruscamente. Gozaba en paz de su nueva fortuna y no se preocupaba de reanudar las costumbres incómodas que el mundo impone a sus esclavos; una pereza invencible le encadenaba a los placeres fáciles que no exigen ningún esfuerzo de decencia o de inteligencia. Pretendía, pues, que se encontraba bien, que no deseaba nada mejor y que cada uno se proporciona sus diversiones donde puede.

—Venga usted conmigo—continuó el barón—, y yo le juro que le haré encontrar diversiones más dignas de usted. No tema usted perder en el cambio; en nuestro mundo se vive bien, y usted lo sabe mejor que nadie. Ya supondrá usted que no he venido aquí para conducirle a su casa; para eso le hubiera enviado a un misionero. ¡Qué diablo! en parte yo también soy de la escuela de usted. Yo no desprecio ni el vino, ni el juego, ni el amor, pero yo mantendré contra todo el mundo, y contra usted mismo, que un duque de La Tour de Embleuse no debe embriagarse, arruinarse o condenarse más que con sus iguales.

Estos y otros argumentos por el estilo acabaron por convencer al duque que volvió, no a la virtud, pues el camino era demasiado largo para sus viejas piernas, pero sí al vicio elegante. El señor de Sanglié le llevó a uno de los mejores sastres del bulevar, como se conduce un desertor al vestuario del cuartel, que le obligó a endosarse la librea de las gentes de mundo. Aquel singular enfermo era siempre idólatra de su persona, pero hacía mucho tiempo que economizaba los gastos del culto. Había conservado la costumbre de pintarse y acicalarse y no descuidaba ninguna de las prácticas que podían darle una apariencia de juventud, pero no le disgustaba parecer más nuevo que su traje. Le probaron que algunos metros de tela fina rejuvenece el aspecto de la persona y acabó por convenir en que los sastres no son gente despreciable. Este era un gran paso; un hombre bien vestido, está medio salvado. Los padres de familia ya lo saben y cuando vienen a París a arrancar del vicio a un hijo pródigo, lo primero que hacen es llevarle a casa de un sastre.

El barón se encargó de lanzar a su discípulo; le hizo admitir en su club. Allí se comía bien, y el señor de La Tour de Embleuse no perdió nada en cambiar de cocinero. Antes de su conversión, la comida excesivamente condimentada de los figones y el uso de los licores falsificados irritaban su estómago, enrojecían su lengua y le condenaban a una sed inextinguible. La engañaba bebiendo aún más y el pobre hombre estaba en un círculo vicioso del cual no podía salir sino por la muerte. La duquesa se asustaba alguna vez de su ardoroso aliento y no se atrevía a manifestarle sus terrores, pero colocaba discretamente sobre su mesita de noche alguna tisana refrescante y perfumada que él no tomaba. La mesa del círculo le restableció insensiblemente, por más que no se privaba de nada. El incentivo del juego le retenía bajo la férula de su protector. Los abonados del club jugaban al whist y al écarté con un cierto atrevimiento, pero sin intemperancia; rara vez se pasaba de un luis por puesta; no era, pues, una distracción peligrosa para un millonario. Si aventuraba una fuerte suma en una partida de écarté, nadie tenía el derecho, es verdad, de llamarle a la razón, pero por lo menos había de escuchar las advertencias de los compañeros. Todos le conocían y se interesaban por él como por un convaleciente. Un jugador se conduce como un hombre juicioso o como un loco, según que sea incitado o contenido por los que le rodean. A él le refrenaban, y con una mano tan delicada, que no sentía el tirón de la brida.

Los salones más distinguidos le abrieron sus puertas de par en par; toda aristocracia es naturalmente francmasónica, y un duque, por tonterías que haya cometido, tiene derechos imprescindibles a la indulgencia de sus iguales. El faubourg Saint-Germain, como el hijo respetuoso de Noé, cubrió con su manto de púrpura los antiguos extravíos del anciano. Los hombres le trataron con consideración; las mujeres con benevolencia. ¿En qué país y en qué época han dejado ellas de tener indulgencia para las malas personas? Se le miraba como un viajero que había atravesado comarcas desconocidas. No obstante, ninguna mujer se atrevió a preguntarle sus impresiones de viaje. No tardó en ponerse a tono con tan buena compañía, porque a todos los defectos de la juventud unía aquella flexibilidad de espíritu que es uno de sus más hermosos privilegios. A nadie extrañó que la elección del conde de Villanera, que le había aceptado por suegro, recayese en un hombre tan digno de su nombre y de su fortuna.

El barón le había prometido placeres más vivos, y no faltó a su palabra. No le encerró en el faubourg como en una fortaleza y le hizo ver un mundo menos empingorotado. Siempre con la etiqueta de la alta sociedad, le condujo a algunos de esos salones en los que la gente era aceptada sin pruebas, pero no sin motivo. Le presentó a viudas cuyos maridos nunca habían estado en París, a mujeres legítimamente casadas pero indispuestas con su familia, a marquesas desterradas del faubourg a consecuencia de un escándalo, a personas respetables que vivían espléndidamente sin fortuna conocida. Aquella sociedad heterogénea estaba relacionada de una parte con el gran mundo y de otra con las gentes de conducta equívoca. Yo no aconsejaría a ninguna madre que llevase allí a sus hijas, pero hay muchos hijos que van con sus padres y salen igual que han entrado. No se encuentra allí la austeridad de costumbres, la vida patriarcal, el buen gusto severo y el lenguaje digno y grave que reina en los antiguos salones del faubourg, pero se baila decentemente, se juega sin recurrir a las trampas y no son robados los abrigos del recibimiento. En una de esas casas es donde se encontraron el duque y la señora Chermidy.

Ella le reconoció a la primera ojeada, por haberle visto el día de la boda. Sabía que era abuelo de su hijo, padre de Germana y millonario a expensas de don Diego. Una mujer como la señora Chermidy no olvida nunca la cara de un hombre a quien ha dado un millón. No le hubiera sabido mal conocerle de cerca, pero nunca hubiera dado un paso por hacerlo. El duque le ahorró el camino. Desde el momento en que supo que estaba allí se presentó por sí mismo a ella, con una impertinencia cuyo espectáculo hubiera regocijado a todas las mujeres honradas de París. Nada hay que plazca más profundamente a las mujeres virtuosas que ver tratar desvergonzadamente a las que no lo son.

El duque no tenía intención de ofender a aquella hermosa ni de renegar en un solo día de la religión de toda su vida; pero hablaba a las gentes en su lenguaje y creía no equivocarse con la señora Chermidy. Se sentó familiarmente a su lado y le dijo:

—Señora, permítame usted que le presente a uno de sus antiguos admiradores, el duque de La Tour de Embleuse. Ya había tenido el gusto de verla en Santo Tomás de Aquino. Casi somos de la familia; aliados por los hijos. Permítame usted, pues, que, como buen pariente, le dé la mano izquierda.

La señora Chermidy, que razonaba con la rapidez del relámpago, comprendió desde la primera palabra la posición en que estaba colocada. Cualquiera que fuese su respuesta, siempre quedaría humillada ante el duque. En lugar de aceptar la mano que le tendía, se levantó con un gesto lleno de dignidad y de dolor, que puso además de relieve toda la opulencia de su cuerpo, y se dirigió hacia la puerta sin volver la cabeza, como una reina ultrajada por el último de sus súbditos.

El viejo cayó en el lazo. Corrió hacia ella y balbuceó algunas palabras de excusa. La hermosa arlesiana le dirigió una mirada tan brillante, que creyó ver a través de ella una lágrima y le dijo a media voz con una emoción contenida o admirablemente fingida:

—Señor duque, usted no sabe y por tanto no puede comprender lo que me pasa. Venga mañana a las dos; estaré sola y podremos hablar.

Después se alejó sin querer esperar la contestación, y cinco minutos más tarde se oyó su coche rodar sobre la arena del patio.

El pobre duque había sido prevenido y creía conocer muy bien a la dama, pues el doctor se la había pintado al vivo. Pero se reprochó lo que había hecho y hasta el día siguiente estuvo en un estado de intranquilidad no exento de remordimientos. Se dice, no obstante, que hombre prevenido vale por dos.

Fue exacto a la cita y se encontró enfrente de una mujer que había llorado.

—Señor duque—le dijo—, he hecho todo lo posible por olvidar las palabras crueles con que usted me abordó anoche. No lo he conseguido del todo, pero ya pasará, no hablemos más de eso.

El duque quiso reiterar sus excusas; estaba profundamente admirado. La señora Chermidy había empleado la mañana en hacerse un tocado irresistible. Seguramente estaba más hermosa aún que la noche anterior. Una mujer está en su tocador como un cuadro en su marco. Aprovechó la turbación en que sus gracias habían envuelto al señor de La Tour de Embleuse para acabarle de arrollar en los pliegues de su oratoria insidiosa. Empleó primero el respeto tímido que convenía a una mujer en su posición. Hizo protestas de una veneración exagerada por la ilustre familia en la que había introducido a su hijo; se atribuyó el honor de haber elegido a los La Tour de Embleuse entre veinte casas linajudas del faubourg y de haber levantado por la fortuna uno de los más hermosos nombres de Europa. Los ademanes muelles y la languidez melancólica con que este exordio fue acompañado, persuadieron al viejo duque, mucho más que las palabras, y casi no dudó de que había insultado a su bienhechora.

—Yo comprendo—continuó—, que usted no puede tener mucha estimación por mí. Usted me compadecería, no obstante, porque usted tiene un noble corazón, si conociese la historia de mi vida.

Era maestra en aquella pantomima tan expresiva de los habitantes del Mediodía, que da verosimilitud a las mayores mentiras. Sus ojos, sus manos, sus piececitos, hablaban al mismo tiempo que sus labios y parecían ser otros tantos testigos de su veracidad. Cuando se la había oído una vez, se estaba tan firmemente convencido como si se hubiese abierto una información con todas las formalidades del caso.

Contó su nacimiento en una rica propiedad de la Provenza. Sus padres, que poseían una importante fábrica, destinaban a un industrial su hija y su fortuna. Pero el amor, ese señor inflexible de la vida humana, le había arrojado en los brazos de un simple oficial. Su familia se había distanciado de ella hasta el momento en que las brutalidades del señor Chermidy la habían hecho salir de la casa conyugal. ¡Pobre Chermidy! ¡una mujer siempre tiene razón contra un marido que está en China!

Una vez viuda, o poco menos, había venido a París donde vivió modestamente hasta la muerte de su padre. Una herencia más considerable de lo que ella esperaba la había permitido montar su casa con cierto lujo. Algunas especulaciones afortunadas habían aumentado su capital; era rica, pero se aburría. A los treinta años se soporta de mala gana la soledad. Había amado al conde de Villanera sin conocerle, desde la primera vez que le vio en los Italianos.

El duque no pudo menos de decirse a sí mismo que don Diego era un jayán bien dichoso.

Después, y acompañándose de una mirada en la que brillaba el candor, probó que el señor de Villanera no le había dado más que su amor. Y no es que no fuese generoso; pero ella no era mujer capaz de mezclar los asuntos de interés con los asuntos del corazón.

Había llevado su desinterés hasta el sacrificio; había cedido su hijo a la condesa de Villanera y había acabado por abandonarlo a otra madre. Había devuelto la libertad a su amante. ¡El conde estaba casado, viajaba por restablecer la salud de su joven esposa y ni siquiera escribía a la pobre abandonada para darle noticias del pequeño!

Acabó su discurso dejando caer sus dos brazos con un abandono lleno de elegancia.

—En fin—añadió—, aquí me tiene usted más sola que nunca, en esta ociosidad del corazón que no es para mí. En cuanto a consuelos, no los tengo; distracciones, las encontraría, pero mi corazón está demasiado triste. Conozco a algunos caballeros que vienen aquí todos los martes por la noche a charlar un rato. No me atrevo a invitar al señor duque de La Tour de Embleuse a estas reuniones melancólicas; su negativa me humillaría y me haría muy desgraciada.

Cierto que la campana de la señora Chermidy no sonaba igual que la del señor Le Bris, pero el timbre era tan dulce, que el duque se dejó engañar como un niño. Compadeció a la linda dama y le prometió que de cuando en cuando iría a llevarle noticias de su hijo.

El salón de la señora Chermidy era, en efecto, el lugar de reunión de un cierto número de hombres distinguidos. Ella sabía atraerles y retenerles a su alrededor por un medio menos heroico que el de la señora de Warrens; se hacía amar con menos exposición. Los unos conocían su posición, los otros creían en su virtud; todos estaban persuadidos de que su corazón estaba libre, y que el último poseedor, se llamase Villanera o Chermidy, había dejado una sucesión abierta. Ella se valía de su situación para explotar a todos sus admiradores en provecho de su fortuna. Artistas, escritores, hombres de negocios, hombres de mundo, la servían simultáneamente en la medida de sus medios. Eran otros tantos empleados suyos a los que pagaba con esperanzas. Un agente de cambio de sus amigos le hacía operaciones por 20.000 francos al mes; un pintor le compraba cuadros, un especulador enriquecido adquiría terrenos para ella. Servicios gratuitos, es verdad, pero ninguno dejaba de serle útil porque todos aspiraban a ser amados. A los impacientes que estrechaban demasiado el cerco, les enseñaba su casa: una casa de cristal. Hasta sus menores acciones procuraba que fuesen conocidas, sin duda para tranquilizar la susceptibilidad de don Diego; quizá también para oponer una barrera entre ella y los que dudaban de su virtud.

La presencia del duque en los salones de la calle del Circo no fue tampoco inútil a la reputación de la señora Chermidy. Así pudo detener ciertos rumores que circulaban acerca del matrimonio del conde; probó a algunas almas crédulas que no había habido nunca nada entre ella y el conde de Villanera. ¿Cómo suponer que la señora Chermidy invitara al suegro de su amante?

Explotó este nuevo conocimiento con igual habilidad que los antiguos. Le importaba mucho conocer con exactitud el estado de Germana y llevar la cuenta de los días que le quedaban de vida. El señor de La Tour de Embleuse le confió un día todas las cartas del doctor Le Bris.

Su lectura produjo en ella tal impresión que hubiera caído enferma de no ser más fuerte que todas las enfermedades. Se vio traicionada por el médico, por el conde y por la Naturaleza. Se representó el porvenir más odioso que una imaginación de mujer pudiese concebir. Una rival elegida por ella le robaba su amante y su hijo, sin tener para ello que cometer ningún crimen, sin intriga, sin cálculo de su parte, con el apoyo de todas las leyes divinas y humanas.

No obstante, recobró algo de su valor al pensar que el doctor quería, piadosamente, ocultar la verdad a la duquesa. Lo mejor era ver las cartas de la propia Germana; el duque no dejaría de satisfacer su siniestra curiosidad.

El señor de La Tour de Embleuse era presa de una de esas pasiones finales que acaban con el cuerpo y el alma de los viejos. Todos los vicios que le dominaban desde medio siglo antes, habían abdicado en provecho de un solo amor. Cuando los ingenieros reúnen en un canal todos los arroyuelos dispersos de la llanura, crean un río bastante capaz para la navegación.

El barón de Sanglié, la duquesa y todos los que se interesaban por él, estaban asombrados del cambio de sus costumbres. Vivía tan sobriamente como el joven ambicioso que quiere triunfar por medio de las mujeres. Iba muy raras veces por el club y ya no jugaba. El cuidado de su tocador le ocupaba gran parte de la mañana. Había vuelto a dedicarse a la equitación y paseaba todos los días por el Bosque de cuatro a seis. Comía con su esposa siempre que no estaba invitado a la mesa de la señora Chermidy. Iba todas las noches a las reuniones del gran mundo para encontrarse con ella, y tan pronto como había abandonado el baile, el duque volvía a su casa, daba las buenas noches a su mujer y se acostaba. El miedo de comprometer a la que amaba le devolvió las costumbres de discreción que habían velado los primeros desórdenes de su vida, y la duquesa le creyó fuera de peligro, precisamente en el momento en que estaba perdido sin remedio.

La señora Chermidy, maestra en las artes de la seducción, afectaba tratarle con una ternura filial. Le recibía a todas horas, incluso cuando estaba en su tocador. Nunca retiraba su mano o su frente a un beso del duque; le reconvenía dulcemente, le escuchaba con complacencia, aceptaba sus caricias como pruebas de generosidad, no aparentaba ningún temor y no parecía sospechar el sentimiento brutal que ella misma fomentaba todos los días. Para tenerle a distancia no empleaba más que una sola arma: la humildad. Era implacablemente respetuosa. Se dejaba dar todos los nombres que el amor puede inspirar a un hombre, pero no se olvidaba ni una sola vez de llamarle señor duque. El viejo insensato hubiese dado toda su fortuna por que la señora Chermidy le faltase al respeto.

Por de pronto le sacrificó lo que un honrado anciano pueda tener en más estima, la santidad del nombre de padre. Pidió a la duquesa las cartas de Germana, con el pretexto de volverlas a leer, y la noble mujer lloró de alegría al confiar tan preciado tesoro a su marido. Corrió sin pérdida de tiempo a la calle del Circo y fue recibido con los brazos abiertos. Aquellas cartas que la enferma había garrapateado con su mano trémula, aquellas cartas en que a veces ponía besos para su madre en un cuadro mal dibujado debajo de la firma, aquellas cartas que la duquesa había regado con sus lágrimas, fueron registradas sobre una mesita del salón, como un juego de naipes, por un viejo depravado y una mujer perversa.

La señora Chermidy, disfrazando su odio bajo una máscara de compasión, buscó ávidamente algunos síntomas de muerte entre las protestas de ternura, y no quedó más que medianamente satisfecha. El olor que exhalaba aquella correspondencia no era el que atrae los cuervos a los campos de batalla. Era como el perfume de una florecilla enfermiza que languidece al soplo del invierno, pero que se abriría al sol si la brisa del mediodía viniese a barrer las nubes. La cruel arlesiana encontraba demasiada firmeza en aquella mano, demasiada vida en aquel espíritu y unos latidos inquietantes en aquel corazón. Mas no era esto todo; sintió que se apoderaba de ella una sospecha desgarradora. La enferma contaba con demasiada complacencia los cuidados de su marido. Se acusaba de ingratitud, se reprochaba el corresponder mal a lo que por ella hacía. La señora Chermidy rugió interiormente a la idea de que el marido y la mujer acabasen quizá por sentirse atraídos el uno hacia el otro; temió que la piedad, el reconocimiento, la costumbre, uniría a las dos almas jóvenes y que un día vería sentarse entre don Diego y Germana a un invitado con el que no había contado: el Amor.

La profanación de las cartas de Germana tuvo lugar algunos días después de su llegada a Corfú. Si la señora Chermidy hubiese podido ver con sus propios ojos a su inocente rival, es probable que su miedo se hubiese trocado en piedad. Las fatigas del viaje habían dejado a la pobre niña en un estado deplorable. Pero la amante de don Diego se forjaba a todas horas unos monstruos que repartían la salud y se veía suplantada sin remisión. El día en que sus sospechas se cambiasen en certidumbre, no retrocedería ante ningún crimen. Mientras tanto, por espíritu de prudencia y de venganza, por entretener su ocio de hermosa sin empleo, por una especulación de interés y de perversidad, se divertía en desplumar al señor de La Tour de Embleuse. Encontraba gracioso despojarle del millón que le había dado, sin perjuicio de devolvérselo a la muerte de su hija. Era una especie de desquite que se adjudicaba en caso de desgracia.

No era difícil hacerle dar una inscripción de renta. El duque se ponía todos los días a sus pies con cuanto poseía. Era de un carácter y de un temperamento capaz de arruinarse sin publicarlo y de vencer sin atribuirse la victoria. Un hombre de honor no compromete nunca a una mujer, aunque se vea despojado por ella. Pero la señora Chermidy pensaba que sería más digno de ella tomar un millón sin dar nada en cambio, y guardando siempre la superioridad sobre el donante.

Un día que el viejo deliraba a sus pies y renovaba por centésima vez el ofrecimiento de su fortuna, ella le dijo:

—Acepto, señor duque.

El señor de La Tour de Embleuse perdió la cabeza como un aeronauta novicio al que se rompiese la cuerda del globo (Nota: Hay que tener presente la época en que se escribió esta novela). Creyó estar en el séptimo cielo. La dama detuvo dulcemente sus transportes y le dijo:

—Cuando usted me hubiera dado un millón, ¿creería usted haberme pagado?

El duque protestó, pero sus ojos decían, y no sin razón, que desde el momento en que la virtud se pone en venta, un millón no es un precio despreciable.

Ella contestó al pensamiento de su adversario:

—Señor duque, las mujeres entre las cuales hace usted la injusticia de colocarme, valen tanto más cuanto que son más ricas. Yo he heredado cuatro millones; he ganado lo menos tres en los negocios y mi fortuna es tan limpia que la podría realizar sin pérdida en un mes. Ya ve usted que hay pocas mujeres en Francia que tengan derecho a ponerse un precio más elevado. Esto le prueba a usted que también tengo el medio de darme por nada. Si yo le llego a amar, lo que quizás ocurra, el dinero no será nada entre nosotros. El hombre a quien yo dé mi corazón tendrá encima todo lo demás.

El duque cayó desde lo más alto y dio rudamente contra el suelo. Era tan desgraciado al guardar su millón como se había sentido feliz al recibirlo. La señora Chermidy pareció tener piedad de él.

—Niño grande—le dijo—, no llore usted. He empezado por decirle que aceptaba. Pero tenga usted cuidado; voy a hacerle mis condiciones.

El señor de La Tour de Embleuse sonrió como un moribundo que ve entreabrirse el cielo.

—Soy yo quien ha enriquecido a usted—le dijo—. Le conocía de antiguo, o por lo menos conocía su reputación. Usted se ha comido su fortuna con una grandeza digna de los tiempos heroicos. Es usted el último representante de la verdadera nobleza, en esta edad degenerada. También es usted, sin saberlo, el único hombre de París capaz de interesar seriamente el espíritu de las mujeres. Yo siempre he lamentado que usted no tuviese una fortuna incalculable como la de don Diego: usted habría sido más grande que Sardanápalo. A falta de otra cosa mejor, hice que le diesen un millón; se hace lo que se puede. Pero he tomado mal mis medidas y la cosa no ha respondido a mis esperanzas. Lo que tiene usted en su cajón es un papelote que nunca le serviría para nada. El día 22 de junio cobrará usted sus 25.000 francos; de aquí a entonces no hará más que vegetar. Contraerá deudas y sus rentas no harían más que enriquecer a los acreedores. Deme usted su inscripción de renta y yo haré que la venda mi agente de cambio. Guardaré el capital, porque no me fío de usted. En cambio es absolutamente preciso que acepte el producto. Y no crea que éste será de cincuenta mil francos; serán ochenta mil o cien mil, quizá más. Conozco la Bolsa a fondo, aunque nunca haya puesto los pies allí; y sé que se gana todo lo que se quiere con algunos millones en dinero contante y sonante. El papel del Estado es una admirable invención para los burgueses que quieren vivir modestamente y sin preocupaciones. Para las gentes de nuestra clase que no temen el peligro ni el trabajo, ¡viva la especulación! Es lo mismo que el juego en gran escala y usted es jugador, ¿no es cierto?

—Lo he sido.

—Y lo es aún. Correremos juntos el mismo albur; pondremos en común nuestros intereses, nuestros placeres, nuestros temores, nuestras esperanzas.

—Los dos formaremos como uno solo.

—En la Bolsa, al menos.

—¡Honorina!

Honorina pareció sumirse en una profunda reflexión y ocultó el rostro entre sus manos. El duque se apoderó de ellas poniendo fin así a aquel eclipse de belleza. La señora Chermidy le miró fijamente, sonrió con melancolía y le dijo:

—Perdóneme usted, señor duque, y olvidemos nuestros castillos en el aire. Nos extraviábamos en el porvenir como dos niños en el bosque. Era un dulce sueño, pero no pensemos más en ello. No tengo el derecho de despojarle, aunque sea para enriquecerle. ¿Qué dirían de mí? ¿Qué pensarían de usted mismo? ¡Si la señora duquesa se enterase de lo que habíamos hecho!

La señora Chermidy sabía perfectamente que para hacer odiosa a una mujer ante su marido, es suficiente pronunciar su nombre en ciertos momentos. El duque respondió altivamente que su mujer no se mezclaba nunca en sus negocios y que además lo tenía prohibido.

—Pero—continuó la tentadora—usted tiene una hija; y todo lo que usted posee debe volver a ella. No estaría bien.

—Pero—replicó el duque—mi hija tiene un hijo que es el de usted. Nuestras fortunas irán juntas al pequeño marqués. ¿Acaso no somos de la misma familia?

—Usted ya me dijo eso otra vez, señor duque; pero aquel día me causó menos placer que hoy.

La señora Chermidy colocó la inscripción de renta en un cajón y se guardó mucho de venderla. Aquella mujer tenía el instinto de lo sólido y desconfiaba juiciosamente de la inestabilidad de las cosas humanas. El duque fue, desde aquel momento, el asociado de su hermosa amiga. Le quedaba el derecho de visitar su caja y encontró en ella, hasta nueva orden, tanto dinero como quiso. Esto es todo lo que pudo obtener de aquella generosa y sonriente virtud. Honorina se ocupaba del viejo con una ternura minuciosa; le hizo abandonar el departamento que ocupaba; le transportó a los Campos Elíseos con la duquesa y le compró muebles, cuidando de que no faltase nada en la casa y preocupándose incluso de los gastos de la cocina. Hecho esto, se frotó las manos y se dijo riendo:

—Ya tengo al enemigo bloqueado, y si nunca llegara a declararse la guerra, les mataría de hambre sin piedad.


VI

CARTAS DE CORFÚ

El doctor Le Bris a la señora Chermidy.

«Corfú, 20 abril 1853.

»Apreciable señora: Yo no podía prever, el día que me despedí de usted, que nuestra correspondencia sería tan larga. Don Diego tampoco lo esperaba. Si yo hubiese podido prevenirlo, no creo que él tomase la resolución heroica de privarse de sus cartas ni del placer de escribirle. Pero todos los hombres están sujetos al error, sobre todo los médicos. No enseñe usted esta frase a mis colegas.

»Hicimos un viaje bien tonto de Malta a Corfú, en un vapor muy sucio, cuya chimenea humeaba horriblemente. Teníamos el viento de proa; la lluvia nos privaba con frecuencia de subir al puente y la niebla invadía hasta nuestros camarotes. El mareo no perdonó más que al niño y a la enferma; y es que hay estados de gracia para los que entran en la vida y para los que se disponen a abandonarla. Teníamos por toda sociedad una familia inglesa que regresaba de las Indias: un coronel al servicio de la compañía y sus dos hijas, amarillas como la piel de Rusia. Unicamente el vino de Burdeos gana con un viaje tan largo. Esas señoritas no nos honraron ni con una palabra; lo que las excusa un poco es que no sabían el francés. A la menor claridad subían al puente con sus álbumes para dibujar unos paisajes que parecían plum-puddings. Después de una eterna travesía de cinco días, el vapor nos condujo por fin a buen puerto; no habíamos tenido siquiera la distracción de un naufragio. El camino de la vida está empedrado de decepciones.

»Mientras nos proporcionamos una casa en el campo, nos hemos alojado en la capital de la isla, en el hotel Victoria. Esperamos salir de aquí a fines de semana, pero no me atrevo a asegurar si lo haremos todos con nuestras piernas. Mi pobre enferma está cada vez peor; el viaje la ha fatigado más aún que si se hubiese mareado. La señora de Villanera no la abandona ni un instante; don Diego se porta admirablemente; en cuanto a mí, hago todo lo posible, es decir, muy poco. Es inútil ensayar un tratamiento que añadiría sufrimientos sin aumentar las probabilidades de curación. ¡Es usted muy dichosa, señora, de tener tanta belleza como salud!

»Si esta crisis no es la última, intentaré el amoníaco o el yodo. El yodo triunfa en algunos casos; los señores Piorry y Chartroule lo emplean con éxito. ¿Usted será tan amable que nos envíe el aparato del doctor Chartroule y una provisión de cigarrillos yodados? Todo lo encontrará en la farmacia Dublanc, calle del Temple, al lado del bulevar. El amoníaco también da buenos resultados; pero el único remedio con el que se pueda contar seriamente, es un milagro. Así, pues, viva usted en paz, ténganos un poco de cariño y ayúdenos a cumplir nuestro deber hasta el fin. El viejo Gil, que la condesa había traído para que le sirviese, ha caído enfermo de las fiebres de Italia, aunque ésta no sea la estación de las fiebres. Es un enfermo más y un servidor menos.

»La alegría y la salud tienen una magnífica representación en la casa: el pequeño Gómez. El día que lo vuelva usted a ver será bien dichosa. Se lo ve crecer y hasta creo ¡Dios me perdone! que está embellecido. Será menos Villanera de lo que me figuraba al principio. La verdad es que parecería cosa del diablo si no tuviese algo de su madre. Es menos huraño; se deja besar y besa; alarga los labios hacia todas las caras con una impetuosidad que sería inquietante en una niña.

»Don Diego está en negociaciones con un descendiente de un dux para alquilar una casa que le convendría mucho. La campiña está dividida en una multitud de propiedades agradables, adornadas con castillos ruinosos. Yo he visitado algunos jardines; son generalmente más habitables que las casas a que pertenecen. Esos chiribitiles aristocráticos que conservan un aire de grandeza en medio de su desolación, participan de granja, de castillo y de choza. Si conseguimos alquilar la villa Dandolo, quizá no estaremos del todo mal. Bastará con poner algunos vidrios en los balcones. La exposición es admirable, al Mediodía, sobre el mar. El jardín, muy hermoso. Los vecinos son nobles y dicen que algunos hablan el francés. ¿Pero quién sabe si tendremos tiempo de entablar conocimiento con ellos?

»No echaré de menos la estancia en la ciudad, aunque en ella se viva bien. Es muy linda y en ciertos aspectos me recuerda Nápoles. La explanada, el palacio del lord comisario y los alrededores forman una ciudad inglesa. Los ingleses han construido a expensas de los griegos fortificaciones gigantescas que hacen de la plaza un pequeño Gibraltar. Yo asisto todas las mañanas a las evoluciones de un regimiento de escoceses que me divierten mucho con sus cornamusas. La ciudad griega es antigua y curiosamente construida: casas altas, pequeñas arcadas y una linda cabeza en cada balcón. El barrio judío es repugnante, pero se encuentran perlas en aquel estercolero dignas del lápiz de Gavarni. La población se compone de griegos, italianos, judíos y malteses, pero todos hacen lo posible por parecer ingleses. Tenemos también un teatro en el que dan representaciones de Juana de Arco del maestro Verdi. Yo fui una noche, aprovechando que la enferma tenía menos de 120 pulsaciones por minuto. Al final del primer acto, toda la asamblea se levantó respetuosamente, mientras que la orquesta tocaba el God save the Queen. Es una costumbre establecida en todas las posesiones inglesas. No le extrañe a usted que se represente la muerte de Juana de Arco ante un público inglés; el autor del libreto ha tenido cuidado de modificar la historia. Juana de Arco defiende a Francia contra un enemigo cualquiera, los turcos, los abisinios o los chinos. Lleva una coraza de papel de plata y agita una bandera del tamaño de un abanico hasta el momento en que se presenta en escena un heraldo y dice al rey:

Rotto e'l nemico, e Giovanna e stinta.

»Llega la heroína sobre almohadones; una banda manchada de rojo indica que está mortalmente herida. Se incorpora con gran esfuerzo, canta una romanza con su voz más fuerte y expira entre los aplausos de la sala. Todos los habitantes de Corfú están convencidos de que Juana ha muerto a consecuencia, no sólo de una herida, sino también de una serie de gorgoritos.

»El conde me ha dejado ir solo al teatro; y no obstante, ya sabe usted si es apasionado de Verdi. ¿No fue en una representación del Hernani cuando su mirada se encontró por primera vez con la de usted? Pero el pobre muchacho se inmola materialmente a su deber. ¡Qué marido, señora, para aquella que sea su esposa definitiva!

»Los periódicos nos han traído noticias de la China que usted ha debido leer con tanto interés como nosotros. Parece que esa nación ha tratado ligeramente a dos misioneros franceses y que la Náyade se ha puesto en camino para castigar a los culpables. Si la Náyade no ha cambiado de comandante, esperaremos con impaciencia las noticias de la expedición. Cada uno para sí y Dios para todos. Yo deseo todas las prosperidades imaginables a mis amigos, sin desear, no obstante, la muerte de nadie. Se dice que los chinos son pésimos artilleros, aunque se alaben de haber inventado la pólvora. Sin embargo, no hace falta más que un obús clarividente para hacer la felicidad de muchas personas.

»Adiós, señora. Si yo le escribiese tanto como la amo, mi carta no tendría fin. Pero, después del placer de conversar con usted, es necesario que acuda al cumplimiento de mi deber, que me llama desde la habitación vecina. ¡Placer, deber! dos caballos muy difíciles de uncir juntos. Yo intento hacerlo lo mejor que puedo, y si no llego a conciliar todas las cosas, es porque un hombre no puede maniobrar libremente entre el yunque y el martillo. Aprécieme si puede, compadézcame si quiere, no me maldiga, ocurra lo que ocurra, y si en el próximo correo recibe un sobre orlado de negro, hágame el honor de creer firmemente que no tengo ningún derecho a su reconocimiento.

»Beso la mano más linda de París.

»Carlos le Bris.»

La condesa viuda de Villanera a la señora de La Tour de Embleuse.

«Villa Dandolo, 2 mayo 1853.

»Mi querida duquesa; No dudo ya de que Germana está mejor. Nos hemos cambiado de casa esta mañana, o, mejor dicho, he sido yo quien lo he tenido que hacer todo. Tenía que arreglar los baúles, envolver a la enferma en algodón, vigilar al pequeño, buscar el coche y casi enganchar los caballos. El conde no sirve para nada; es un talento de familia. En España se dice torpe como un Villanera. El doctor revoloteaba a mi alrededor como un moscardón; he tenido que hacerle sentar en un rincón. Cuando tengo prisa, no puedo sufrir que la tengan los demás; el que me ayuda me incomoda. ¡Y ese asno de Gil que se ha puesto enfermo en la mejor ocasión! Voy a enviarle a París para que se cure, y le ruego que me busque otro criado. Lo he hecho todo, prevenido todo y arreglado lo mejor que he podido; he encontrado el medio de estar dentro y fuera, en casa y en la calle. Afortunadamente las calles son magníficas; el afirmado no tiene nada que envidiar al del bulevar. Hemos salido a las diez, y ahora ya nos tiene usted instalados. He desembalado a mis gentes, abierto mis paquetes, hecho mis camas, preparado la comida con un cocinero indígena que quería echar pimienta en todo, incluso en las sopas de leche. Han comido todos, paseado, vuelto a comer; ahora ya duermen y yo le escribo sobre la almohada de Germana, como un soldado sobre un tambor cuando ha terminado la batalla.

»La victoria es nuestra, a fe de viejo capitán. Nuestra hija se curará, estoy segura. Me ha hecho pasar, no obstante, quince noches desagradables en esta ciudad de Corfú. No se decidía a dormir y tenía que mecerla como a un niño. Comía únicamente por darme gusto; nada le apetecía, y cuando no se come, se acaban las fuerzas. No le quedaba más que un soplo de vida presto a extinguirse a cada instante, pero yo no desesperaba nunca. Tenga usted valor; esta noche ha cenado, ha bebido dos dedos de vino de Chipre y ahora duerme.

»Había oído decir muchas veces que una madre quiere a sus hijos en razón de los disgustos que le dan; esto no lo sabía por experiencia. Todos los Villanera, de padre a hijo, son como los árboles que se plantan en el campo y crecen. Pero desde que usted me confió el pobre cuerpo de esa hermosa alma, desde que hago centinela alrededor de nuestra niña para impedir que la muerte se aproxime, desde que he aprendido a sufrir, a respirar y hasta a ahogarme con ella, siento latir mi corazón con una fuerza inusitada. Yo no era madre más que a medias, puesto que no había tenido ocasión de participar de los dolores de los otros. Ahora valgo más que antes, soy mejor, me encuentro en un plano superior. Es el dolor el que nos hace semejantes a la madre de Dios, ese modelo de todas las madres. ¡Ave María, mater dolorosa!

»No tema usted, mi pobre duquesa; Germana vivirá. Dios no me hubiera dado este profundo amor por ella, si hubiese resuelto arrancarla de este mundo. Aquel que gobierna los corazones mide la violencia de nuestros sentimientos con arreglo a la duración de lo que amamos, y yo amo a Germana como si hubiese de estar eternamente entre nosotros. La Providencia se burla de la ambición, de la avaricia y de todas las pasiones humanas, pero respeta los afectos legítimos y no separa nunca a los que se aman piadosamente en el seno de la familia. ¿Por qué me hubiera hecho conocer y amar a Germana si hubiese tenido el designio de arrebatármela de entre los brazos? Sería un juego cruel e indigno de la bondad de Dios. Además, el interés de nuestra raza está ligado a la vida de esa niña. Si tuviésemos la desgracia de perderla, un día u otro volvería a casarse don Diego. San Jaime, al que hemos dedicado dos iglesias, no permitirá que un nombre como el nuestro sea llevado por la señora Chermidy.

»No crea usted que espere nada del doctor Le Bris; los sabios no entienden de esas cosas. El verdadero médico, es Dios en el cielo y el amor en la tierra. Las consultas, los medicamentos y todo lo que compramos con dinero, no aumentan la suma de nuestros días. Ya verá usted lo que hemos imaginado para que viva. Todas las mañanas, mi hijo, mi nieto y yo, rogamos a Dios que tome algo de nuestras vidas para añadir a la de Germana. El pequeño une sus manos como nosotros; yo pronuncio la oración y ha de ser el Cielo muy sordo si no nos oye.

»Don Diego ama a su mujer; ya se lo había dicho a usted. La ama con un amor puro, desprovisto de todas las impurezas terrestres. Si la amase de otro modo, en el estado en que ella se encuentra, me produciría horror. Tiene por ella la adoración religiosa que un buen cristiano dedica a la santa de su iglesia, a la Virgen de su capilla, a la imagen casta y velada que resplandece en el fondo del santuario. Los españoles somos así. Sabemos amar simplemente, heroicamente, sin ninguna esperanza mundana, sin otra recompensa que el placer de caer de rodillas ante una imagen venerada. Para nosotros, Germana no es otra cosa: la perfecta imagen de las santas del Paraíso. Cuando San Ignacio y sus gloriosos compañeros se alistaron bajo el estandarte de María, dieron a todos los hombres el ejemplo caballeresco del amor puro.

»Cuando esté curada, ¡ah! entonces ya veremos. Espere usted solamente a que la pobre virgencita pálida haya recobrado los colores de la juventud. Su cuerpo, hoy, no es más que una urna de cristal transparente con un alma en el fondo. Pero cuando la sangre regenerada circule por sus venas, cuando el aire del cielo ensanche su pecho, cuando los perfumes generosos de la campiña hablen a su corazón y hagan latir sus sienes, cuando el pan y el vino, esos presentes de Dios, hayan reparado sus fuerzas, cuando un ardor impaciente la haga correr desalentada bajo los grandes naranjos del jardín, entonces entrará en una nueva belleza... y don Diego tiene ojos. Sabrá establecer una diferencia entre sus antiguos amores y su dicha presente. Seguramente no tendré que mostrarle en qué grado una belleza noble y casta, realzada por todo el brillo de la sangre y por todo el esplendor de la virtud, es superior a los halagos impúdicos de una bribona. Mientras tanto, ya está en buen camino. En casi cuatro meses que hemos abandonado París, no ha escrito ni recibido una carta; el olvido se hace en su corazón lejos de la indigna que le perdía. La ausencia que fortifica las pasiones honradas, mata en muy poco tiempo aquellas que sólo subsisten por el hábito del placer.

»Quizá también nuestra buena Germana llegue a participar de ese amor. Hasta el presente es sólo a mí, de toda la familia, a quien quiere. Claro está que no hablo del pequeño marqués: ya sabe usted que lo quiso desde el primer día. En cambio manifiesta a mi pobre hijo una indiferencia que se parece mucho al odio. También es verdad que ya no le maltrata como antes y soporta sus atenciones con una especie de resignación. Tolera su presencia, no se extraña de verle a su lado y se va acostumbrando a él. Mas no es necesario ser un lince para leer en su rostro una sorda impaciencia, un odio domado que se subleva a cada instante, quizás el desprecio de una muchacha honrada por un hombre que ha cometido faltas. ¡Ay, pobre amiga mía! la indulgencia es una virtud propia de nuestra edad; los jóvenes no la practican. No obstante, debo reconocer que Germana disimula con cuidado sus pequeños resentimientos. Su cortesía con don Diego es irreprochable. Conversa con él horas enteras sin dar muestras de cansancio; le escucha hasta con gusto; le responde algunas veces y acoge sus ternezas con una dulzura fría y resignada. Un hombre menos delicado no advertiría que es aborrecido; mi hijo lo sabe y la perdona. Ayer me decía: «Es imposible detestar a los amigos con más encanto y bondad. Es el ángel de la ingratitud.»

»¿Cómo acabará todo esto? Bien, créame usted. Tengo confianza en Dios, tengo fe en mi hijo y esperanza en Germana. Nosotros la curaremos, incluso de su ingratitud, sobre todo si usted viene a ayudarnos. Ya estoy enterada de que el duque camina como un buen muchacho por el sendero de la virtud y de que los padres lo ponen como ejemplo a sus hijos. Si usted pudiese dejarlo por uno o dos meses, sería recibida aquí con los brazos abiertos. En el caso en que el encantador convertido quisiera también tomar los aires del campo, le podríamos preparar un buen alojamiento.

»Hasta muy pronto, pues, mi excelente amiga, querida hermana de mis afectos y de mis dolores. La quiero cada vez más, a medida que su hija me va siendo más querida. La distancia que nos separa no podrá enfriar una tan buena amistad; nos hemos visto poco y no nos escribimos mucho, pero nuestras oraciones se confunden todos los días al pie del trono de Dios.

»Condesa de Villanera.

»P. S. No se olvide usted de mi criado y sobre todo que sea joven. Nuestros matusalenes del hotel Villanera no se aclimatarían aquí.»

Germana a su madre.

«Villa Dandolo, 7 mayo 1853.

»Mi querida mamá: El viejo Gil, que le entregará esta carta, le dirá lo bien que se está aquí. No es en Corfú donde ha cogido las fiebres; fue en la campiña de Roma; de modo que no tenga usted ningún cuidado.

»He estado bastante enferma después de mi última carta, pero mi segunda madre ha debido decirle que ya estoy mucho mejor. El señor de Villanera quizá también le ha escrito; no le pido cuenta de sus actos. En cuanto a mí, estoy lo suficientemente fuerte desde hace algún tiempo para emborronar cuatro carillas de papel; pero, ¿querrá usted creer que me falta tiempo? Paso mi vida respirando; es una ocupación muy agradable en la que empleo diez o doce horas diarias.

»Durante la crisis que he atravesado, he sufrido mucho. No recuerdo haber estado tan mal en París. Puede usted creer que muchas personas en mi lugar hubieran deseado la muerte. No obstante, yo me agarraba a la vida con una obstinación increíble. ¡Cómo se cambia! ¿Y en qué consiste que yo no vea las cosas con los mismos ojos?

»Indudablemente en que hubiera sido muy triste morir lejos de usted, sin que sus queridas manos me pudiesen cerrar los ojos. Por lo demás, no son cuidados los que me faltan. Si hubiese sucumbido, como el doctor casi esperaba, podía usted haber tenido un consuelo. Lo más triste cuando muere un ser querido lejos de nosotros debe ser el pensar que le habrán faltado los cuidados que nosotros le hubiéramos prodigado. A mí, en cambio, nada me falta y todos son muy buenos para mí, incluso el señor de Villanera. Espero, querida mamá, que se repita usted esto muchas veces si me ocurriese una desgracia.

»Quizá también la amistad y la compasión de los que me rodean han contribuido un poco a hacerme amar la vida. El día en que me despedí de usted y de mi padre, dije adiós a todo. Yo no sabía que los que me acompañaban habían de ser para mí una verdadera familia. El doctor es perfecto; me trata como si esperase curarme. La señora de Villanera (la auténtica) es como usted misma. El marqués es un excelente hombrecito; el viejo Gil me ha rodeado de atenciones. Yo no he querido entristecer a todas esas gentes con el espectáculo de mi agonía y ya ve usted cómo he salido del paso. Tanto peor para los que contaban con mi muerte; tendrán que esperar bastante tiempo.

»Usted me había recomendado que le describiese nuestra casa para que su pensamiento supiese dónde encontrarme cuando quisiera hacerme una visita. El señor de Villanera, que dibuja bastante bien para ser un gran señor, le enviará el plano del castillo y del jardín. Me he atrevido a pedirle esta gracia; era preciso que fuese cosa de usted para ello. Mientras tanto, conténtese usted con saber que habitamos unas ruinas sumamente pintorescas. Desde lejos, la casa parece una vieja iglesia demolida durante la Revolución. No hubiera podido creer nunca que se pudiese vivir en su interior. Se llega al vestíbulo por cinco o seis rampas practicables para los carruajes y con un piso desigual y accidentado, que, si se sostiene, es por la fuerza de la costumbre, porque el cemento hace mucho tiempo que falta. Los alelíes y las plantas trepadoras se deslizan por todas las grietas y perfuman el camino como un jardín. La casa está rodeada de árboles y a un cuarto de hora de la población más próxima. No sé aún con exactitud de cuántos pisos se compone; las habitaciones no están todas las unas encima de las otras; se diría que el segundo piso ha bajado hasta el nivel del suelo a causa de un temblor de tierra. Por un lado no hay que subir ni bajar escaleras; por el otro hay que descender con peligro de la cabeza. Es en este laberinto, querida mamá, donde tiene usted que buscar a su hija. Yo misma me busco algunas veces y no me encuentro siempre.

»Tenemos por lo menos veinte habitaciones inútiles y una magnífica sala de billar donde las golondrinas construyen sus nidos, pero no crea usted que las haya arrojado de allí. ¿Qué soy aquí yo misma? Un pajarillo lanzado de su nido por el frío. Mi habitación es la mejor acondicionada de toda la casa. Es grande como la Cámara de los diputados y está pintada al óleo de arriba abajo. Prefiero esto que el papel: es más limpio y sobre todo más fresco. El señor de Villanera me ha hecho traer de Corfú un mobiliario nuevo, de fabricación inglesa. Mi cama, mis sillas y mis sillones se pasean a sus anchas en esta inmensidad. La buena condesa duerme en una pieza inmediata, al lado del pequeño marqués. Cuando digo que duerme, es para que no se enfade. La veo a mi lado cuando me duermo, la encuentro en el mismo sitio al abrir los ojos, pero me guardaré muy bien de decirle que ha pasado la noche fuera de su cama. El doctor ocupa una habitación del mismo piso, pero más alejada. Se le ha instalado lo más cómodamente que se ha podido. Los que cuidan a los demás tienen la costumbre de cuidarse a sí mismos. El señor de Villanera campa no sé dónde, bajo el tejado. ¿Es que la casa tiene verdaderamente tejado? Nuestros criados griegos e italianos duermen al aire libre: es la costumbre del país.

»Mis balcones, en número de cuatro, dan al Levante y al Mediodía. Desde las nueve el aire y la luz inundan mi dormitorio. Me levantan, me visten y abren los balcones uno a uno para que el aire del mar no me sorprenda bruscamente. Hacia las diez, bajo a los jardines. Tengo dos a mi disposición: el uno al norte de la casa, limitado por un muro más complicado que la gran muralla de la China; el otro al Mediodía, bañado por el mar. El jardín del norte está plantado de olivos, de azufaifos y de nísperos del Japón. El otro es un enorme bosque de naranjos, de higueras, de limoneros, de áloes, de chumberas y de parras gigantescas que lo invaden todo, que trepan a todos los árboles y se encaraman en lo más alto. El señor de Villanera decía ayer que la vid es la cabra del reino vegetal. Es muy hermoso, mi pobre mamá, correr de un lado a otro, ir a todas partes con completa libertad. Yo nunca había gozado de semejante dicha. ¡Pero si viviese!...

»Comienzo ya a pasear valientemente por las alamedas. Hasta hace ocho días eran impracticables, porque el jardinero del conde Dandolo es un romántico puro, enamorado del hermoso desorden y de las gracias melenudas. Hemos cortado los árboles a hachazos, ni más ni menos que en una selva virgen. He pedido clemencia para los naranjos, porque ya sabrá usted que me he reconciliado con el olor de las flores. Sin embargo, no me las ponen en la habitación; sólo las tolero al aire libre. El perfume que las flores cortadas exhalan en un lugar cerrado me sube al cerebro como un olor de muerte, y esto me entristece. Pero cuando las plantas florecen al sol, bajo la brisa del mar, yo me regocijo con ellas, tomo parte en su dicha y se me ensancha el corazón. ¡Qué hermosa es la tierra! ¡Y qué feliz todo el que vive! ¡Sería muy triste abandonar este mundo delicioso que Dios ha creado para el placer del hombre! Y, sin embargo, hay gentes que se matan. ¡Qué locos!

»Decían en París que yo no vería brotar las hojas. No me hubiera consolado de morir tan pronto, sin haber podido ver la primavera. Han brotado esas queridas hojas de abril y yo estoy aquí para verlas. Las toco, las huelo, las estrujo entre mis manos y las digo: «Aun estoy entre vosotras. Quizá me será dado ver el estío bajo vuestra sombra. Si hemos de caer juntas, ¡ah! permaneced largo tiempo sobre esos hermosos árboles, asíos sólidamente a las ramas y vivid para que yo viva.»

»¿Habrá algo más alegre, más vivo, más variado que los brotes nuevos? Son blancos en los álamos y en los sauces, rojos en los granados, rubios como mis cabellos en la copa de las verdes encinas, de color violeta en las ramas de los limoneros. ¿De qué color serán dentro de seis meses? No pensemos en eso. Los pajarillos hacen sus nidos en los árboles; el mar azul acaricia dulcemente la arena de la orilla; el sol generoso deposita sus bienhechores rayos sobre mis pobres manos pálidas y enflaquecidas; siento circular en mis pulmones un aire dulce y penetrante como su voz de usted, mi buena mamá. Hay instantes en que me figuro que ese buen sol, esos árboles en flor, esos pájaros que cantan, son otros tantos amigos que piden gracia para mí y que no me dejarán morir. Quisiera tener amigos en toda la tierra, interesar a la Naturaleza entera en mi suerte, emocionar hasta a las mismas piedras y que de los cuatro puntos del mundo se elevase al cielo una tal lamentación y una tal plegaria, que Dios se conmoviese. El es bueno, es justo; yo no le he desobedecido jamás, nunca he hecho mal a nadie. No le costaría gran trabajo dejarme vivir con los demás, confundida entre la multitud de los seres que respiran. ¡Ocupo tan poco sitio! Y además, no soy muy cara de mantener.

»Por desgracia, hay gentes que se pondrían luto si yo curase y que no se consolarían jamás si me viesen viva. ¿Qué le vamos a hacer? Están en su derecho. He contraído una deuda y tengo el deber de pagarla.

»Mi querida mamá, ¿qué piensa usted del señor de Villanera? ¿Qué concepto tienen de él en París? ¿Es posible que un hombre tan sencillo, tan paciente y tan dulce, sea un mal hombre? Me he fijado en sus ojos por primera ver hace poco días; son unos hermosos ojos capaces de engañar al más listo.

»Adiós, mi buena madre; rece por mí y vea si puede obtener de mi padre que vaya un día a la iglesia con usted. Si él hiciera eso por su pequeña Germana, la conversión sería completa y yo quizá me salvaría. Debe haber una recompensa allá arriba para los que conducen un alma a Dios. ¿Pero quién podrá tener crédito en el cielo si no es usted, querida santa?

»Con una ternura infinita soy siempre su respetuosa hija

»Germana.

»P. S. Los besos para mi padre son los que hay a la derecha de la firma; los de usted son los de la izquierda.»


VII

EL NUEVO DOMÉSTICO

El duque no enseñó a la señora Chermidy la carta de la condesa, pero le hizo leer la de Germana.

—Ya ve usted—le dijo—; ha adelantado la mitad del camino en su curación.

Ella se esforzó en sonreír y respondió:

—Usted es un hombre dichoso; todo le sale bien.

—Menos el amor.

—¡Paciencia!

—No se puede tener mucha a mi edad.

—¿Por qué?

—Porque no hay tiempo que perder.

—¿Quién es ese viejo Gil que le trae las cartas? ¿un correo?

—No; es un ayuda de cámara que pide un substituto. La señora de Villanera encarga a la duquesa que le busque un buen criado.

—Eso no es fácil en París.

—Hablaré al mayordomo de mi amigo Sanglié.

—¿Quiere usted que yo, por mi parte, le ayude también? Le Tas (El montón) tiene siempre media docena de criados en la manga; es una verdadera agencia de colocaciones.

—Si le Tas tiene algún protegido que establecer, le tomaré de muy buena gana. Pero tenga usted en cuenta que lo que necesitamos es un hombre de confianza, un enfermero.

—Le Tas debe tener enfermeros; tiene de todo.

Le Tas era la doncella de la señora Chermidy. No se la veía nunca en el salón, ni siquiera por casualidad; pero los amigos íntimos de la casa se sentían muy honrados de entablar conocimiento con ella. Era una doméstica con sus 120 kilos de peso, compatriota y hasta algo pariente de la dueña de la casa. Se llamaba Honorina Lavenaze, como su ama; pero su deformidad hacía que todo el mundo la conociera por le Tas. Aquel fenómeno viviente, aquel montón de grasa, aquel paquidermo femenino, había seguido durante quince años a la señora Chermidy en la buena y en la adversa fortuna. Había sido la cómplice de sus progresos, la confidente de sus pecados, la encubridora de sus millones. Sentada en un rincón del fuego, como un monstruo familiar, leía en las cartas el porvenir de mamá; la prometía el reino de París, como una bruja de Shakespeare; la animaba en sus desfallecimientos, consolaba sus disgustos, arrancaba sus cabellos blancos y la servía con una devoción canina. No había ganado nada a su servicio, ni rentas del Estado, ni libreta en la Caja de ahorros, y no quería nada para sí. Tenía diez años más que la señora Chermidy, y esto, así como su obesidad enfermiza, le daba la seguridad de morir antes que ella y, desde luego, en su casa; no se despide a un servidor que pueda llevarse nuestros secretos. Mientras pudiese satisfacer sus necesidades, le Tas no tenía ni ambición, ni codicia, ni vanidad personal; se consideraba rica, brillante y triunfante en la persona de su bella prima. Aquellas dos mujeres, estrechamente unidas por una amistad de quince años, formaban un solo individuo. Era una cabeza con dos caras, como la máscara de los cómicos de la antigüedad. De un lado, sonreía al amor, del otro hacía muecas al crimen. La una se mostraba porque era hermosa; la otra se ocultaba porque hubiera causado horror.

La señora Chermidy prometió al duque ocuparse en su asunto. Aquel mismo día, efectivamente, habló con le Tas acerca del criado que se podría enviar a Corfú.

La linda arlesiana estaba bien decidida a cortar en flor la curación de Germana, pero era demasiado prudente para emprender nada por su cuenta y riesgo. Sabía que un crimen es siempre una torpeza y su situación era muy envidiable para que se expusiera a perderla en un mal negocio.

—Tienes razón—le dijo le Tas—, nada de sangre. Hay que dejar eso. Un crimen nunca aprovecha a su autor; sólo resulta útil a los otros. Se mata a un rico en la carretera y se le encuentran cien sueldos en el bolsillo. Todo lo demás va a parar a los herederos.

—¡Pero aquí soy yo la que hereda!

—No heredarías si te sorprendiesen en un delito. Por de pronto, ella puede morir de muerte natural. Y si esto no bastase, puede haber alguien que la ayude, pero sin nuestra intervención.

—¿Qué hacer, pues?

—Interesar a alguien en la muerte de Germana. Suponte un enfermo que dijese a los que la asisten: muchachos, cuidadme bien; el día de mi muerte tendréis todos mil francos de renta. ¿Crees tú que ese hombre viviría mucho tiempo? Creo que sería fácil encontrar un mozo inteligente que interpretase a su manera las órdenes del médico. Se le darían sus mil francos de renta, y los herederos...

—Heredarían. Comprendo perfectamente. Pero, ¡es tan difícil la elección! ¿Y si tropezásemos con un hombre honrado?

—¿Es que los hay?

—Le Tas, calumnias al género humano. No hay muchos hombres capaces de jugarse la cabeza por mil francos de renta.

—Estoy segura de que si enviásemos allá abajo un hombrecillo que yo conozco, un verdadero bribón de París, pálido como una manzana que no ha madurado, mimado por los otros criados, celoso de aquellos a quienes sirve, envidioso del lujo que le rodea, vicioso como un sumiller, al cabo de quince días se habría hecho cargo del porvenir que se le ofrecía.

—Tal vez. ¿Pero y si erraba el golpe?

—Entonces habría que echar mano de un hombre de experiencia; buscar un práctico que tenga costumbre de esas cosas.

—Veo que te acuerdas de Tolón, hija mía.

—¡Toma! allí hay sujetos muy a propósito para eso.

—¿Es que quieres que vaya a buscar un criado al presidio?

—Los hay que ya han cumplido.

—¿Dónde encontrarlos?

—Búscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.

Algunas horas después de esta conversación, la señora Chermidy, bella como la virtud, hacía los honores de su salón a personas de las más respetables de París.

Entre los concurrentes de su casa había un viejo solterón de humor alegre, de conversación espiritual, gran aficionado a los libros nuevos, asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias inéditas; tan irreprochable en la elección de sus palabras como en la de sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantería francesa. Era jefe de negociado en la prefectura de policía.

La señora Chermidy le sirvió con sus propias manos una taza de te, al mismo tiempo que le dirigía una sonrisa inefable. Conversó largo tiempo con él, le obligó a agotar su repertorio y oyó con el mayor interés cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, después de muchos años, cometió una injusticia con sus amigos y se apartó de su imparcialidad habitual.

El excelente hombre se creía estar en el cielo y tamborileaba con sus dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfacción visible.

No obstante, como no hay compañía, por buena que sea, a la que no haya que dejar, el señor Domet se dirigió discretamente hacia la puerta cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte personas en el salón. La señora Chermidy lo llamó en voz alta con la graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.

—Querido señor Domet—le dijo—, es usted demasiado encantador para que le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aquí, a mi lado, y cuénteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.

El excelente hombre obedeció con muy buena voluntad, aunque tenía por principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protestó diciendo que había agotado toda su provisión y que, a menos de inventar, ya no tenía nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un círculo a su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas más indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre la Máscara de hierro, se le incitó a que dijese el verdadero nombre del autor de las Cartas de Junio, se le pidieron detalles sobre el anillo de Gyges, sobre la Conspiración de las pólvoras, sobre el Consejo de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invitó a que expusiera su opinión sobre los resortes de gobierno. El señor Domet respondió a todo alegremente, rápidamente, con ese buen humor de las personas de edad que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente tranquilo y se removía en su sillón como un pescado en la sartén. La señora Chermidy, siempre bondadosa, acudió en su auxilio y le dijo:

—Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo también quien le libre de sus manos, pero con una condición.

—Acepto con los ojos cerrados, señora.

—Se dice que casi todos los crímenes que se cometen son ejecutados por gentes que ya han tenido que ver con la justicia, por licenciados de presidio. ¿Es ésa la palabra?

—Sí, señora.

—Pues bien; explíquenos usted lo que es un licenciado de presidio.

El amable funcionario se quitó sus lentes, los limpió con el pañuelo y volvió a colocarlos sobre su nariz. Todos los que quedaban en el salón se reunieron a su alrededor y se dispusieron a escuchar. El duque de La Tour de Embleuse se colocó tranquilamente al lado de la chimenea sin sospechar que asistía al asesinato de su hija. Las gentes de mundo tienen una curiosidad de gourmet y los pequeños misterios del crimen son un plato de exquisito gusto para los espíritus estragados.

—¡Dios mío! señora—dijo el jefe de negociado—, si es una simple definición lo que usted pide, no tardaré en estar en la cama. Los licenciados de presidio son aquellos que ya han cumplido su condena. Permítame usted que le bese la manó y me despida.

—¡Cómo! ¿Eso es todo?

—Absolutamente. Y tenga usted en cuenta que yo soy, en Francia, el hombre que mejor conoce a esas gentes. No he visto ni uno solo, pero tengo sus expedientes entre mis papeles; conozco su pasado, su presente, su profesión, su residencia y podría enumerarlos a todos por sus nombres, apellidos, nombres falsos y apodos.

—Así es como César (sea dicho sin comparación) conocía a todos los soldados de su ejército.

—César, señora, mejor que un gran capitán, fue el primer jefe administrativo de su época.

—¿Y había licenciados de presidio en la república romana?

—No, señora, y bien pronto tampoco los habrá en Francia. Nosotros comenzamos a imitar el ejemplo de los ingleses que han reemplazado el presidio por la deportación. La seguridad pública ganará y la prosperidad de nuestras colonias no perderá nada. El presidio era la escuela de todos los vicios; los deportados se moralizan por el trabajo.

—¡Tanto peor! Yo echo de menos los licenciados de presidio. Será una pérdida sensible para los autores de folletines. Pero, en fin, señor Domet, ¿qué es de esas gentes? ¿Qué hacen? ¿Qué dicen? ¿Dónde viven? ¿Cómo van vestidos? ¿Dónde se les encuentra? ¿Cómo se les puede reconocer? ¿Aun van marcados?

—Algunos; los decanos de la orden. La marca ha sido suprimida en 1791, restablecida en 1806, y abolida definitivamente por la ley de 28 de abril de 1832. Un licenciado de presidio se parece en todo a un hombre honrado. Se viste como quiere y ejerce la profesión que se le ha enseñado. Desgraciadamente casi todos han aprendido a robar.

—¿Pero habrá buenas gentes entre ellos?

—No muchas. ¡Figúrese usted, con la educación del presidio! Además, les es bastante difícil ganar su vida honradamente.

—¿Por qué?

—Son conocidos sus antecedentes y los patronos no se muestran muy aficionados a admitirlos. Sus compañeros de taller los desprecian. Si tienen dinero y se establecen por su cuenta, no encuentran obreros.

—¿Se les reconoce, pues? ¿De qué modo? ¿Si alguno quisiera entrar a mi servicio, cómo podría yo saber quién era?

—No tenga usted cuidado. Les está prohibida la residencia en París, porque la vigilancia sería muy difícil. Se les señala una residencia en provincias, en una ciudad pequeña, y la policía local no los pierde de vista.

—¿Y si viniesen a París sin permiso?

—Entonces habrían infringido la orden y les haríamos deportar de nuevo, en virtud de un decreto de 8 de diciembre de 1851.

—Así, ¿ya no queda ninguno en esas viviendas especiales?

—El consejo municipal del departamento del Sena ha hecho demoler las casas de que usted habla. Ya no hay guaridas para la caza, ni caza para las guaridas.

—¡Bondad divina! ¡estamos en la edad de oro! Señor Domet, usted deshoja mis ilusiones una por una. ¡Qué manera de quitar poesía a la vida!

—Hermosa dama, la vida no carecerá jamás de poesía para los que tengan la dicha de ver a usted.

Este cumplimiento fue disparado con una tal ampulosidad de galantería burguesa, que toda la asamblea aplaudió. El señor Domet se ruborizó hasta el blanco de los ojos y miró las puntas de sus zapatos. Pero la señora Chermidy le llamó de nuevo a la cuestión.

—¿Dónde están los licenciados de presidio? ¿Los hay en Vaugirard?

—No, señora, en el departamento del Sena no hay ninguno.

—¿Los hay en Saint-Germain?

—No.

—¿En Compiègne?

—No.

—¿En Corbeil?

—Sí.

—¿Cuántos?

—¿Usted espera cogerme en falta?

—Con eso cuento.

—Pues bien, hay cuatro.

—¿Sus nombres? ¡Vamos, César!

—Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

—¡Toma! Las primeras sílabas de esos nombres forman una palabra.

—Usted ha adivinado en seguida el secreto de mi mnemotecnia.

—Repita usted: Rabichon...

—Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

—Es curioso. Ahora todos somos tan sabios como usted. Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux. ¿Y qué hacen esas buenas gentes?

—Los dos primeros están provisionalmente en un almacén de papel; el tercero es jardinero y el cuarto tiene una cerrajería.

—Señor Domet, es usted un grande hombre; perdóneme si he dudado de su erudición.

—¡Mientras que no dude de mi obediencia!

El señor Domet partió; era la una y todos se levantaron el uno después del otro. Besaron religiosamente, como un relicario, aquella pequeña mano blanca que acariciaba la esperanza de un crimen. Al despedirse, la hermosa mujer aun repetía: Rabichon, Lebrasseur, Chassepie y Mantoux.

El duque fue el último en salir.

—¿En qué piensa usted?—le dijo—; parece usted preocupada.

—Pienso en Corfú.

—Piense usted en los amigos de París.

—Buenas noches, señor duque. Creo que le Tas ha encontrado un doméstico. Mañana irá a informarse y uno de estos días hablaremos de ello.

Al día siguiente, le Tas tomó el tren de Corbeil. Se hospedó en el hotel de Francia y se puso inmediatamente a recorrer la ciudad. Visitó las papelerías, compró flores a todos los jardineros y se paseó por todas las calles. El domingo por la mañana perdió la llave de su saco de viaje y se dirigió a un pequeño establecimiento de cerrajería de la carretera de Essonne donde soplaba el fuelle a pesar de la ley del descanso dominical. La muestra ostentaba este letrero: Mantoux Poca Suerte, cerrajero. El dueño era un hombre pequeño, de treinta a treinta y cinco años, moreno, bien formado, vivo y despejado. No había necesidad de mirarle dos veces para ver a qué religión pertenecía. Era de los que hacen del sábado su domingo. El afán del lucro brillaba en sus pequeños ojos y su nariz se asemejaba al pico de un ave de rapiña. Le Tas le rogó que pasase al hotel para forzar una cerradura, lo que Mantoux llevó a cabo como hombre experimentado. Le Tas le retuvo a su lado por los encantos de la conversación. Le preguntó si estaba contento de sus negocios, y le respondió como hombre disgustado de la vida. Nada le había salido bien desde que estaba en el mundo. Había servido como groom y su dueño lo despidió. Entró después como aprendiz en casa de un mecánico y la susceptibilidad de algunos clientes le hizo abandonar el establecimiento. A los veinte años quiso hacer con algunos amigos un negocio magnífico: un trabajo de cerrajería que debía proporcionar una fortuna a cada uno de los asociados. A pesar de su celo y de su habilidad, fracasaron vergonzosamente, y después hubo de remar diez años sin poderse levantar de su caída. Desde entonces todos le llamaban Poca Suerte. Ultimamente había venido a establecerse en Corbeil, después de una larga permanencia en el Midi. Las autoridades de la ciudad le conocían a fondo y se interesaban por su suerte; de cuando en cuando recibía la visita del señor comisario de policía. No obstante, el trabajo no abundaba en su taller y eran pocas las casas que estaban abiertas para él.

Le Tas compartió sus pesares y le preguntó por qué no iba a buscar fortuna a otro sitio.

Poca Suerte respondió melancólicamente que no tenía ganas ni medios de viajar. Tendría que estar allí largo tiempo. La cabra no tiene más remedio que ramonear allí donde la atan.

—¿Aunque no haya nada que ramonear?—preguntó le Tas.

El, por toda respuesta, inclinó la cabeza.

Le Tas le dijo:

—Si no me equivoco, y me parece que no, usted es un excelente hombre, como yo soy una buena muchacha. ¿Por qué no intenta usted colocarse en una buena casa, puesto que ya ha servido? Yo estoy en París, en casa de una señora sola que me trata muy bien; y no me sería difícil encontrarle algo por el estilo.

—Le doy las gracias de todo corazón; pero me está prohibida la estancia en París.

—¿Por el médico?

—Sí, estoy delicado del pecho.

—Precisamente la plaza que le ofrezco no es en París. Es fuera de Francia, allá por Turquía, en un país donde los tísicos van a curarse calentándose al sol.

—Si la casa es buena, eso me gustaría mucho. Pero necesito muchas cosas para pasar la frontera: dinero, pasaportes, y no tengo nada de eso.

—Nada le faltará si usted conviene a la señora. Pero sería conveniente permanecer en París aunque no fuese más que una o dos horas.

—Eso es fácil. No me ocurriría nada aunque pasase un día entero.

—Seguramente.

—Si nos arreglamos, yo quisiera poner otro nombre en mi pasaporte. Ya he usado bastante el mío, no me ha traído más que desgracia, y quisiera dejarlo en Francia junto con mis vestidos viejos.

—Tiene usted razón. Eso es lo que se llama cambiar de piel. Ya hablaré de usted a la señora y si se arregla todo, le escribiré.

Le Tas volvió la misma noche a París. Mantoux, llamado Poca Suerte, creyó haber hallado un hada bienhechora bajo la envoltura de un elefante. Los sueños más dorados fueron a sentarse a su cabecera. Soñó que era a la vez rico y honrado y que la Academia francesa le concedía un premio a la virtud de cincuenta mil francos de renta. El lunes por la tarde recibió una carta, levantó su destierro y se presentó el martes por la mañana en casa de la señora Chermidy. Se había cortado la barba y los cabellos, pero le Tas se guardó bien de preguntarle por qué.

El esplendor de la casa lo deslumbró; la dignidad severa de la señora Chermidy le impuso el mayor respeto. La hermosa bribona había adoptado una cara de procurador imperial. Lo hizo comparecer ante ella y lo interrogó sobre su pasado como mujer que no se equivoca. El mintió como un prospecto y ella hizo ver que lo creía en absoluto. Cuando le hubo dado todos los informes deseables, le dijo:

—Bueno, muchacho, la plaza que le voy a dar a usted es de confianza. Uno de mis amigos, el señor de La Tour de Embleuse, busca un doméstico para su hija que se halla moribunda en el extranjero. Tendrá muy buen sueldo y 1.200 francos de renta vitalicia cuando la enferma muera. Está desahuciada por todos los médicos. El sueldo le será pagado por la familia; en cuanto a la renta, le respondo yo. Pórtese usted como un buen servidor y espere pacientemente el fin: no perderá nada con esperar.

Mantoux juró por el Dios de sus padres que cuidaría a la joven dama como una hermana de la caridad y que la obligaría a vivir cien años.

—Está bien—respondió la señora Chermidy—; usted nos servirá a la mesa esta noche y le presentaré al señor duque de La Tour de Embleuse. Muéstrese a él tal como es usted y yo le respondo que le admitirá.

«Ocurra lo que ocurra, añadió para sí misma, ese bribón verá en mí a una inocente y no a su cómplice.»

Mantoux sirvió a la mesa, no sin haber tomado una buena lección de su protectora le Tas. Los invitados eran cuatro: había otros tantos criados para cambiar los platos, y el cerrajero no tenía más que mirar lo que hacían los otros. La señora Chermidy se había propuesto darle una lección de toxicología. No juzgaba inútil enseñarle el empleo de los venenos, y había elegido, en consecuencia, a los convidados. Estos eran un magistrado, un profesor de medicina legal y el señor de La Tour de Embleuse.

Aparentando indiferencia hizo recaer la conversación sobre el capítulo de los venenos. Los hombres que profesan esta materia delicada, son generalmente avaros de su ciencia, pero algunas veces, en la mesa, se olvidan. Tal secreto que se guarda cuidadosamente al público, puede contarse confidencialmente cuando se tiene por auditorio a un magistrado, a un gran señor y a una linda dama cinco o seis veces millonaria. Con los criados no se cuenta: está convenido que no tienen oídos.

Desgraciadamente para la señora Chermidy, los venenos llegaron antes que el Champaña. El doctor se mostró prudente, bromeó mucho y no cometió la menor imprudencia. Se recreó en las curiosidades arqueológicas, aseguró que la ciencia de los venenos no había progresado, que habíamos perdido las fórmulas de Locusta, de Lucrecia Borgia, de Catalina de Médicis y de la marquesa de Brinvilliers, y lamentó, riendo, la pérdida de tan hermosos secretos, lloró por el veneno fulminante del joven Británico, por las guantes perfumados de Juana de Albret, los polvos de sucesión y el licor de familia que cambiaba el vino de Chipre en vino de Siracusa; en su revista no olvidó tampoco el ramo fatal de Adriana Lecouvreur. La señora Chermidy pudo observar que el cerrajero escuchaba atentamente.

—Háblenos usted de venenos modernos—dijo al doctor—, de los venenos empleados en nuestros días, de venenos en servicio activo.

—¡Ay señora!—contestó—. Estamos en plena decadencia. No es difícil matar a las gentes: un pistoletazo basta y sobra para ello. Pero se trata de matar sin que queden vestigios. El veneno no es bueno para otra cosa y ésa es la única ventaja sobre la pistola. Desgraciadamente, en el mismo instante en que sale un tóxico nuevo, se descubre un medio de comprobar su presencia. El demonio del bien tiene las alas tan poderosas como el genio del mal. El arsénico es un buen obrero, pero ahí está el aparato de March para vigilar la obra. La nicotina no es una tontería, la estricnina también es un buen producto; pero el señor magistrado sabe tan bien como yo que la estricnina y la nicotina han encontrado ya sus fiscales, es decir, sus reactivos. Se ha adoptado el fósforo con un fundamento de razón, apoyándose en lo siguiente: «El cuerpo humano contiene fósforo en cantidad apreciable; si el análisis químico lo descubre en el cuerpo de la víctima, se podrá decir que es la Naturaleza quien lo ha puesto allí»; pero ¡ay! no nos ha costado tampoco mucho trabajo demostrar la diferencia entre el fósforo natural y el ingerido. No es, pues, difícil matar a una persona, pero es casi imposible hacerlo impunemente. Yo podría indicar a usted el medio de envenenar a veinticinco personas a la vez, en una habitación cerrada, sin darles ningún brebaje. El ensayo no costaría ni dos reales, pero al asesino le costaría la cabeza. Un químico de mucho talento ha inventado recientemente una composición sutil que también tiene su encanto. Rompiendo el tubo que la contiene, las gentes caerían como moscas, pero no se podría convencer a nadie de que la muerte había sido natural.

—Doctor—preguntó la señora Chermidy—, ¿qué es el ácido prúsico?

—El ácido prúsico o cianhídrico, señora, es un veneno muy difícil de fabricar, imposible de adquirir, imposible de conservar puro, aun en recipientes negros.

—¿Y deja trazas?

—¡Magníficas! Tiñe a las gentes de azul; así es cómo se ha descubierto el azul de Prusia.

—Usted se burla de nosotros, doctor. Usted no tiene respeto ni por aquello que hay de más sagrado en el mundo: la curiosidad de una mujer. Me han hablado de un veneno de Africa o de América que mata a los hombres con la cantidad que cabe en una punta de alfiler. ¿Es una invención de los novelistas?

—No, es una invención de los salvajes. Se unta con él la punta de las flechas. Lindo veneno, señora; no hace languidecer a sus víctimas; es el rayo en miniatura. Lo más curioso es que se le puede comer impunemente. Los salvajes lo emplean en las salsas y en los combates, en la guerra y en la cocina.

—Acaba usted de decir su nombre y ya no me acuerdo.

—No lo he dicho, señora, pero estoy dispuesto a hacerlo. Es el curare. Se vende en Africa, en las montañas de la Luna. El comerciante es antropófago.

La señora Chermidy dejó a un lado sus venenos para dedicarse a sus invitados. El doctor guardó cuidadosamente el depósito terrible que todo médico lleva consigo. Pero el duque quedó muy bien impresionado de la atención y del interés de Mantoux. Desde entonces quedaba al servicio de su hija.


VIII

LOS BUENOS TIEMPOS

Cuando se lee una historia de la Revolución francesa se sorprende uno grandemente al encontrar meses enteros de paz profunda y de dicha completa. Las pasiones están adormecidas, los odios descansan, los temores desaparecen, los partidos rivales marchan como hermanos cogidos de la mano, los enemigos se besan en la plaza pública. Esos hermosos días son como un alto preparado de etapa en etapa en un camino sangriento.

Altos parecidos se encuentran en la vida más agitada y más desgraciada. Las revoluciones del alma y del cuerpo, las pasiones y las enfermedades también necesitan algunos instantes de reposo. El hombre es un ser tan débil que no puede obrar ni sufrir continuamente. Si no se detuviese de cuando en cuando, pronto agotaría sus fuerzas.

El verano de 1853 fue para Germana uno de esos momentos de reposo que tanto convienen a la debilidad humana. Y a fe que se aprovechó de ello; se recreó en su dicha y adquirió algunas fuerzas para las pruebas por que aun tenía que pasar.

El clima de las islas Jónicas es de una dulzura y una regularidad sin igual. Allí el invierno no es otra cosa que la transición del otoño a la primavera; los veranos son de una serenidad fatigosa. De cuando en cuando se ve una nube pasajera sobre las siete islas, pero no se detiene nunca. Se pasan hasta tres meses esperando una gota de agua. En aquel árido paraíso no se dice: Aburrido como la lluvia, sino: Aburrido como el buen tiempo.

El buen tiempo no aburría a Germana; la curaba lentamente. El señor Le Bris asistía a aquel milagro del cielo azul; dejaba obrar a la Naturaleza y seguía con un interés apasionado la acción lenta de un poder superior al suyo. Era demasiado modesto para atribuirse el honor de la cura, y confesaba ingenuamente que la única medicina infalible es la que viene de lo alto.

No obstante, para merecer la ayuda del Cielo, él también ayudaba un poco. Había recibido de París el yodómetro del doctor Chartroule con una provisión de cigarrillos yodados. Estos cigarrillos, compuestos de hierbas aromáticas y de plantas calmantes en infusión con una disolución de yodo, haciendo llegar el medicamento hasta los pulmones, acostumbraban a los órganos más delicados a la presencia de un cuerpo extraño y preparaban al enfermo para aspirar el yodo puro a través de los tubos del aparato. Por desgracia, el aparato llegó destrozado, aunque hubiese sido embalado por el mismo duque y conducido con los mayores cuidados por el nuevo doméstico. Era necesario pedir otro, y esto requería tiempo.

Al cabo de un mes de aquel tratamiento anodino, Germana experimentaba ya una mejoría sensible. Estaba menos débil durante el día; soportaba mejor las fatigas de un largo paseo y cada vez acudía con menos frecuencia a su cama de reposo. Su apetito era más vivo, y sobre todo más constante; ya no rechazaba los alimentos casi sin haberlos probado. Comía, digería y dormía bastante bien. La fiebre de la caída de la tarde había disminuido; los sudores que inundan por las noches a los tísicos, no eran tan abundantes.

El corazón de la enferma no tardó también en entrar en convalecencia. Su desesperación, su humor huraño y el odio a los que la amaban, cedieron la plaza a una melancolía dulce y benévola. Se consideraba tan dichosa al sentirse renacer, que hubiera querido dar las gracias al cielo y a la tierra.

Los convalecientes son niños grandes que se asen, por miedo de caer, a todo lo que les rodea. Germana retenía a sus amigos a su lado; temía a la soledad; quería ser tranquilizada a todas horas; continuamente decía a la condesa: «¿Verdad que estoy mejor?» Y luego, en voz más baja, añadía: «¿Me moriré?» La condesa le respondía riendo: «Si la muerte viniese por usted yo le enseñaría mi cara y ya tendría buen cuidado de escaparse.» La condesa estaba orgullosa de su fealdad, como las otras mujeres lo están de su belleza. La coquetería es infinita.

Don Diego esperaba pacientemente que Germana le comprendiese. Era demasiado delicado y demasiado orgulloso para importunarla con sus cumplimientos, pero siempre estaba dispuesto a dar el primer paso cuando ella le llamase con la mirada. Para la joven se había hecho ya una dulce costumbre el espectáculo de aquella amistad discreta y silenciosa. El conde tenía en su fealdad algo de heroico y de grande que las mujeres aprecian más que la hermosura. No era de aquellos que hacen conquistas, pero sí de los que inspiran pasiones. Su larga cara cetrina, sus grandes manos bronceadas contrastaban con cierta brillantez con su traje blanco. Sus grandes ojos negros dejaban escapar relámpagos de dulzura y de bondad; su voz fuerte y metálica adquiría a veces inflexiones suaves. Germana acabó por encontrar un parecido entre aquel grande de España y un león amansado.

Cuando se paseaba por el jardín bajo los viejos naranjos, apoyada en el brazo de la vieja o arrastrando al pequeño Gómez, el conde la seguía de lejos, sin afectación, con un libro en la mano. No adoptaba los aires melancólicos de un enamorado, ni confiaba sus suspiros al viento. Más bien se le hubiera tomado por un padre indulgente que quiere vigilar a sus hijos sin intimidarlos en sus juegos. Su afecto por Germana se componía de caridad cristiana, de compasión por la debilidad y de aquella alegría agridulce que un hombre de corazón encuentra en el cumplimiento de los deberes difíciles. Quizá también había en aquel sentimiento algo de legítimo orgullo. Constituía, efectivamente, una hermosa victoria arrancar una presa cierta a la muerte y crear de nuevo un ser que la enfermedad casi había destruido. Los médicos conocen ese placer y consagran toda su amistad a los que han sacado del otro mundo; tienen por ellos la ternura del criador por la criatura.

El hábito, que lo vence todo, había acostumbrado a Germana a hablar con su marido. Cuando se ve a una persona desde la mañana a la noche, no hay odio que dure; se habla, se responde, esto no compromete a nada; pero, la vida no es posible más que a este precio. Ella le llamaba don Diego; él sencillamente Germana.

Un día de mediados del mes de junio, estaba tendida en el jardín sobre unos tapices de Esmirna. La señora de Villanera, sentada a su lado, desgranaba maquinalmente un grueso rosario de coral, y el pequeño Gómez recogía naranjas del suelo para atiborrarse los bolsillos. En aquel momento pasaba el conde con un libro en la mano. Germana se incorporó y le invitó a tomar asiento. El obedeció sin hacerse de rogar y guardó el libro en el bolsillo.

—¿Qué leía usted?—preguntó ella.

—Va usted a reírse de mí. El griego—contestó ruborizándose como un colegial.

—¡El griego! ¡Usted sabe leer el griego! ¿Y un hombre como usted ha podido entretenerse aprendiendo el griego?

—Una verdadera casualidad. Mi preceptor hubiera podido resultar un imbécil como los demás, ¿no es cierto?, pues bien, me encontré con que era un sabio.

—¿Y usted lee el griego por placer?

—A Homero, sí. Esto es la Odisea.

—Sí—dijo simulando un pequeño bostezo—. Ya había leído eso en Bitaubé. Era un libro con un cuchillo y un casco en la cubierta.

—Siendo así, le extrañaría a usted mucho si le leyese a Homero en Homero; seguramente no le reconocería.

—¡Muchas gracias! no me gustan las historias de batallas.

—No las hay en la Odisea. Es una novela de costumbres, la primera que se haya escrito, y quizás la más hermosa. Nuestros autores a la moda, no inventarán nada más interesante que la historia de ese propietario campesino que ha dejado su casa para ganar dinero, que vuelve después de veinte años de ausencia, que encuentra a su regreso un ejército de faquines instalados en su casa para galantear a su mujer y comerse su pan y que los mata a flechazos. Hay ahí un drama interesante, incluso para el público de los bulevares. Nada falta, ni el fiel servidor Eumeo, ni el pastor que hace traición a su amo, ni las criadas juiciosas, ni las criadas locas. El único defecto de esta historia es que siempre nos la han servido con una traducción llena de énfasis. Han cambiado en otros tantos reyes los jóvenes rústicos que cortejaban a Penélope; han convertido la granja en palacio y han prodigado el oro por todas partes. Si yo me atreviese a traducirle solamente una página, quedaría usted maravillada de la verdad sencilla y familiar del relato; usted vería con qué alegría ingenua habla el poeta del vino tinto y de la carne suculenta: y con qué admiración, de las puertas bien cerradas y de las mesas bien acepilladas. Vería usted sobre todo con qué exactitud está descrita la Naturaleza y reconocería en mi libro el mar, el cielo y la campiña que ahora estamos contemplando.

—Probemos, pues—dijo Germana—. Si me duermo, ya lo verá usted.

El conde obedeció muy a gusto y comenzó a traducir el primer canto a libro abierto, desarrollando ante los ojos de Germana el bello estilo homérico, más rico, más pintoresco y más centelleante que los brillantes tejidos de Beyruth y de Damasco. Su traducción era tanto más libre cuanto que no entendía bien todas las palabras, pero entendía perfectamente al poeta. Abrevió algunas descripciones demasiado largas, interpretó a su modo ciertos pasajes curiosos y a todo añadió un comentario inteligente. En resumen, consiguió interesar a su querido auditorio, a excepción del marqués de los Montes de Hierro que chillaba como un condenado para interrumpir la lectura. Los niños son como los pájaros; cantan cuando se habla delante de ellos.

Yo no sé si los jóvenes esposos llegaron hasta el final de la Odisea, pero don Diego había encontrado el medio de despertar el interés de su mujer, y esto era mucho. Germana adquirió la costumbre de oírle leer y de encontrarse bien en su compañía y no tardó en ver en él un espíritu superior. Era demasiado tímido para hablar en su propio nombre, pero la vecindad de un gran poeta le daba atrevimiento y sus ideas personales iban saliendo a la superficie bajo la protección del pensamiento de los otros. Dante, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, fueron los sublimes intermediarios que se encargaron de aproximar aquellas dos almas y de infundirlas cariño. Germana no se sentía humillada por su ignorancia ni ante la superioridad de su marido. La mujer se siente orgullosa de no ser nada en comparación del que ama.

Pronto adoptaron el hábito de vivir juntos y de reunirse en el jardín para hablar y para leer. Lo que constituía el encanto de aquellas reuniones, no era la alegría; era una cierta serenidad tranquila y amistosa. Don Diego no sabía reír y la risa de su madre se asemejaba a una mueca nerviosa. El doctor, franco y alegre como un champañés, parecía dar la nota discordante cuando arrojaba su grano de sal en la conversación. Germana aun tosía alguna vez y conservaba en su cara la expresión inquieta que da el presentimiento de la muerte. Y no obstante, aquellos días de verano sin nubes habían sido los primeros días dichosos de su juventud.

¿Cuántas veces, en aquella intimidad de la vida de familia, fue turbado el espíritu del conde por el recuerdo de la señora Chermidy? Nadie lo ha sabido y yo tampoco me aventuraré a decirlo. Es probable que la soledad, la ociosidad, la privación de placeres activos, en que el hombre gasta sus energías, y, en fin, la savia de la primavera que asciende a la cabeza de los seres vivientes como a las sumidades de los árboles, le hiciera lamentar más de una vez la noble resolución que había tomado. Los trapenses que vuelven la espalda al mundo después de haber gozado de él, encuentran en el fondo del claustro armas prestas contra las tentaciones del pasado; son éstas el ayuno, la oración y un régimen capaz de matar los ímpetus juveniles. Quizás hay más mérito en combatir como don Diego, completamente desarmado. El señor Le Bris le seguía con el rabillo del ojo, como a un enfermo al que hay que evitar una recaída. Le hablaba muy raras veces de París, nunca de la calle del Circo. Un día leyó en un diario francés que la Náyade había anclado ante Ky-Tcheou, en el mar del Japón, para pedir reparación del insulto hecho a unos misioneros franceses; Le Bris rompió el periódico para que su lectura no pudiese suscitar la menor conversación sobre la señora Chermidy.

En Oriente, a horas determinadas, la brisa del mediodía embriaga más poderosamente los sentidos del hombre que el vino de Tinos que se bebe con el nombre de malvasía; el corazón se funde como la cera; la voluntad se distiende, el espíritu se debilita. Si uno se esfuerza en pensar, las ideas se escapan como el agua que se va de entre los dedos. Se va a buscar un libro, un dulce y antiguo amigo y, sin querer, los ojos se desvían desde las primeras líneas; la mirada vaga, los párpados se abren y se cierran sin saber por qué. Es en esas horas de somnolencia y de dulce quietud cuando nuestros corazones se abren por sí mismos. Las virtudes masculinas triunfan fácilmente cuando un frío vivo nos enrojece la nariz y nos hiela las orejas, y cuando el aire de diciembre aprieta las fibras de la carne y de la voluntad. Pero cuando los jazmines extienden su perfume por los alrededores, cuando las hojas del laurel cerezo nos caen sobre la cabeza, cuando los pinos sacudidos por el viento suenan como liras y cuando las velas blancas se dibujan a lo lejos sobre el mar, entonces sería preciso ser bien ciego y bien sordo para ver y oír otra cosa que el amor.

Don Diego advirtió un día que Germana había cambiado, sin perder nada en el cambio. Sus mejillas estaban más llenas y mejor nutridas; todos los huecos de aquel lindo rostro se iban rellenando; las arrugas siniestras comenzaban a borrarse. Un color más sano orlaba su bella frente, y sus cabellos de oro no parecían ya la corona de una muerta.

Había oído una lectura bastante larga; la fatiga y el sueño se habían apoderado de ella al mismo tiempo y, dejando caer la cabeza hacia atrás, se había quedado dormida en el sillón. El conde estaba solo con ella. Dejó el libro en el suelo, se aproximó dulcemente, se puso de rodillas ante ella y adelantó los labios para besarla en la frente, pero se contuvo por un instinto de delicadeza. Por primera vez pensó con horror en la manera cómo había llegado a ser el esposo de Germana; tuvo vergüenza de la venta, se dijo que un beso obtenido por sorpresa sería algo como un crimen, y se prohibió a sí mismo amar a su mujer hasta el día en que estuviese seguro de ser amado por ella.

Los huéspedes de la villa Dandolo no vivían en una soledad tan absoluta como se pudiera suponer. El aislamiento no se encuentra más que en las grandes ciudades, donde cada uno vive para sí sin inquietarse del vecino. En el campo, los menos sociables se buscan y no se teme hacer un camino de una legua; el hombre sabe que ha nacido para la sociedad y busca la conversación de sus semejantes.

Pocos eran los días en que Germana no recibía alguna visita. Al principio iban a su casa por curiosidad, después por un interés compasivo y finalmente por amistad. Aquel rincón de la isla estaba habitado por cinco o seis familias modestas, que hubieran sido pobres en la ciudad, y que no carecían de nada en sus tierras porque sabían contentarse con poco. Sus castillos caían en ruinas y no tenían dinero para repararlos; pero sostenían con cuidado, encima de la puerta de entrada, un escudo contemporáneo de las Cruzadas. Las islas Jónicas son el faubourg Saint-Germain de Oriente; allí encontraréis las grandes virtudes y las pequeñas extravagancias de la nobleza, orgullo, dignidad, pobreza decente y laboriosa, y una cierta elegancia en la vida más humilde.

Al propietario de la villa, el señor conde Dandolo, no le hubieran podido reprochar nada sus antepasados los dux. Era un hombre pequeño, vivo e inteligente, muy conocedor de los asuntos políticos, atraído a la vez por el partido griego y la influencia inglesa, pero inclinado a la oposición y siempre dispuesto a juzgar con severidad los actos del lord comisario. Seguía de cerca las intrigas viejas y nuevas que dividen a Europa, vigilaba los progresos del leopardo británico, discutía la cuestión de Oriente, se inquietaba de la influencia de los jesuitas y era presidente de la logia masónica de Corfú. Un excelente hombre que derrochaba más actividad que un marino del antiguo régimen para navegar alrededor de un vaso de agua. Su hijo Spiro, un hermoso joven de treinta años, se había dejado conquistar por las ideas inglesas, como toda la nueva generación. Era amigo de los oficiales y se le veía en el teatro con ellos. Los Dandolo hubieran podido vivir espléndidamente si se hubiesen podido deshacer de sus bienes, pero en Corfú los habitantes son tan pobres, como rica es la tierra. Todos están prestos a vender, nadie a comprar. El conde y Spiro hablaban elegantemente las tres lenguas del país, el inglés, el griego y el italiano; además sabían el francés, por lo que su amistad fue preciosa para Germana. Spiro se interesaba por la bella enferma con todo el calor de un corazón desocupado.

Algunas veces lo acompañaba un hombre, digno por todos conceptos de sus amigos, el doctor Delviniotis, profesor de química de la Facultad de Corfú. El señor Delviniotis profesaba a la enferma una amistad tanto más viva, cuanto que él tenía una hija de la misma edad. Daba sus consejos al doctor Le Bris, hablaba en italiano con el conde y la señora de Villanera y lamentaba no saber el francés para poder entablar más amplio conocimiento con Germana. Se le veía sentado delante de ella durante horas enteras, buscando una frase o mirándola sin decir nada con esa cortesía tranquila y muda que reina en todo Oriente.

El hombre más ruidoso de toda la compañía era un viejo francés, establecido en Corfú desde el año 1814, el capitán Bretignières. Había abandonado el servicio a los veinticuatro años con una pensión de retiro y una pierna de madera. Aquel corpachón seco y huesudo saltaba alegremente, bebía de lo lindo, reía a carcajadas y se burlaba de la vejez. Hacía una legua a pie para ir a comer a la villa Dandolo, contaba historietas militares, se atusaba el bigote y sostenía que las islas Jónicas deberían pertenecer a Francia. Era un convidado sumamente agradable que comunicaba su alegría a todos los de la casa. Algunas veces, cuando se echaba vino en el vaso, decía sentenciosamente:

—Cuando se está en buena compañía, se puede beber impunemente tanto como se quiera.

Germana comía siempre con buen apetito cuando el capitán estaba allí. Aquel amable cojo, tan obstinadamente apegado a la vida, le hacía acariciar una dulce esperanza y la obligaba a creer en el porvenir. El señor de Bretignières tuteaba al pequeño marqués, le llamaba mi general y le hacía saltar sobre su única rodilla. Besaba galantemente las manos de la enferma y la servía con la devoción de un viejo paje o de un trovador retirado.

Tenía un admirador de otra escuela en la persona del señor Stevens, juez de instrucción del tribunal real de Corfú. Este honorable magistrado empleaba en los cuidados de su cuerpo un sueldo de mil libras esterlinas anuales. No habéis visto jamás un hombre más limpio, más satisfecho, más nutrido, más brillante y de una salud más tranquila y mejor paladeada. Egoísta como todos los viejos solterones, serio como todos los magistrados, flemático como todos los ingleses, ocultaba bajo la beatífica rotundidez de su cuerpo una cierta dosis de sensibilidad. La salud le parecía un don tan precioso, que hubiera querido repartirla entre todo el mundo. Había conocido al joven inglés de Pompeya y había seguido de cerca las diversas fases de su curación. Contaba ingenuamente que había experimentado una simpatía mediocre por aquel ser pálido y moribundo, pero que le había amado más de día en día a medida que le veía volver a la vida. Había acabado por ser su amigo íntimo el día en que pudo estrecharle la mano sin hacerle gritar. Fue lo mismo para Germana. Evitó aficionarse a ella mientras la creyó condenada a muerte; pero desde el momento en que le pareció que se instalaba en este mundo, le abrió su corazón de par en par.

Los más próximos vecinos de la casa eran la señora Vitré y su hijo. En poco tiempo se convirtieron en los amigos más íntimos. La baronesa de Vitré era una normanda refugiada en Corfú con los restos de su fortuna. Como ella evitaba contar su historia, no se supo jamás qué acontecimientos la habían arrojado de su país. Lo que era evidente es que la baronesa vivía como una mujer honrada y educaba admirablemente a su hijo. Tenía cuarenta años y una belleza un poco vulgar; en Francia la hubieran tomado por una granjera del país de Caux. Pero ella se ocupaba de su casa, de sus olivos y de su querido Gastón con una actividad metódica y un celo incansable que denotaban su procedencia. La grandeza es un don que se revela en todas las situaciones de la vida y sobre los escenarios más diversos: se muestra por igual en el trabajo y en el reposo y no brilla más en un salón que en una buhardilla. La señora de Vitré, entre sus dos criadas, vestida, como ellas, con el traje nacional, parecido al hábito de los carmelitas, tenía un aspecto tan imponente como Penélope bordando las túnicas del joven Telémaco. Gastón de Vitré, bello como una joven de veinte años, llevaba la vida ruda y activa de un noble campesino. Trabajaba, cortaba los árboles, cogía naranjas y arrancaba las ramas de los granados cuyos rojos frutos se abrían al sol. Por la mañana, corría con la escopeta al hombro para matar algunos zorzales o papafigos; por la noche, leía con su madre, que fue su profesor y la nodriza de su espíritu. Sin preocupaciones del porvenir, ignorando las cosas del mundo y encerrando sus pensamientos en el horizonte limitado por sus miradas, no deseaba otros placeres que una hermosa jornada de caza, una lectura de Lamartine o un paseo por el mar. Era un corazón virgen, un alma severa y blanca como esas bellas hojas de papel que invitan a la pluma a escribir. Cuando su madre lo llevó a la villa Dandolo, advirtió, por primera vez, que era un pobre ignorante, se ruborizó de la ociosidad en que había vivido y lamentó no haber aprendido la medicina.

Las visitas son siempre largas en el campo. Se hace tanto para verse, que se tiene pena después de abandonarse. Los Dandolo y los Vitré, el doctor Delviniotis, el juez y el capitán pasaban algunas veces días enteros alrededor de la hermosa enferma. Ella los retenía con alegría, sin darse cuenta del motivo secreto que la hacía obrar así. Es que ya comenzaba a evitar las ocasiones de encontrarse sola con su marido. Tanto como el amor declarado huye de los importunos y busca la intimidad, el amor naciente gusta de la compañía y de las distracciones. Desde que nos comenzamos a sentir poseídos por otro, nos parece que los extraños y los indiferentes nos protegen contra nuestra debilidad, y que quedaríamos sin defensa sin ellos.

La señora de Villanera servía, sin saberlo, este secreto deseo de Germana, reteniendo a su lado a la señora de Vitré, con la que cada día se sentía más identificada. Don Diego no había llegado aún a ese punto en que un amante soporta impacientemente la compañía de los extraños; su cariño por Germana era aún desinteresado. Buscaba ante todo aquello que podía distraer a la joven para que se sintiese más interesada por la vida. Quizás aquel hombre tímido, como todos los hombres verdaderamente fuertes, evitaba explicarse a sí mismo el sentimiento nuevo que le atraía hacia ella. Temía verse preso entre dos deberes contrarios; no se podía ocultar que estaba ligado por toda la vida a la señora Chermidy. La creía digna de su amor, la amaba a pesar de su falta, como se ama a la mujer culpable o inocente por la que se es correspondido. Si hubieran ido con pruebas en la mano a decirle que la señora Chermidy no era digna de él, hubiera experimentado un sentimiento de angustia y no se hubiera alegrado de recobrar su libertad. No se rompe fácilmente con tres años de dicha: no se dice frotándose las manos: ¡Loado sea Dios! ¡mi hijo es el hijo de una intrigante!

El conde experimentaba, pues, un malestar moral, una inquietud sorda que contrariaba su pasión naciente. Temía confesarse a sí mismo; se detenía ante su corazón como ante una carta que no nos atrevemos a abrir.

Mientras tanto, los jóvenes esposos se buscaban, se encontraban bien cuando estaban juntos y daban las gracias desde el fondo de su corazón a los que les impedían estar solos. El círculo de amigos que se sentaban alrededor de ellos, abrigaba su amor, como los grandes obreros que rodean los vergeles de Normandía protegen la floración de los manzanos.

El salón de recepciones era el centro del jardín, alfombrado de naranjas que habían caído antes de sazonar. Germana, sentada en su sillón, fumaba cigarrillos yodados; el conde la miraba vivir; la señora de Villanera jugaba con el niño como una faunesa vieja y negra con su retoño bronceado. Los amigos se balanceaban en las mecedoras que se habían hecho traer de América. De cuando en cuando, Mantoux u otro criado de la casa, servía café, helados o confituras, según los usos de la hospitalidad oriental. Los huéspedes se extrañaban de que la dueña de la casa fuese la única fumadora de toda la concurrencia. En Oriente se fuma siempre. Vosotros arrojáis el cigarrillo a la puerta de una casa, pero la dueña os ofrece otro en seguida. Germana, sea que fuese más indulgente para el único vicio de su marido, sea que se apiadase de aquellos pobres griegos que no podían vivir sin el tabaco, decretó un día que el cigarrillo sería permitido en toda la extensión de su imperio. Don Diego le recordó sonriendo sus antiguas repugnancias. La joven se ruborizó ligeramente y replicó con viveza:

—He leído en El Conde de Montecristo que el tabaco turco era un perfume y yo sé que aquí, a la vista de las riberas de Turquía, no se fuma de otro. No se trata de esos nauseabundos cigarros que usaba usted y cuya sola vista me hace daño.

Bien pronto se vieron aparecer en el jardín y en la casa los grandes chibuks de hornillo rojo y boquilla de ámbar; los narghilés de cristal que cantan al hervir y que pasean sobre la hierba su largo tubo flexible como una serpiente. A fines de julio los nauseabundos cigarros se escaparon tímidamente de no sé qué receptáculo invisible y encontraron gracia ante Germana, lo que dio a comprender que se encontraba mucho mejor.

Fue por aquella época cuando el elegido por la señora Chermidy, Mantoux, llamado Poca Suerte, tomó el partido de envenenar a su ama.

Hay siempre algo de bueno en el hombre más vicioso y yo debo confesar que por espacio de dos meses fue un criado excelente. Cuando el duque, que ignoraba su historia, le hizo dar un pasaporte a nombre de Mateo, atravesó la frontera con alegría y reconocimiento. Quizá pensaba de buena fe, como el criado de Tucaret, en ser el tronco de hombres honrados. La dulzura de Germana, el encanto que ejercía sobre todos los que la rodeaban, lo bien que pagaba a los que la servían y la poca esperanza que se tenía de salvarla, inspiraron buenos sentimientos a aquel criado de contrabando. Sabía mucho mejor descerrajar una puerta que preparar un vaso de agua azucarada, pero se esforzó en no parecer un novicio y lo consiguió. Pertenecía a una raza inteligente, apta para todo, hábil en todos los oficios y en todas las artes. Se aplicó tan bien, hizo tales progresos y aprendió tan pronto su obligación, que sus amos estaban muy contentos de él.

La señora Chermidy le había recomendado que ocultase su religión y aun que renegase de ella si le interrogaban. Conocía la fama de intolerantes que tienen los españoles para con los israelitas. Desgraciadamente aquel honrado hombre forrado de nuevo no podía ocultar su cara. La señora de Villanera sospechó que, por lo menos, era un hebreo convertido. Porque, como buena española, hacía poca diferencia entre los convertidos y los obstinados(Nota: Se puede perdonar esta ridícula afirmación al autor en gracia al buen concepto que en general tiene formado de los españoles. N. del T.). Era la mejor mujer del mundo, pero los hubiera enviado a todos a la hoguera, segura de que los doce apóstoles hubieran hecho otro tanto.

Mantoux, que había transigido más de una vez con su conciencia, no hizo escrúpulos al acto de renegar de la religión de sus padres. Pero, por una de esas contradicciones tan frecuentes en los hombres, no se decidió nunca a comer los mismos alimentos que sus camaradas. Sin hacer alarde de ello, se dedicó a las legumbres, a las frutas y a las herbáceas, viviendo como un vegetariano, un pitagórico. Se consolaba de este régimen cuando se le enviaba con alguna comisión a la ciudad. Entonces corría en derechura al barrio judío, fraternizaba con sus compatriotas, hablaba con ellos esa jerga semihebraica que sirve de lazo de unión a la gran nación dispersa, y comía carne kaucher, es decir, matada por el sacrificador, según los preceptos de la ley. Era un consuelo que seguramente le habría faltado durante el tiempo que estuvo en presidio.

Hablando con sus correligionarios, se enteró de muchas cosas; supo que Corfú era un excelente país, una verdadera tierra de promisión en la que se vivía muy barato y en la que sería rico con 1.200 francos de renta. Se enteró también de que la justicia inglesa era severa, pero que con una buena lancha y dos remos se podía escapar a la persecución de la ley. Bastaba poner el pie en Turquía; el continente estaba a algunas millas de allí, ¡se le veía, se le tocaba casi! Supo, por fin, donde se podía adquirir arsénico a un precio módico.

Hacia los últimos días de julio, oyó afirmar a muchas personas que la joven condesa estaba en vías de curación. Se aseguró por sus propios ojos y vio que, efectivamente, estaría restablecida de un día a otro. Todas las noches al llevarle un vaso de agua azucarada podía observar, junto con el señor Le Bris, cómo disminuían la tos y la fiebre. Un día asistió al acto de desembalar una caja mucho mejor cerrada que la que él había traído de París. De ella vio salir un lindo aparato de cobre y de cristal, una pequeña máquina muy sencilla, y tan sugestiva, que al verla sentía uno no ser tísico. El doctor se apresuró a montarla, y dijo, mirándola con ternura: «¡He aquí, tal vez, la salvación de la condesa!»

Estas palabras fueron tanto más penosas para Mantoux, cuanto que acababa de echar el ojo a una pequeña propiedad, con sus árboles y su casa para el dueño, el nido que podía apetecer una familia honrada. Entonces se le ocurrió la idea de hacer añicos aquel aparato de destrucción que amenazaba su fortuna. Pero no tardó en comprender que le pondrían a la puerta y que no sólo perdería su pensión, sino también su sueldo. Resignose, pues, a ser un buen criado.

Por desgracia, sus camaradas hacían ya comentarios sobre el régimen vegetariano a que se había sometido. La señora de Villanera entró en alarma, se informó de todo y decidió que era un judío incorregible, relapso y todo lo demás por añadidura. Le preguntó si le convenía buscar una plaza en Corfú, o bien prefería regresar a Francia. El desgraciado gimió, pidió gracia y recurrió a la intervención caritativa de la buena Germana, pero la señora de Villanera se mostró inexorable. Todo lo que pudo obtener es que continuaría allí hasta la llegada de su substituto.

Le quedaba un mes por delante: he aquí cómo lo aprovechó. Compró algunos gramos de ácido arsenioso que guardó en su habitación. Cogió una pizca, la cantidad necesaria para matar a dos hombres, y la disolvió en un vaso de agua. Colocó el vaso en la alacena, sobre una tabla muy alta a la cual no se podía llegar sino subiéndose a una silla; y, sin perder tiempo, echó algunas gotas de aquel líquido envenenado en el agua de la enferma, después de prometerse repetir las operación todos los días, matar lentamente a su ama y merecer, a pesar del pequeño aparato, los beneficios de la señora Chermidy.


IX

CARTAS DE CHINA Y DE PARÍS

al señor Mateo Mantoux, en casa del señor conde de Villanera, Villa Dandolo, en Corfú

«Sin fecha.

»Tú no me conoces, y yo en cambio te conozco como si te hubiese inventado. Eres un antiguo pensionista del Gobierno en la escuela naval de Tolón; allí es donde te vi por primera vez. Más tarde te encontré en Corbeil; no era tu posición muy brillante y la policía tenía fijos los ojos en ti. Tuviste la suerte de caer sobre una estúpida parisiense que te procuró una buena colocación con la esperanza de una pensión. La señora de la calle del Circo y su camarera te tienen por un inocente; se dice que tus señores te distinguen con su confianza. Si la enferma que cuidas hubiera tomado soleta para el otro mundo, serías rico, considerado, y vivirías como un burgués allí donde mejor te pluguiese. Desgraciadamente no se ha decidido, y a ti no se te ha ocurrido hacer nada para decidirla. Peor para ti; seguirás llamándote Poca Suerte. El comisario de policía de Corbeil te busca. Está sobre tu pista. Si no tomas las medidas convenientes, darán contigo ahí. Por mi parte, yo que te escribo, te he encontrado. ¿Te gustaría ir a coger pimienta a Cayena? ¡Pues trabaja, holgazán! Tienes la fortuna en la mano tan cierto como me llamo... Pero no hay necesidad de que sepas mi nombre. No soy ni Rabichon, ni Lebrasseur, ni Chassepie. Abrigo la esperanza de que sabrás comprender lo que te conviene.

»Tu amigo

»X. Y. Z.»

La señora Chermidy al doctor Le Bris

«París, 13 de agosto de 1853.

»Llave de los corazones, mi estimado amigo, he aquí una grande y magnífica noticia. Mme. de Sevigné se la haría esperar durante dos páginas; yo voy más pronto al grano y se la espeto en seguida. ¡Soy viuda, amigo mío; viuda sin apelación; viuda en última instancia, como si el notario lo hubiese rubricado! He recibido la noticia oficial, el acta de defunción, el pésame del ministerio de Marina, el sable y las charreteras del difunto y una pensión de 750 francos para que pueda poner coche en los días de mi vejez. ¡Viuda, viuda, viuda! No hay palabra más bonita en la lengua francesa. Me he vestido de negro; me paseo a pie por las calles, y siento un gran deseo de detener a los transeúntes para hacerles saber que soy viuda.

»En esta ocasión he comprendido que no soy una mujer vulgar. Conozco más de una que habría llorado por debilidad humana y para darle una pequeña satisfacción a sus nervios; yo, he reído como una loca. Ya no hay Chermidy; Chermidy no existe, y tenemos derecho a decir ya el difunto Chermidy.

»Ya sabe usted, tumba de los secretos, que jamás quise a ese hombre. No era nada para mí. Llevaba su apellido, soportaba sus botaratadas; los dos o tres bofetones que me ha dado eran los únicos lazos que el amor había formado entre nosotros. El hombre que yo he amado, mi verdadero esposo, mi esposo ante Dios, no se ha llamado nunca Chermidy. Mi fortuna no procede de ese marinero; no le debo nada, y sería una hipócrita si lo llorase. ¿No asistió usted a nuestra última entrevista? ¿Se acuerda usted de la mueca conyugal que embellecía sus facciones? Si no hubiese estado usted presente, me habría jugado una mala partida: esos maridos marinos son capaces de todo. Las cartas me han anunciado repetidas veces que yo moriría de muerte violenta, y es que las cartas conocían al señor Chermidy. Tarde o temprano me habría retorcido el cuello, y hubiera bailado el día de mi entierro. Ahora soy yo la que río, la que bailo y dice tonterías; el mío es un caso de legítima defensa.

»¡Vamos, es una linda historia la de esa muerte! Nunca se ha visto objeto de china igual, y yo la conservaré en una rinconera. Todos mis amigos han venido a darme el pésame, poniendo cara de circunstancias; pero les he contado el suceso y les he hecho perder la gravedad en seguida. Hemos estado riendo a mandíbula batiente hasta las doce y media de la noche.

»Figúrese usted, mi querido doctor, que la Náyade había anclado delante de Ky-Tcheou. No he podido encontrar de ningún modo en el mapa donde cae eso, y estoy desesperada. Los geógrafos de hoy son seres muy incompletos. Ky-Tcheou debe estar al sur de la península de Corea, en el mar del Japón. He encontrado Kin-Tcheou, pero en la provincia de Ching-King, en el golfo de Leou-Toung, en el mar Amarillo. ¡Póngase usted en lugar de una pobre viuda que no sabe en qué latitud la han privado de su marido!

»Sea lo que fuere, los magistrados de Ky-Tcheou o Kin-Tcheou, en la desembocadura del río Li-Kiang, habían maltratado a dos misioneros franceses. El mandarín gobernador, o padre de la ciudad, el poderoso Gu-Ly, consagraba todos sus ocios a hacerles jugarretas a los extranjeros. Existen tres factorías europeas en ese lugar de recreo. Un francés que compra seda, ejerce las funciones de agente consular. Tenía una bandera delante de su puerta y los misioneros se alojaban en su casa. Gu-Ly hizo prender a los dos sacerdotes acusándolos de predicar una religión extraña. Difícilmente se pudieron defender los sacerdotes mentados, puesto que a eso, a predicar la religión cristiana, habían ido. Fueron condenados, y corrió el rumor de que los habían matado. Debido a eso envió el almirante a la Náyade con la misión de enterarse de lo que ocurría.

»El comandante hizo ir a Gu-Ly a su presencia, ¿Se representa usted a mi marido frente a frente con el tal chino? Gu-Ly aseguró que los misioneros no tenían novedad, pero que habían infringido las leyes del país, y por lo tanto era preciso que sufriesen seis meses de cárcel. Mi marido quiso verlos y se le ofreció que se los enseñarían a través de las rejas. Aquella misma noche se trasladó a las puertas de la prisión con una compañía de desembarco. Vio a dos misioneros que gesticulaban en la ventana, el cónsul los reconoció y todo el mundo quedó satisfecho.

»Pero al día siguiente fueron a avisar al cónsul que los misioneros habían sido degollados ocho días antes de la llegada de la Náyade. Más de veinte testigos certificaron el hecho. Mi Chermidy volvió a endosarse el uniforme, desembarcó con sus hombres, fue de nuevo a la cárcel y derribó las puertas, sin hacer caso a los misioneros que le hacían señas con los brazos para que regresara al buque. Encontró en el calabozo dos figuras de cera, modeladas con una perfección chinesca; eran los dos misioneros que le habían enseñado el día anterior.

»Mi marido montó en cólera. No era de los que sufren que se les engañe; éste es un defecto que siempre ha tenido. Volvió a bordo y juró por lo más sagrado que bombardearía la ciudad, si los asesinos no eran castigados. El mandarín, temblando como una hoja, hizo acto de sumisión y condenó a los jueces a ser aserrados vivos. Mi marido no tuvo ninguna objeción que hacer.

»Pero la legislación del país permite a todo condenado a muerte buscar un substituto. Hay agencias especiales que, mediante cinco o seis mil francos y buenas promesas, deciden a un pobre diablo a dejarse cortar en dos. Los chinos de la clase baja, los que viven mezclados con los animales, no tienen gran apego a la vida. Y se comprende. ¡Para lo que hacen! No les cuesta, pues, gran trabajo, decidirse a dejar este mundo cuando se les ofrece mil piastras y tres días para comérselas. Mi marido aceptó a los substitutos, asistió al suplicio e hizo las paces con el ingenioso Gu-Ly, llegando en su clemencia hasta invitarle a comer al día siguiente con los magistrados que se habían hecho sustituir. Esto era obrar como buen diplomático, porque, después de todo, ¿qué es la diplomacia? El arte de perdonar las injurias tan pronto como han quedado vengadas.

»Gu-Ly y sus cómplices fueron a comer a bordo de la Náyade. Los postres fueron interrumpidos por un incendio magnífico; el navío ardía como una cerilla. Funcionaron las bombas oportunamente, se echaron las culpas sobre un pinche de cocina y se dieron excusas al venerable Gu-Ly.

»¿Encuentra usted el relato un poco largo? ¡Paciencia! todo se andará. El mandarín quiso devolverle su fineza y le invitó para el día siguiente a uno de esos banquetes en que triunfa la prodigalidad china. Nosotros somos unos pobres señores comparados con esos originales. Admiramos mucho al gentleman que gasta en un cubierto para él solo quinientos francos en el café de París: ¡los chinos hacen las cosas de otro modo! Anunciaron al comandante las salsas espolvoreadas con perlas finas, los nidos de golondrinas con lenguas de faisán, y la célebre tortilla de huevos de pavo real que se hace en la misma mesa matando a cada hembra para arrancarle su huevo. Mi Chermidy, simple como un remo, no adivinó que sería él quien pagaría el menú. Según los relatos oficiales, se relamía los labios y se prometía escuchar atentamente las comedias con que se acostumbra sazonar un festín chino.

»Desembarcó con el cónsul y cuatro hombres de escolta, bajo una lluvia persistente. Ya comprenderá usted que no olvidaría su uniforme de gala. Una diputación de magistrados lo recibió con toda la etiqueta de rigor. Supongo que quedaría satisfecho de la arenga. Si los chinos adoran la etiqueta, los marinos no la detestan. Se le izó sobre un caballejo. Desde aquí le veo trotando y dando tumbos. El animal (dicho sea sin equívoco) se hundía en el barro hasta los corvejones; las ciudades de China están empedradas con un afirmado de dos filas que las hace aptas a la vez para el tránsito rodado y para la navegación. Doce jóvenes vestidos de seda de color de rosa marchaban a sus lados, con una pluma de pavo real en la mano. Cantaban con su voz gangosa alabanzas en honor del grande, del poderoso, del invencible Chermidy, y agasajaban dulcemente a la montura con las barbas de sus plumas. Los pequeños le hacían cosquillas en las narices y los mayores le hurgaban en el interior de las orejas tan bien y tan largo tiempo, que el animal acabó por encabritarse. El caballero, torpe como un marino, cayó de espaldas. Los niños corrieron hacia él y le preguntaron todos a la vez si se había hecho daño, si tenía necesidad de algo, si quería agua para lavarse, y, sin dejar de hablar, sacaron sus cuchillos de los bolsillos y le cortaron el cuello sin ruido, sin escándalo, hasta que la cabeza quedó completamente separada del tronco.

»Es el cónsul el que ha contado esta historia. Me temo mucho que no hubiera podido hablar nunca más con nadie a no ser por el socorro de los cuatro marineros que le salvaron la vida y le condujeron a bordo. Me detengo aquí, porque la pieza pierde su interés desde el momento en que el héroe ha sido enterrado. Ya sabrá usted la continuación por los periódicos y por la carta adjunta que los oficiales de la Náyade se han tomado la molestia de enviarme. Lamento sinceramente la muerte del mandarín Gu-Ly. Si viviese aún, le aseguraría un plato de nidos de golondrinas para el resto de sus días. Desde que mi dicha depende de una doble viudez, me he prometido siempre partir un millón entre las almas caritativas que me librasen de mis enemigos. En un cajón de mi secreter había quinientos mil francos para ese mandarín que ya no existe.

»Tumba de los secretos, quemará usted mi carta, ¿no es verdad? Queme también los periódicos que hablan de este asunto. No es necesario que don Diego sepa que yo soy libre mientras él aún continúa encadenado. Evitemos a nuestros amigos disgustos demasiado crueles. Sobre todo, no le diga usted que el luto me embellece.

»Cuide bien a la persona a la cual se ha dedicado usted. Pase lo que pase, tendrá el mérito de haberla hecho vivir más de lo que era humanamente posible. Si le hubieran dicho antes de dejar París que iba a estar ausente siete u ocho meses, ¿comería tan buenas codornices? Cuando esté curada o le ocurra otra cosa, usted vendrá a París y entonces trataremos de buscarle una clientela, porque estoy segura de que sus enfermos, a excepción de mí, no le reconocerán.

»El señor duque de La Tour de Embleuse, que me hace algunos días el honor de comer en mi casa, me ha rogado que buscase otro criado para su hija. Yo había tomado apresuradamente mis informes sobre el primero que le envié, pero después me han dicho que es un sujeto de malos antecedentes. Echelo usted lo más pronto posible, o quédeselo bajo su responsabilidad hasta la llegada del substituto.

»Adiós, llave de los corazones. El mío le está abierto desde hace mucho tiempo, y si no es usted el mejor de mis amigos, no es mía la culpa. Consérveme mi marido y mi hijo y seré siempre completamente suya.

»Honorina.»

Los oficiales de la «Náyade» a la señora Chermidy

«Hong-Kong, 2 de abril 1853.

»Señora: Los oficiales y los alumnos embarcados a bordo de la Náyade cumplimos un penoso deber al unir nuestro pesar al dolor bien legítimo que le causará la pérdida del comandante Chermidy.

»Una odiosa conspiración ha robado a Francia uno de sus oficiales más honorables y más experimentados: a usted, señora, un marido, del cual todos habíamos podido apreciar la bondad y la dulzura; a nosotros un jefe, o mejor dicho, un compañero, que tenía a honor descargarnos del peso del servicio, reservándose la parte más pesada.

»Al enviarle las insignias de su grado, que había conquistado tan laboriosamente, lamentamos, señora, no poder unir la condecoración de los valientes que merecía desde hace mucho tiempo, tanto por la duración como por la importancia de sus servicios, y que le esperaba sin duda, después de una campaña que tendremos que terminar sin él.

»Es un débil consuelo, señora, en un dolor como el suyo, el placer de la venganza. No obstante, nos sentimos orgullosos de poder decir a usted que hemos hecho gloriosos funerales a nuestro bravo comandante.

»Cuando el señor cónsul y los cuatro marineros que habían presenciado el crimen nos trajeron la noticia a bordo, el más antiguo de los tenientes de navío, que había sucedido al excelente oficial que habíamos perdido, hizo evacuar las personas y las mercaderías de las factorías europeas, y comenzamos un fuego graneado contra la ciudad que la convirtió en cenizas en menos de dos días. Gu-Ly y sus compañeros creyeron encontrar un refugio seguro en la fortaleza. La compañía de desembarco, a las órdenes de uno de los nuestros, los sitió durante una semana con dos cañones que habíamos llevado a tierra. La conducta de nuestros hombres fue admirable; vengaron cumplidamente a su comandante. La Náyade no izó el pabellón imperial hasta después de haber castigado implacablemente al mandarín gobernador y a todos los que se habían reunido alrededor de su persona. A la hora en que le escribimos, señora, ya no existe la ciudad llamada Ky-Tcheou; no queda en su lugar más que un montón de cenizas que podría ser llamado la tumba del comandante Chermidy.

»Reciba usted, señora, el homenaje de los sentimientos de la más profunda simpatía, y reconózcanos como sus más humildes y fieles servidores. (Siguen las firmas.)»


X

LA CRISIS

La época más dichosa en la vida de una joven es el año que precede a su matrimonio. Toda mujer que quiera pasar revista a sus recuerdos se acordará con un sentimiento de pesar de aquel invierno bendito entre todos, en que su elección ya estaba hecha, pero ignorada de los demás. Una multitud de pretendientes tímidos e indecisos se mostraban obsequiosos a su alrededor, se disputaban su ramo o su abanico y la envolvían en una atmósfera de amor, que ella respiraba con embriaguez. Ella ya había distinguido entre todos al hombre del cual quería ser, pero no le había prometido nada y experimentaba una cierta alegría en tratarle como a los demás y en ocultarle su preferencia. Se divertía en hacerle dudar de su dicha, en llevarle de la esperanza al temor, en someterle todos los días a una prueba. Pero en el fondo de su corazón, le inmolaba todos su rivales y depositaba a sus pies todos los homenajes que fingía acoger. Se prometía recompensar espléndidamente tanta perseverancia y resignación, y sobre todo saboreaba el placer, eminentemente femenino, de mandar a todos y de no obedecer más que a uno solo.

Este período triunfal había faltado en la vida de Germana. El año que precedió a su matrimonio había sido el más triste y el más miserable de su pobre juventud. Pero el año que siguió la indemnizó en parte. Vivía en Corfú en un círculo de admiradores apasionados. Todos los que la rodeaban, viejos y jóvenes, experimentaban por ella un sentimiento muy parecido al amor. Llevaba impreso sobre su hermosa frente ese signo de melancolía que demuestra que una mujer no es dichosa. Es un atractivo que pocos hombres resisten. Los más atrevidos temen ofrecerse a la que parece no carecer de nada, pero la tristeza enardece a los tímidos. No faltaban, ciertamente, médicos a aquella alma afligida. El joven Dandolo, uno de los hombres más brillantes de las siete islas, la asediaba con sus cuidados, la deslumbraba con su talento y le imponía su amistad soberbia con la autoridad del que siempre ha triunfado. Gastón de Vitré paseaba alrededor de ella una solicitud inquieta. El hermoso joven se sentía nacer a una nueva vida. No había cambiado nada en sus costumbres, y sus ocupaciones y sus placeres marchaban al mismo paso que antes, pero cuando leía cerca de su madre, veía más allá de las páginas del libro; se detenía como deslumbrado en medio de la lectura; se sumía en un ensueño a propósito de un verso que jamás le había impresionado. El beso de despedida que daba por las noches a la señora de Vitré quemaba la frente de su madre. Cuando rezaba, de rodillas, con la cabeza apoyada contra la cama, veía pasar entre sus ojos y sus párpados imágenes extrañas.

No dormía toda la noche de un tirón, como antes; su sueño era entrecortado. Se levantaba antes del amanecer y corría por el campo con una impaciencia febril. La escopeta le pesaba menos sobre el hombro; sus pies casi no pisaban la hierba seca. Cuando se embarcaba, se internaba más que nunca en el mar y sus brazos robustos encontraban un placer en impulsar los remos; cualquiera que fuese el objeto de su visita, un encanto invisible lo atraía siempre cerca de Germana, lo mismo por tierra que por mar; se volvía hacia ella como la brújula a la estrella, sin tener conciencia del poder que lo atraía. Era acogido amistosamente, se tenía placer al verle y a él no se le ocultaba. No obstante, siempre mostraba prisa de partir y no entraba más que un momento, pretextando que su madre lo esperaba, pero es lo cierto que a la caída del sol aun estaba sentado al lado de la querida enferma, y se extrañaba de que los días fuesen tan cortos en el mes de agosto.

El señor Stevens, hombre de peso y de gravedad, marcaba el paso detrás del sillón de Germana como un regimiento de infantería; tenía para ella esas atenciones reflexivas y serenas que constituyen la fuerza de los hombres de cincuenta años. Le llevaba bombones, le contaba cuentos y le prodigaba esas pequeñas atenciones a las que una mujer no se muestra nunca insensible. Germana no despreciaba aquella buena amistad, paternal en la forma, menos paternal no obstante que la del doctor Delviniotis. Recompensaba también con una dulce mirada al capitán Bretignières, aquel excelente hombre al que no faltaba más que una pluma en el sombrero. Se regocijaba al verle correr a su alrededor con todo el estruendo de una fantasía árabe. Tenía una amistad bien tierna por el doctor; el señor Le Bris, acostumbrado a hacer una corte inocente a sus enfermas, no sabía con precisión el sentimiento que experimentaba por la joven condesa de Villanera. Esta cambiaba a ojos vistas y aquella belleza renaciente podía derribar en un instante la frágil barrera que separa la amistad del amor.

Todos estos sentimientos mal definidos y más difíciles de nombrar que de describir constituían la alegría de la casa y la dicha de Germana. Encontraba una gran diferencia entre su último invierno de París y su primer verano de Corfú. La villa y el jardín respiraban alegría, esperanza y amor. No se oían más que palabras de cordialidad y francas carcajadas. Los huéspedes rivalizaban en ingenio y en buen humor, y Germana se sentía renacer al dulce calor de todos aquellos corazones devotos que latían por ella. Si algunas veces atizaba el fuego por una inocente coquetería, es porque quería asegurar la conquista de su marido.

Los recuerdos penosos de su matrimonio se iban poco a poco borrando de su memoria. Había olvidado la lúgubre ceremonia de Santo Tomás de Aquino y se consideraba como una prometida que espera el momento de ir a la iglesia. No pensaba ya en la señora Chermidy y no experimentaba aquel frío interior que da el temor de una rival. Su marido se le aparecía como un hombre nuevo; ella se creía también ser una mujer nueva, acabada de nacer. ¿Acaso escapar a una muerte cierta, no es nacer una segunda vez? Hacía remontar su nacimiento a la primavera y se decía sonriendo: «Soy una niña de cuatro meses.» La vieja condesa la confirmaba en aquella idea tomándola en brazos como a una criatura.

Lo que le hubiera podido llamar a la realidad era la presencia del marqués. Era difícil olvidar que aquel niño tenía una madre y que aquella madre podía venir un día u otro a reclamar la dicha que le habían tomado. Pero Germana se había acostumbrado a mirar al pequeño Gómez como a su hijo. El amor maternal es de tal modo innato en las mujeres, que se desarrolla en ellas mucho antes que el matrimonio. Por eso se ve a niñas de dos años ofrecer el pecho a sus muñecas. El marqués de los Montes de Hierro era la muñeca de Germana. Se olvidaba de sí misma para ocuparse de su hijo. Había acabado por encontrarle hermoso, lo que prueba que tenía un verdadero corazón de madre. Don Diego la miraba con complacencia cuando estrechaba entre sus brazos a aquel pequeño gnomo bronceado. Y se regocijaba al observar que la mueca hereditaria de los Villanera no daba miedo a su mujer.

Todas las noches, a las nueve, los señores y los criados se reunían en el salón para rezar en común. La vieja condesa se mostraba muy apegada a esta costumbre religiosa y aristocrática. Ella misma leía las oraciones en latín. Los domésticos griegos se asociaban devotamente a la plegaria común, a pesar del cisma que divide a los cristianos de Occidente. Mateo Mantoux se arrodillaba en un rincón, desde el cual podía ver sin ser visto, y desde allí trataba de leer en la cara de Germana los estragos del arsénico.

No había dejado ni sola vez de envenenar el vaso de agua azucarada que llevaba todas las noches a Germana. Esperaba que el arsénico a pequeñas dosis aceleraría los progresos de la enfermedad, sin dejar trazas visibles. Este es un prejuicio extendido entre las clases ignorantes. Mateo Mantoux, con razón llamado Poca Suerte, no podía saber que el veneno mata de una vez a las gentes, o no les hace nada. Creía que aquellos miligramos de ácido arsenioso ingeridos diariamente se unían en el cuerpo hasta formar gramos; y es que no contaba con el trabajo infatigable de la naturaleza que repara incesantemente todos los desórdenes interiores. Si hubiese tomado una lección más detallada de toxicología o se hubiera acordado del ejemplo de Mitrídates, hubiera comprendido que los envenenamientos microscópicos producen unos efectos muy distintos de los que él esperaba. Pero Mateo Mantoux no había leído la historia.

Lo que aun le habría extrañado más es saber que el arsénico a pequeñas dosis es un remedio contra la tuberculosis. No la cura siempre, pero por lo menos procura un verdadero alivio al enfermo. Las moléculas del veneno van a quemarse en los pulmones al contacto del aire exterior y producen una respiración ficticia. Siempre es algo respirar con más facilidad, y Germana había podido notarlo. Además, el arsénico rebaja la fiebre, abre el apetito, facilita el sueño, restablece las carnes y no perjudica el efecto de los otros medicamentos, ayudándolos algunas veces.

El señor Le Bris había pensado muchas veces en tratar a Germana por este método, pero un escrúpulo bien natural le detenía. No estaba seguro de salvar a la enferma y aquel diablo de arsénico le recordaba a la señora Chermidy. Mateo Mantoux, médico menos timorato, aceleró los efectos del yodo y la curación de Germana.

Germana llevaba ya un mes del tratamiento por el yodo. El doctor asistía todas las mañanas a la inspiración, y muchas veces le acompañaba el señor Delviniotis. Este tratamiento no es infalible, pero es suave y fácil. Una corriente de aire caliente disuelve lentamente un centigramo de yodo y lo hace penetrar en los pulmones sin esfuerzo ni dolor alguno. El yodo puro no embriaga a los enfermos como la tintura, no provoca la tos, no produce estomatitis. Su único defecto es dejar en la boca un ligero sabor a herrumbre, al cual el enfermo no tarda en acostumbrarse. Los señores Le Bris y Delviniotis acostumbraron suavemente a Germana a este medicamento nuevo. En su impaciencia por curar hubiera querido arrancarse su mal a viva fuerza; pero ellos no le permitían más que una inspiración diaria y aun muy corta: tres minutos, cuatro a lo más. Con el tiempo aumentaron la dosis y a medida que la curación avanzaba llegaron a darle hasta dos centigramos diarios.

El estado de la enferma mejoraba con una rapidez increíble, gracias a la discreta colaboración de Mateo Mantoux. Un desconocido que hubiese estado por primera vez en la villa Dandolo no habría sospechado que allí hubiese una tísica. A fines de agosto, Germana estaba fresca como una rosa y redonda como una fruta. En aquel hermoso jardín donde la Naturaleza había acumulado todas sus maravillas, el sol no alumbraba nada más brillante que aquella mujer completamente nueva, por decirlo así, que salía de la enfermedad como una joya de su estuche. No sólo los colores de la juventud florecían en su rostro, sino que la salud metamorfoseaba cada día las formas de su cuerpo. Las dulces oleadas de una sangre generosa henchían lentamente su piel rosada y transparente; todos los resortes de la vida, relajados por tres años de dolor, recobraban su tensión con una alegría visible.

Los testigos de aquella transformación bendecían la ciencia como se bendice a Dios. Pero el más dichoso de todos era quizás el doctor Le Bris. La curación de Germana podía parecer a los demás una esperanza; sólo para él era una certidumbre. Al auscultar a su querida enferma, comprobaba todos los días la disminución del mal; veía la curación en sus efectos y en sus causas; medía como con un compás el terreno que había ganado a la muerte. La auscultación, método admirable que la ciencia moderna debe al genio de Hipócrates, permite al médico leer en el cuerpo del enfermo como en un libro abierto. Los resortes invisibles que se agitan en nosotros producen en su marcha regular un ruido tan constante como el movimiento de un péndulo. El oído del médico, cuando está acostumbrado a percibir esa harmonía de la salud, reconoce por signos ciertos el más pequeño desorden interior. La enfermedad tiene su lenguaje claro y preciso para el observador inteligente que asiste a los progresos de la vida o de la muerte. Un sonido mate designa al médico las partes del pulmón donde el aire ya no penetra; un estertor particular le indica las cavernas invasoras que caracterizan el último período de la tuberculosis. El señor Le Bris reconoció bien pronto que las partes impermeables al aire se circunscribían de día en día; que el estertor se extinguía poco a poco; que el aire entraba suavemente en las células vivificadas que envolvían las cavernas cicatrizadas. Había dibujado, para la vieja condesa, el plano exacto de los estragos que la enfermedad había hecho en el pecho de la joven. Todas las mañanas trazaba con lápiz un nuevo contorno que atestiguaba el progreso cotidiano de la curación. Balzac ha descrito el caso de un individuo, en su novela La piel de zapa, cuya vida, figurada por un cuero que él corta a medida de sus deseos y necesidades, se va limitando cada día. El caso de Germana era al revés.

El 31 de agosto, el señor Le Bris, dichoso como un vencedor, dio un paseo a pie hasta la ciudad. El campo le agradaba, pero no desdeñaba tampoco una vuelta por la explanada donde le divertían las cornamusas de los regimientos escoceses. Además, contemplaba el humo de los vapores, creía aproximarse a París. Le agradaba también comer en compañía de los oficiales ingleses y curiosear después un rato por las calles comerciales. Admiraba a los soldados vestidos completamente de blanco, con sombrero de paja, guantes amarillos y zapatos cuidadosamente lustrados, a la hora en que aquellos bravos, acompañados de sus pequeños, iban a comprar sus provisiones. Reposaban los ojos en el espectáculo de las admirables instalaciones de frutas verdes que los vendedores procuraban presentar con una limpieza inglesa. El uno frotaba las ciruelas contra su manga para sacarlas lustre; el otro cepillaba con un cepillito de sombrero el terciopelo rosado de los melocotones. Era un pintoresco batiburrillo en el que se veían melones del tamaño de calabazas, limones gruesos como melones, ciruelas como limones y uvas como ciruelas. Quizá también el joven doctor miraba con cierta complacencia a las lindas griegas asomadas a los balcones y rodeadas de flores. En aquel país de dicha y despreocupación, las burguesitas no se desdeñan en enviar besos a los extranjeros, como las floristas de Florencia les arrojan ramos en sus coches. Si su padre las ve, las abofetea rudamente, en nombre de la moral, y esto da un poco de variedad al cuadro.

Mientras el doctor pasaba el rato inocentemente, el conde Dandolo, el capitán Bretignières y los Vitré, comían juntos en casa del señor de Villanera. Germana tenía buen apetito; pero en cambio el pobre Gastón no comía más que con los ojos.

A los postres se entabló una conversación muy interesante. El señor Dandolo describió a grandes rasgos la política inglesa en extremo Oriente, mostrando a la gran nación establecida en Hong-Kong, en Macao, en Cantón, en todas partes.

—Nuestros hijos—decía—, verán a los ingleses dueños de la China y del Japón.

—¡Alto ahí!—interrumpió el capitán Bretignières. ¿Qué dejaríamos entonces para Francia?

—Todo lo que pida, es decir, nada. Francia es un país desinteresado. Se pasa la vida haciendo conquistas, pero no guarda nada para sí.

—Entendámonos, señor conde. Francia nunca ha tenido egoísmo. Ha hecho más por la civilización que ningún otro país de Europa, y nunca ha pedido recompensa. El Universo entero es nuestro deudor; nosotros le proveemos de ideas desde hace trescientos o cuatrocientos años, y no nos ha dado nada en cambio. ¡Cuando pienso que ni siquiera tenemos las islas Jónicas!

—Ya las han tenido, capitán, y no han querido conservarlas.

—¡Ah! ¡si yo tuviese mis dos piernas!

—¿Qué haría usted, capitán?—preguntó la señora de Villanera.

—¿Qué haría, señora? Mi país no tiene ambición; ya la tendría yo por él. Yo le daría las islas Jónicas, Malta, las Indias, la China y el Japón; y no sufriría que se hablase de monarquía universal.

—El señor de Bretignières—dijo Germana—se parece al preceptor aquel de quien uno de los alumnos robó un higo. Le hizo un sermón sobre la glotonería y se comió el higo en el calor de la improvisación.

El capitán se detuvo ruborizándose hasta las orejas.

—Creo—dijo—que he ido más lejos que mi pensamiento. ¿Dónde estábamos?

—En todas partes—respondió el conde Dandolo.

—Es justo, puesto que hablamos de Inglaterra. ¿Cree usted que si lo de Ky-Tcheou hubiese ocurrido a un navío inglés se hubieran conformado sus oficiales con bombardear la ciudad? ¡No son tan tontos! Inglaterra habría conseguido un buen tratado de comercio, cien millones en metálico y cincuenta leguas de territorio.

—¿Lo cree usted?—preguntó el señor Dandolo.

—Estoy seguro.

—Pues bien, ¿para qué discutir más? Soy de igual opinión.

—¿Qué es esa historia de Ky-Tcheou?—preguntó Germana.

—¿No ha leído usted eso, señora?

—Nosotros no vemos ningún periódico aquí, a excepción de usted, querido conde.

—Pues bien, lo de Ky-Tcheou es un asunto de importancia. Los chinos han asesinado a dos misioneros y a un comandante francés; los franceses han arrasado la ciudad, tan completamente, que su nombre no figura ya en el mapa; las gentes se preguntan en qué quedará eso; yo creo que en nada.

El conde, que hasta entonces había permanecido silencioso, preguntó al señor Dandolo:

—¿Es reciente la historia de que usted habla?

—De ahora mismo. Ha llegado en el último correo. ¿No ha oído hablar usted de la Náyade? ¿No ha leído la muerte del comandante Chermidy?

El conde de Villanera palideció; Germana le miró fijamente para sorprender en él un síntoma de alegría; la vieja condesa se levantó de la mesa y el señor Dandolo pasó al salón sin haber contado la historia de Ky-Tcheou.

Germana aprovechó el momento en que se servía el café para arrastrar al señor de Villanera hasta el jardín. El sol se había puesto dos horas antes y la noche era calurosa como un día de verano. Los dos esposos se sentaron juntos en un banco rústico a orillas del mar. La luna no había aparecido aún en el horizonte, pero las estrellas fugaces cruzaban el cielo en todas direcciones, y las olas iluminaban la playa con sus fosforescencias.

Don Diego aun estaba aturdido por la noticia que acababa de oír. Había recibido una sacudida violenta; pero la impresión había sido tan repentina que aun no podía darse cuenta exacta de si era de placer o de pena. Se parecía al hombre que se ha caído de un tejado y se palpa para saber si está muerto o vivo. Mil reflexiones rápidas atravesaban confusamente su espíritu, como las antorchas que cruzan un campo sin disipar las tinieblas. Germana no estaba más tranquila que él. Presentía que su vida iba a decidirse en una hora y que su médico no era ya el señor Le Bris, sino el señor de Villanera. No obstante, los dos jóvenes, conmovidos hasta el fondo del alma por una emoción violenta, permanecieron algunos instantes sentados el uno al lado del otro en el más profundo silencio. Un pescador que pasaba cerca de la orilla les tomó seguramente por dos amantes dichosos, absortos en la contemplación de su felicidad.

Germana fue la primera en hablar. Se volvió hacia su marido, le cogió las dos manos y le dijo con voz ahogada:

—Don Diego, ¿lo sabía usted?

—No, Germana. Si lo hubiera sabido se lo habría dicho. No tengo secretos para usted.

—¿Y qué impresión le ha producido a usted la noticia? ¿De disgusto o de alegría?

—No sé qué responder y me pone usted en un verdadero compromiso. Déjeme tiempo para que pueda darme cuenta de lo que me pasa. Ese acontecimiento no puede alegrarme, ya lo sabe usted. Pero si yo le dijese que me sabe mal creería usted que yo había tomado mis medidas para esa fatal eventualidad. ¿No es eso lo que usted piensa?

—Yo no estoy segura de lo que pienso, don Diego. Mi corazón late tan fuerte, que me sería difícil oír otra cosa. La única idea que se me presenta clara es la de que esa mujer es libre. Si le había prometido quedarse viuda, ha cumplido su palabra antes que usted. Ha sido la primera en llegar a la cita que le ha dado usted, y yo temo...

—¿Qué teme usted?

—Ser un obstáculo, puesto que mi vida le separa de la dicha y que mi salud le hace perder toda esperanza.

—Su vida y su salud, Germana, son presentes de Dios. Es un milagro del Cielo el que la ha conservado a usted, y ahora que ya conozco a usted bendigo desde el fondo de mi corazón los decretos de la Providencia.

—Le doy las gracias, don Diego, y le reconozco a usted en ese lenguaje noble y religioso. Es usted demasiado buen cristiano para rebelarse contra un milagro. Pero, ¿no siente usted ningún disgusto? Hábleme usted con entera franqueza porque ya estoy lo suficientemente fuerte para oírlo todo.

—Lo único que siento es no haber dado a usted mi primer amor.

—¡Qué bueno es usted! Esa mujer no ha sido jamás digna de usted. Yo no la he visto nunca, pero instintivamente la detesto, la desprecio.

—No hay necesidad de despreciarla, Germana. Yo ya no la amo porque mi corazón está lleno de usted y no queda en él sitio para otra; pero no tiene usted razón al despreciarla, se lo juro.

—¿Por qué quiere usted que sea yo más indulgente que el resto del mundo? Ella ha faltado a todos sus deberes engañando a un hombre honrado que le había dado su nombre. ¿Cómo una mujer puede hacer traición a su marido?

—Es culpable a los ojos del mundo, pero yo no puedo censurarla porque me amaba.

—¿Y quién no amaría a usted, amigo mío? ¡Es usted tan bueno, tan grande, tan noble, tan hermoso! No, no haga usted gestos de protesta. Yo no tengo peor gusto que las otras y sé bien lo que digo. Usted no se parece al señor Le Bris, ni a Gastón de Vitré, ni a Spiro Dandolo ni a ninguno de esos que tienen éxito con las mujeres; y no obstante, fue al verle a usted la primera vez cuando comprendí que el hombre era la más bella criatura de Dios.

—¿Me ama usted, pues, un poco, Germana?

—Hace ya mucho tiempo. Desde el día que entró usted en el palacio Sanglié. Y, sin embargo, no era para nada bueno para lo que iba usted a mi casa. Cuando el doctor propuso el negocio a mis padres, yo creí que iba a casarme con un mal hombre. Yo me prometía sufrirle con paciencia y abandonarle sin pesar. Pero cuando le encontré en el salón, quedé avergonzada y lamenté que un cálculo tan vil hubiese nacido en una cabeza tan noble y tan inteligente. Entonces comencé a tratarle con despego; ¿sabe usted por qué? Me hubiera muerto de vergüenza si hubiera adivinado usted que yo le amaba. Esto no entraba en nuestros tratos. Durante todo el viaje no pensé más que en darle disgustos. ¿Cree usted que me hubiera conducido con tanta ingratitud de serme usted indiferente? Pero yo estaba furiosa al ver que si me trataba usted tan bien era por descargo de su conciencia. Después, sin quererlo, pensaba en la otra que le esperaba en París. Además temía adquirir una dulce costumbre de dicha y de amor que la muerte vendría a romper. Y por último ¡estaba tan enferma y sufría tan cruelmente! El día en que lloró usted asomado a la ventanilla, yo lo vi y estuve a punto de pedirle perdón y de saltarle al cuello, pero el orgullo me contuvo. Yo pertenezco a una raza ilustre, amigo mío, y soy la única en mi familia que se haya vendido por dinero. El día que fuimos a Pompeya, estuve a punto de descubrirme. ¿Se acuerda usted? Yo no he olvidado nada, ni sus dulces palabras, ni mis extravagancias, ni sus cuidados tan tiernos y tan pacientes, ni todo el mal que le hice. Yo le he dado un cáliz bien amargo y usted lo ha apurado hasta las heces. Verdad es que yo no era tampoco más feliz. Yo no estaba segura de usted, temía equivocarme sobre el sentido de sus bondades y de interpretar por señales de amor lo que era piedad. Lo único que me tranquilizaba un poco era el placer que manifestaba usted en quedarse a mi lado. Cuando usted paseaba por el jardín, yo, desde mi diván, le seguía con el rabillo del ojo y muchas veces fingía dormir para que usted se acercase a mí con más libertad. No tenía necesidad de abrir los ojos para saber que usted estaba allí; le veía a través de las pestañas. Y en cualquier lugar que usted esté yo le adivino y sería capaz de encontrarle con los ojos cerrados. Cuando usted está a mi lado, mi corazón se dilata y se hincha de tal modo, que no me cabe en el pecho. Cuando usted habla, su voz me entra a borbotones por los oídos y me embriago oyéndole. Cada vez que mi mano toca la de usted, un estremecimiento me recorre todo el cuerpo y experimento una sensación tan dulcemente extraña que me conmueve hasta la raíz del cabello. Cuando usted se aleja por un instante, cuando no puedo verle ni oírle, se hace un gran vacío a mi alrededor y siento que hasta la tierra me falta bajo los pies. Ahora, don Diego, dígame si le amo, porque usted tiene más experiencia que yo y no se puede equivocar. Yo no soy más que una pobre ignorante, pero usted debe recordar si es así como le amaban en París.

Esta confesión ingenua descendía como un rocío matinal sobre el corazón de don Diego. Y se sintió tan deliciosamente refrescado que olvidó no sólo los cuidados presentes, sino hasta los placeres pasados. Una luz nueva iluminó su espíritu; comparó de una sola ojeada sus antiguos amores, agitados y cenagosos como un charco, con la dulce limpidez de la felicidad legítima. Es la historia de todos los maridos jóvenes.

El día en que descansan la cabeza sobre la almohada conyugal, advierten con una dulce sorpresa que nunca habían dormido tan bien.

El conde besó tiernamente las dos manos de Germana y le dijo:

—Sí, tú me amas, y nadie me ha amado nunca como tú. Tú me has hecho ver un mundo nuevo, lleno de delicias honestas y de placeres sin remordimientos. Yo no sé si te he salvado la vida, pero tú me has pagado con creces la deuda abriendo mis ojos ciegos a la santa luz del amor. Amémonos, Germana, tanto como nuestro corazón sea capaz. Dios que nos ha unido por el matrimonio, se alegrará de haber hecho dos dichosos más. Olvidemos al mundo entero para ser el uno del otro; cerremos los oídos a todos los ruidos del mundo, tanto si vienen de la China como de París. Este es el paraíso terrestre; vivamos para nosotros solos bendiciendo la mano que nos ha colocado en él.

—Vivamos para nosotros—dijo la joven—y para los que nos aman. Yo no sería dichosa si no tuviese con nosotros a nuestra madre y a nuestro hijo. Les he amado tiernamente desde el primer día. ¡Y cómo se le parecen los dos, amigo mío! Cuando el pequeño Gómez viene a jugar al jardín me parece que veo su sonrisa de usted en su carita. Estoy muy contenta de haberlo adoptado. Esa mujer no me lo robará jamás, ¿no es verdad? La ley me lo ha dado para siempre; es mi heredero, ¡mi único hijo!

—No, Germana—respondió el conde—, es tu hijo mayor.

Germana tendió los brazos a su marido, se los anudó alrededor del cuello, le atrajo hacia sí y colocó dulcemente su boca sobre sus labios. Pero la emoción de este primer beso fue más fuerte que la pobre convaleciente. Sus ojos se velaron y todo su cuerpo desfalleció. Cuando se sintió algo más repuesta se dirigió a la casa del brazo de su marido. Apoyaba en él todo el peso de su cuerpo y marchaba casi suspendida, como un niño que da sus primeros pasos.

—Ya lo ve usted—le dijo—, estoy aún bastante débil a pesar de las apariencias. Me creía fuerte y he aquí que una apariencia de dicha ha bastado para derribarme. No me diga usted esas cosas tan bonitas, no me haga demasiado dichosa; cuídeme hasta que esté fuera de peligro. ¡Sería muy triste morir cuando comienza una vida tan hermosa! Ahora, voy a apresurar mi curación y a cuidarme con todas mis fuerzas. Vuelva usted al salón; yo voy corriendo a ocultarme en mi habitación. Hasta mañana, amigo mío; ¡le amo!

Ella subió a su dormitorio y se arrojó sobre la cama, tan confusa como emocionada. Un punto luminoso que brillaba en un ángulo de la estancia atrajo su atención. La llama de la lámpara se reflejaba en un pequeño globo del yodómetro. Desde lo más profundo de su corazón bendijo aquel aparato bienhechor que le había devuelto la vida y le había de devolver las fuerzas en algunos días. Entonces se le ocurrió la idea de apresurar su curación ingiriendo una buena cantidad de yodo sin permiso del doctor. Preparó el aparato, lo aproximó a su cama y bebió ávidamente el vapor violáceo, con alegría; no experimentaba disgusto ni fatigas; aquello era la vida que entraba a borbotones en su cuerpo. Se sentía orgullosa de poder probar al médico que era demasiado prudente; se complacía en una locura heroica y arriesgaba su vida por el amor a don Diego.

No se supo qué cantidad de yodo había aspirado, ni cuánto tiempo había prolongado aquella fatal imprudencia. Cuando la anciana condesa abandonó el salón para ir a ver a la enferma, se encontró con el aparato roto y derribado por el suelo y a Germana con una fiebre violenta. Se la atendió como se pudo hasta el regreso del doctor Le Bris, que llegó a caballo, a media noche. Todos los convidados pernoctaron en la villa para saber con más prontitud las noticias. El doctor estaba espantado ante la agitación de Germana. No sabía si atribuirla al uso inmoderado del yodo o a alguna emoción peligrosa. La señora de Villanera acusaba secretamente al conde Dandolo; don Diego se acusaba a sí mismo.

Al día siguiente, Le Bris reconoció una inflamación en los pulmones que podía producir la muerte, y llamó al doctor Delviniotis y a dos de sus colegas. Los médicos diferían sobre la causa del mal, pero ninguno se atrevió a responder de la curación. El señor Le Bris había perdido la cabeza como un capitán de barco que encuentra un banco de rocas a la entrada del puerto. El señor Delviniotis, más tranquilo, aunque no había podido menos que llorar, abrigaba tímidamente un resto de esperanza.

—Quizá—dijo—nos encontramos ante una inflamación adhesiva que cerrará las cavernas y reparará todos los desórdenes causados por la enfermedad.

El pobre doctor escuchaba esta opinión meneando tristemente la cabeza. Es como si a un arquitecto se le dijese: «La casa construida por usted está mal cimentada, pero puede sobrevenir un terremoto y devolverle su equilibrio.» Todos estaban conformes en que la enferma entraba en una crisis, pero nadie, ni el propio señor Delviniotis, se atrevía a asegurar que no se terminase por la muerte.

Germana deliraba. No reconocía a nadie. En todos los hombres que se le acercaban creía reconocer a don Diego; en todas las mujeres a la señora Chermidy. Sus discursos confusos eran una mezcla de frases de cariño y de imprecaciones. A cada momento preguntaba por su hijo. Le presentaban al pequeño marqués y lo rechazaba con disgusto diciendo: «No es éste. Traedme a mi hijo mayor, al hijo de esa mujer. Estoy segura de que me lo ha robado.» El niño comprendía vagamente el peligro de su mamaíta, aun cuando no tuviese ninguna noción de la muerte. Veía llorar a todo el mundo y él también lloraba lanzando grandes gritos.

Se vio entonces cuán querida era la joven por todos los que le rodeaban. Durante ocho días los amigos de la familia acamparon en la casa, durmiendo donde podían, comiendo lo que encontraban y ocupándose exclusivamente de la enferma. Los dos médicos estaban encadenados a la cabecera de Germana. El capitán Bretignières no podía estarse quieto un momento; daba agitados paseos por la casa y el jardín; por todas partes no se oía más que el paso ruidoso de su pierna de madera. El señor Stevens abandonó sus asuntos, su tribunal y sus costumbres. La señora de Vitré se convirtió en enfermera a las órdenes de la condesa. Los dos Dandolo corrían mañana y noche a la ciudad en busca de médicos que no sabían qué decir y de medicamentos que no hacían nada. Los vecinos de los alrededores estaban ansiosos; las noticias de Germana se cotizaban a todas horas en los pequeños castillos de la vecindad. De todos lados afluían los remedios caseros, las panaceas secretas que se transmiten de padres a hijos.

Don Diego y Gastón de Vitré se asemejaban en su dolor. Se hubiera dicho que eran dos hermanos de la moribunda. El uno y el otro vivían apartados de los demás y se pasaban el día sentados bajo un árbol o sobre la arena, sumidos en un estupor mudo y sin lágrimas. Si el conde hubiese tenido lugar de ser celoso, lo habría estado de la desesperación del joven. Pero cada uno de los circunstantes estaba demasiado preocupado por el peligro de Germana para observar la fisonomía del vecino. Unicamente la señora de Vitré dirigía de cuando en cuando una mirada de ansiedad a su hijo, e inmediatamente corría a la cama de Germana, como si un instinto secreto le dijese que de ella dependía la salvación de Gastón.

La viuda de Villanera ofrecía un aspecto terrorífico. Aquella mujer alta, negra, sucia y despeinada, no lloraba más que su hijo, pero en sus grandes y azorados ojos se leía un poema de dolor. No hablaba con nadie, no veía a nadie y dejaba que sus huéspedes se hiciesen ellos mismos los honores de la casa. Todo su ser estaba consagrado a la salvación de Germana; toda su alma luchaba contra el peligro presente con una voluntad de hierro. Jamás el genio del bien había adoptado un aspecto más feroz y más terrible. Se leía en su rostro una abnegación furiosa, una amistad exasperada, una ternura irascible. No era ni una mujer ni una enfermera, sino un demonio femenino que disputaba su presa a la muerte.

En cambio el bueno de Mateo Mantoux tomaba dulcemente el sol. Como todos los señores se disputaban los quehaceres de los criados, el antiguo cerrajero se adjudicaba los ocios de un señor. Se informaba todas las mañanas de la salud de Germana, únicamente por saber si entraría en posesión muy pronto de sus 1.200 francos de renta. Atribuía la muerte de su ama al vaso de agua azucarada que le había preparado tan pacientemente todas las noches, y pensaba frotándose las manos que todo llega para el que sabe esperar. A mediodía hacía un segundo almuerzo, y para digerir bien, a estilo de propietario, se paseaba una o dos horas alrededor de la finca a la que había echado el ojo. Notaba que los setos estaban mal cuidados y se prometía reforzarlos, para que no pudiesen entrar los ladrones.

El 6 de septiembre, hasta el señor Delviniotis había perdido toda esperanza. Mateo Mantoux lo supo y se apresuró a escribir «a la señorita le Tas, en casa de la señora Chermidy, calle del Circo, París».

El mismo día, el señor Le Bris escribía al señor de La Tour de Embleuse:

«Señor duque: No me atrevo a llamarle a su lado. Cuando usted reciba esta carta, ya habrá dejado de existir. Cuide y consuele a la señora duquesa.»


XI

LA VIUDA CHERMIDY

La carta de Mantoux y la promesa formal de la muerte de Germana llegaron el 12 de septiembre a poder de la señora Chermidy.

La bella arlesiana había perdido ya las esperanzas y la paciencia. Nadie le escribía de Corfú; no sabía noticias de su amante ni de su hijo; el doctor, ocupado en cosas más importantes, ni siquiera le había dado el pésame por la muerte de su marido. Comenzaba a dudar del señor de Villanera y se comparaba a Calipso, a Medea, a la rubia Ariadna y a todas las abandonadas de la fábula. Algunas veces se extrañaba de ver que su despecho se convertía en amor, sorprendiéndose de suspirar sin testigos y con la mejor buena fe del mundo. El recuerdo de tres años pasados con el conde producía en su corazón una sensación mezcla de dolor y de placer. Se reprochaba, entre otras tonterías, el haberle tenido la brida demasiado corta y el haberse hecho tanto de desear; el no haberle saciado de dicha y el no haberle matado de ternura.

—Es culpa mía—pensaba—; lo he acostumbrado a privarse de mí. Si yo hubiese sabido apoderarme de él, me habría hecho necesaria para su vida. No hubiera tenido que hacer más que un signo para que abandonase a su mujer, a su madre, a todo, en fin.

Se preguntaba frecuentemente si la ausencia no la había perjudicado en el espíritu de don Diego. Meditaba sobre la locución popular: «Ojos que no ven, corazón que no siente». Pensaba en embarcarse para las islas Jónicas, en caer como una bomba en la casa de su amante y en apoderarse de él en una lucha heroica. Le bastaría un cuarto de hora para reanimar el fuego mal extinguido y para reanudar una costumbre que no estaba más que interrumpida. Se veía disputando con la anciana condesa y con Germana; ella sabría anonadarlas con su belleza, con su elocuencia, con su energía. Entonces se apoderaría de su hijo, huiría con él y la sonrisa irresistible del niño arrastraría al padre.

—¿Quién sabe—se decía—si una escena bien representada no mataría a la enferma? ¿No se ve a mujeres llenas de salud desmayarse en el teatro? Un buen drama representado por mí, tal vez la haría desmayar para siempre.

Un sentimiento más humano, y por lo tanto más verosímil, la hacía lamentar la ausencia de su hijo. Ella lo había llevado en sus entrañas y puesto en el mundo; era su madre, después de todo, y sentía haberse deshecho de él en provecho de otra. El amor materno encuentra alojamiento en todas partes; es un huésped sin prejuicios, que sufre la vecindad de las pasiones más bajas. Vive cómodamente en el corazón más depravado y en el alma más pervertida. La señora Chermidy derramó algunas lágrimas bien sinceras pensando que había alienado la propiedad de su hijo y abdicado del nombre de madre.

Era verdaderamente desgraciada. Es únicamente en el teatro donde la desgracia es privilegio de la virtud. No le hubieran faltado distracciones y para ello no tenía más que elegir, pero sabía por experiencia que el placer no consuela de nada. Desde hacía diez años su vida había sido agitada y ruidosa como una fiesta, pero a expensas de la paz del alma. No hay nada más vacío, más inquieto y más miserable que la existencia de una mujer que sólo vive para el placer. La ambición que la había sostenido desde su matrimonio, comenzaba ya a abandonarla; era como la caña hendida que se doblega bajo la mano del viajero. Era bastante rica para no desear el aumento de su fortuna; hay poca diferencia entre un millón de beneficios y quinientos mil francos de renta; algunos caballos más en las caballerizas, algunos lacayos más a la entrada, no añaden casi nada a la felicidad del dueño. Lo que la había halagado durante algún tiempo, era un nombre ilustre que pasear por el mundo. Hasta pensó más de una vez en procurárselo por la vía legítima, y encontró cincuenta para elegir; siempre hay nombres a la venta en París. Pero tenía el derecho a mostrarse exigente: ¡cuando se ha llevado el de Villanera! No se decidió.

Mientras tanto, concibió la extravagante idea de dar un sucesor público a don Diego. Quizá cuando viese su tesoro en manos de otro acudiera a reclamarlo. Pero también temía proporcionar con ello armas a sus enemigos; Germana no estaba salvada aún; era jugarse el todo por el todo y se exponía a cerrarse las puertas del matrimonio. Además, por mucho que buscase a su alrededor, no encontraba un hombre que valiese un capricho ni que fuese digno de sustituir por un solo día al señor de Villanera. Los supernumerarios que la hacían la corte en el salón, no supieron nunca cuán cerca habían estado de la dicha.

Para ocupar sus ocios, no encontró nada mejor que acabar la ruina moral del anciano duque. Cumplió la tarea que se había impuesto con la atención minuciosa, el cuidado paciente y la perseverancia infatigable de aquella sultana aburrida que, en la ausencia del señor, arranca una a una todas las plumas de un viejo loro.

Hubiera preferido, desde luego, vengarse directamente de Germana; pero Germana estaba lejos. Si la duquesa se hubiese encontrado a su alcance, hubiera dado la preferencia a la duquesa. Pero la duquesa no salía de su habitación más que para ir a la iglesia: la señora Chermidy no podía encontrarla allí, porque no iba nunca. Hubiera podido también matar de hambre a la ducal familia; pero la operación requería tiempo. Al volver a tener dinero, el señor de La Tour de Embleuse había levantado de nuevo su crédito. La hermosa enemiga de la familia no tenía más que al duque en su poder; juró hacerle perder la cabeza, y lo consiguió.

En los baños rusos, cuando el paciente sale de la abrasadora estufa, cuando su cuerpo se ha acostumbrado gradualmente a un alta temperatura, cuando el calor ha dilatado ampliamente sus poros y su rostro se esponja como una peonía en flor, se le conduce suavemente bajo un grifo de agua fría; una ducha glacial le cae sobre la cabeza y el frío le penetra hasta la medula. La señora Chermidy trató al duque por el mismo procedimiento. «A los rusos les sienta bien, pensaba; al viejo le sentará mal.» Fue víctima de la coquetería más odiosa que haya torturado jamás el corazón de un hombre. La señora Chermidy le persuadió de que le amaba, le Tas se lo juró, y si se hubiera contentado con palabras, habría sido el sexagenario más dichoso de París. Se pasaba la vida en la calle del Circo, y sufría un verdadero martirio. Derrochaba todos los días tanta elocuencia y pasión, tantos razonamientos y ruegos, tanta verdadera y falsa lógica como J. J. Rousseau en La Nueva Eloísa; todas las noches lo ponían a la puerta con buenas palabras. Juraba no volver más; empleaba una larga noche de insomnio en maldecir al autor de su suplicio, y al día siguiente corría a casa de su verdugo con una impaciencia senil. Toda su inteligencia, toda su voluntad, todos sus vicios se habían absorbido y confundido en aquella pasión única. No era ya ni marido, ni padre, ni hombre, ni caballero; era sencillamente el juguete de la señora Chermidy.

La experiencia dio tan buenos resultados, que el pobre hombre, fuese dichoso, fuese desgraciado, había de dejar la vida en ella. Un suplicio prolongado lo mataba lentamente; la gracia que pedía lo hubiera matado de repente.

Después de un verano de sufrimientos cotidianos, sus facultades intelectuales habían descendido sensiblemente. Casi no tenía ya memoria; por lo menos olvidaba todo lo que no se refería a su amor. No se interesaba por nada; los asuntos privados y públicos, su casa, su mujer, su hija, todo le era indiferente y extraño. La duquesa le cuidaba como a un niño cuando por casualidad se quedaba a su lado; desgraciadamente no era aún bastante niño para que se le pudiese encerrar en casa.

Cuando recibió la carta del doctor Le Bris la releyó dos o tres veces sin comprenderla. Si la duquesa hubiera estado allí, le habría rogado que se la leyese y se la explicase. Pero rompió el sobre cuando ya había salido para dirigirse a toda prisa a la calle del Circo y no quiso desandar lo andado. A fuerza de leerla, adivinó que se trataba de su hija, se encogió de hombros y se dijo sin acortar el paso:

—Ese Le Bris es siempre el mismo. Yo no sé qué tiene contra mi hija. La prueba de que no está para morir, es que se encuentra bien.

No obstante, reflexionó que el doctor podía muy bien decir verdad. Esta idea le produjo terror.

—Sería una gran desgracia para nosotros—decía corriendo con toda la velocidad de sus piernas—. Soy un padre sin consuelo. No hay tiempo que perder. Voy a anunciárselo a Honorina. Ella me comprenderá, porque tiene buen corazón. Ella tendrá piedad de mí, enjugará mis lágrimas, y, quién sabe si...

Cuando entró en el salón, sonreía con aire embrutecido.

Nunca la señora Chermidy había estado tan bella y tan radiante. Su cara parecía un sol; el triunfo relampagueaba en sus ojos; su sillón parecía un trono, y su voz sonaba como un clarín. Se levantó para recibir al duque; sus pies no tocaban sobre la alfombra y su cabeza, soberbia de alegría, parecía ascender hasta el techo. El viejo se detuvo atontado y jadeante al verla de tal modo transfigurada. Balbució algunas palabras ininteligibles y se dejó caer pesadamente en un sillón.

La señora Chermidy fue a sentarse a su lado.

—¡Buenos días, señor duque!—exclamó—. Buenos días, y adiós.

El duque palideció y repitió estúpidamente:

—¿Adiós?

—Sí, adiós. ¿No me pregunta usted a dónde voy?

—Sí.

—Pues bien, esté satisfecho. Voy a Corfú.

—A propósito—dijo él—. Creo que mi hija ha muerto. El doctor me lo ha escrito esta mañana. Soy muy desgraciado, Honorina, y debería usted tener piedad de mí.

—¡Ah! ¡es usted desgraciado! ¡y la duquesa también es muy desgraciada! ¡Y la vieja Villanera debe de llorar lágrimas negras sobre sus mejillas bronceadas! Pero yo, no; yo río, triunfo, reino; y la enterraré y después me casaré. ¡Ya ha muerto! ¡Al fin ha pagado su deuda! ¡al fin me devuelve todo lo que me había robado! ¡y entraré en posesión de mi amante y de mi hijo! ¿Por qué me mira usted con esos ojos de extrañeza? ¿Es que creía usted que iba a contenerme? Ya he hecho bastante con devorar mi rabia durante ocho meses. Tanto peor para aquellos a quienes mi dicha ofusque; no tienen más que cerrar los ojos.

Aquella alegría desenfrenada pareció devolver al anciano una apariencia de razón. Se levantó con energía y dijo a la viuda:

—¿Piensa usted en lo que está haciendo? ¡Usted se regocija delante de mí de la muerte de mi hija!

—Y en cambio usted—contestó impúdicamente—se ha regocijado de su vida. ¿Quién es el que se tomaba la molestia de traerme sus noticias? ¿Quién es el que venía todos los días a decirme en la cara: está mejor? ¿Quién es el que me obligaba a leer sus cartas y las del médico? Hace casi ocho meses que usted me estaba asesinando con su salud. ¡Qué menos que un cuarto de hora para regalarme con su muerte!

—Pero, Honorina, ¡usted es una mujer horrible!

—Sé perfectamente lo que soy. Si su hija de usted hubiera vivido, como ha estado a punto de ocurrir, no se habría ocultado de mí. Hubiera paseado todos los días por el Bosque, con don Diego, con mi hijo, ¡y yo les hubiera visto desde mi coche! Hubiera habitado en un palacio, en París, y yo me habría consumido a la puerta. Hubiera puesto en sus tarjetas de visita el nombre de Villanera, que es el mío; me parece, ¡caramba!, que lo he ganado bien. ¿Y no quiere usted que ahora tome mi desquite?

—¿Pero es que aun ama al señor de Villanera?

—¡Pobre duque! ¿Es que cree usted que de la noche a la mañana se puede olvidar a un hombre como don Diego? ¿Usted cree que se echa un niño al mundo, como el mío, que ha nacido marqués, para hacer un regalo a una tísica? ¿Admite usted que yo haya pedido a Dios durante tres años la muerte de mi marido, yo que no rezo nunca, para no hacer nada de mi libertad? ¿Usted supone que Chermidy se ha hecho matar en Ky-Tcheou para que yo quede viuda a perpetuidad?

—¿Así va usted a casarse con el conde de Villanera?

—¡Claro!

—¿Y yo?

—¿Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ahí debería haber empezado.

—¿Y qué voy a decirle?

—Dígale lo que quiera. Adiós; tengo que hacer mis baúles. ¿Tiene usted necesidad de dinero?

El duque hizo un gesto de disgusto que advirtió la señora Chermidy.

—¿Es que le repugna nuestro dinero? ¡A su gusto! no le daremos más.

El anciano salió sin saber lo que se hacía, como un hombre borracho. Erró por las calles hasta la noche. Hacia las diez sintió hambre. Montó en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el señor de Sanglié casi no lo reconoció.

—¿Qué mala hierba ha pisado usted?—le preguntó el barón—. Tiene usted la cara trastornada y parece que va a caerse. Siéntese y hablaremos.

—Con mucho gusto—dijo el duque.

—¿Cómo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de hacer ninguna visita.

—¿Que cómo va la duquesa?

—Sí.

—Creo que va a llorar.

—Está loco—pensó el barón.

El duque añadió sin cambiar de tono:

—Me figuro que Germana ha muerto y que Honorina se alegra de ello. Encuentro eso horrible y así se lo he dicho a ella misma.

—¡Germana! ¡Vamos, pobre amigo mío, piense usted en lo que dice! ¡Germana! ¿Ha muerto la señora de Villanera?

—La señora de Villanera es Honorina. Va a casarse con el conde. Tome usted, aquí tengo la carta. Pero, ¿qué piensa usted de la conducta de Honorina?

El barón leyó de una ojeada la carta del doctor.

—¿Hace mucho que sabe usted eso?—preguntó.

—Desde esta mañana, cuando iba a casa de Honorina.

—¿Y la duquesa sabe algo?

—No, no sé cómo decírselo... Quería preguntárselo a Honorina...

—¡Ea! ¡Que se vaya al diablo Honorina!

—Es lo que yo digo.

Llamaron al barón para el whist y respondió, sin levantarse, que estaba ocupado, rogando a un amigo que tomase su puesto. Quería acabar la confesión, pero el duque le interrumpió diciéndole con voz ronca:

—Tengo hambre. Aun no he comido hoy.

—¿De veras?

—Sí; hágame servir un cubierto. También tendrá usted que prestarme dinero, no me queda nada.

—¡Cómo!

—Sí, sí; yo tenía un millón, pero se lo he dado a Honorina.

El duque comió con el apetito voraz de un loco. Después, sus ideas parecieron aclararse. Era un espíritu fatigado más bien que enfermo. Contó al barón la pasión insensata que lo consumía desde hacía seis meses; le explicó cómo se había despojado de todo por la señora Chermidy.

El barón era un hombre excelente y quedó tristemente impresionado al oír que aquella casa que había visto levantarse en pocos meses había caído más bajo que nunca. Compadeció sobre todo a la duquesa que debía infaliblemente sucumbir a tantos golpes, y tomó sobre sí la tarea de anunciarle gradualmente la enfermedad y la muerte de Germana, aplicándose a fortificar el debilitado entendimiento del viejo duque. Se tranquilizó sobre las consecuencias de su loca generosidad: era evidente que el señor de Villanera no dejaría en la miseria a su suegro. Al mismo tiempo pudo estudiar, a través de las confesiones y de las reticencias del anciano, el carácter singular de la señora Chermidy.

La autoridad de un espíritu sano es muy eficaz sobre un cerebro enfermo. Después de dos horas de conversación, el señor de La Tour de Embleuse desembrolló el caos de sus ideas, lloró la muerte de su hija, temió por la salud de su esposa, lamentó las tonterías que había hecho y estimó a la señora Chermidy en su justo valor. El señor de Sanglié le dejó a la puerta de su casa muy aliviado, ya que no curado.

Al día siguiente, temprano, el barón hizo una visita a la duquesa. Detuvo en el umbral al duque que se disponía a salir y le obligó a entrar con él. Durante tres días no le quitó la vista de encima; lo paseó, lo llevó a diversiones y consiguió distraerle del único pensamiento que lo agitaba. El 16 de septiembre lo condujo al hotel de la implacable Honorina y le probó, preguntándolo al conserje, que había partido con le Tas para las islas Jónicas.

El duque pareció emocionarse menos de lo que se hubiera creído. Vivió apaciblemente encerrado en su casa, tuvo toda clase de atenciones para con su esposa y le demostró, con una delicadeza extrema, que Germana nunca había estado curada y que debía esperarse lo peor. Se interesó en los menores detalles domésticos, reconoció la necesidad de hacer algunas compras, pidió 2.000 francos a su amigo Sanglié, guardó el dinero, y el 20 de septiembre por la mañana partió para Corfú sin haberse despedido de nadie.


XII

LA GUERRA

El día 8 de septiembre, Germana, que había sido condenada sin apelación por la ciencia, equivocó a los médicos y a sus amigos, y empezó a convalecer. La fiebre que la devoraba remitió en pocas horas como esas grandes tormentas de los trópicos que arrancan de raíz los árboles, derriban las casas, conmueven las montañas, y un rayo de sol detiene en medio de su carrera.

Esta feliz revolución se operó tan bruscamente, que el señor Gómez y la condesa no daban crédito a la realidad. Aunque el hombre se habitúa antes a la dicha que al dolor, sus corazones permanecieron varios días en suspenso. Temían ser víctimas de una ilusión; no se atrevían a felicitarse de un milagro tan poco esperado, y se preguntaban si esa apariencia de curación no era el supremo esfuerzo de un ser que se aferra a la vida, el postrer relámpago de una lámpara que se apaga.

Pero el doctor Le Bris y el señor Delviniotis comprobaron por señales inequívocas que los males de aquel pobre cuerpo habían terminado. La inflamación reparó en ocho días todos los destrozos de una larga enfermedad; la crisis había salvado a Germana; el terremoto había vuelto a poner la casa sobre su base.

A la joven le parecía naturalísimo vivir y haber curado. Gracias al delirio producido por la fiebre, pasó junto a la muerte sin darse cuenta, y la violencia del mal le había quitado la conciencia del peligro. Despertó como un niño sobre el brocal de un pozo, sin medir la profundidad del abismo. Cuando le dijeron que había estado a punto de morir y que sus amigos desconfiaban de salvarla, quedó muy sorprendida. No sabía de cuán lejos regresaba. Y al prometerle que viviría mucho tiempo y que ya no sufriría, miró con ternura al crucifijo de marfil que tenía sobre la cabecera de su cama y dijo con una alegría dulce y confiada:

—El Señor me debía eso; ya he pasado el purgatorio.

En poco tiempo recobró las fuerzas, y no tardó en florecer la juventud en sus mejillas. Se habría dicho que la Naturaleza se apresuraba en adornarla para la dicha. Entró en posesión de la vida con la alegría impetuosa de un pretendiente que de un salto se encarama sobre el trono de sus padres. Habría querido estar en un mismo momento en todos lados, gozar a un mismo tiempo de todos los placeres que le habían sido devueltos, del movimiento y del reposo, de la soledad y de la compañía, de la claridad deslumbradora de los días y del suave resplandor de las noches. Sus manecitas se aferraban con delicia a todo cuanto la rodeaba. Abrumaba con sus caricias a su marido, a su suegra, al niño, a sus amigos. Sentía la necesidad de manifestar su dicha en mil ternuras. A veces lloraba sin motivo. Pero eran lágrimas dulces. El pequeño Gómez con sus besos las enjugaba en el borde de sus ojos, como los pajaritos beben el rocío en el cáliz de una flor.

Todo es causa de placer para los convalecientes. Las funciones más indiferentes de la vida constituyen una fuente de delicias inefables para el que ha visto próxima la muerte. Todos sus sentidos vibran al menor contacto del mundo exterior. El calor del sol les parece más dulce que un manto de armiño; la luz alegra sus ojos como una caricia, el perfume de las flores le embriaga, los rumores de la Naturaleza llegan a su oído como una suave melodía, y el pan le parece bueno.

Los que habían compartido los sufrimientos de Germana, se sentían renacer con ella. Su convalecencia restableció prontamente a todos los que estuvieron asociados a sus dolores. A su alrededor ya no hubo señales de preocupación, y la alegría hizo palpitar a todos los corazones al unísono. Quedaron olvidadas todas las fatigas y todas las angustias; la dicha reinó en el hogar; el primer día bueno borró de todos los rostros la huella de las vigilias y de las lágrimas. Los huéspedes de la villa Dandolo no pensaban en regresar a sus casas. Unidos por la felicidad, como lo habían estado por la inquietud, se agrupaban alrededor de Germana, como una familia bien avenida alrededor de un niño mimado. El día en que le escribieron a la duquesa de La Tour de Embleuse, para comunicarle la salvación de su hija, cada uno quiso ponerle algo en la carta a la venturosa madre, y la pluma fue pasando de mano en mano. Esta carta llegó a París el 22 de septiembre, dos días después del eclipse del anciano duque.

La señora Chermidy y su inseparable le Tas desembarcaron el 24 por la noche en la ciudad de Corfú. La viuda del comandante había hecho las maletas a toda prisa. Apenas si tomó el tiempo preciso para reunir cien mil francos para el salario de Mantoux y gastos imprevistos. Le Tas le aconsejó que aguardase en París noticias más positivas; pero se cree con tanto gusto lo que se desea, que la señora Chermidy ya daba a Germana por enterrada.

De Trieste a Corfú hizo el viaje en el puente con los gemelos siempre en la mano, para ser la primera en anunciar la tierra. Hubiera querido detener a todos los barcos que pasaban a la vista, para preguntarles si no llevaban carta para ella. Se informó si llegarían por la mañana, pues no se sentía con fuerzas para pasar una noche más en la espera y tenía el propósito de dirigirse inmediatamente a la villa Dandolo. Su impaciencia se revelaba hasta el punto de que los pasajeros de primera la designaban con el nombre de la heredera, y en voz baja se decía que iba a Corfú a incautarse de una herencia cuantiosa.

Hizo bastante mala mar durante dos días, y todo el pasaje se mareó a excepción de la heredera de Germana, que no tenía tiempo para notar los vaivenes del barco. Quizás ni aun sus pies tocaban la cubierta del vapor. Tal era su ligereza que volaba en vez de marchar, y cuando por casualidad se dormía soñaba que nadaba en el aire.

Cuando el buque fondeó en el puerto era noche cerrada, y ya habían dado las nueve cuando los pasajeros y sus equipajes llegaron a tierra. La vista de las lucecitas diseminadas que brillaban aquí y acullá en la ciudad, produjo un efecto desagradable a la señora Chermidy. Al llegar al término de un viaje, la esperanza que nos había llevado hasta allí con sus alas nos falta, y caemos rudamente sobre la realidad. Lo que nos parecía más seguro queda velado por la duda; no contamos ya con nada y empezamos a esperarlo todo. Nos sobrecoge el frío, sea cual fuere el ardor de las pasiones que nos animan; nos sentimos inclinados a creer lo peor, nos pesa haber emprendido el viaje y quisiéramos retroceder.

La impresión es tanto más penosa cuando ya no estamos solos y llegamos a un país menos conocido. Si nadie nos espera en el puerto y nos vemos abandonados entre las garras de esos faquines políglotas que zumban alrededor de los viajeros, nuestro primer sentimiento es una mezcla de desprecio, repugnancia y desaliento. La señora Chermidy llegó muy disgustada al hotel de Trafalgar.

Esperaba enterarse a su llegada de la muerte de Germana, y lo primero de que se enteró fue de que la lengua francesa no está muy extendida en los hoteles de Corfú, y como entre la señora Chermidy y le Tas no poseían más lengua extranjera que el provenzal, no hay que decir que con ella tampoco adelantaban nada. Les fue preciso recurrir a un intérprete, y cenar mientras lo esperaban. El intérprete llegó cuando el dueño del hotel ya se había acostado, y hubo de levantarse gruñendo y protestando de que se le molestase para asuntos que nada le importaban. Le eran desconocidos los señores de Villanera, y le parecía dudoso que hubiesen estado en la isla, pues todos los viajeros distinguidos se hospedaban en Trafalgar Hotel. No se podía suponer que si los señores de Villanera eran «gente bien» se hubiesen ido a otra parte. El hotel de Inglaterra, el de Albión, el Victoria, eran establecimientos de último orden, indignos de hospedar a los señores de Villanera.

Dicho esto, el hotelero se acostó, y el intérprete ofreció ir en seguida en busca de informes. Estuvo ausente una gran parte de la noche, y le Tas se durmió esperándole. La señora Chermidy tascó el freno, no sin que más de una vez encontrara sorprendente que una persona que tenía cien mil francos en su poder no pudiese adquirir una noticia tan sencilla. Despertó a la pobre le Tas que ya no podía más, y ésta le aconsejó que durmiera y no se pudriera la sangre.

—Ya comprendes—le dijo—que si la pequeña ha emprendido el viaje al otro mundo, no se habrán entretenido en colgar la población de negro. No sabremos nada hasta que vayamos al campo. Todos deben conocer la villa Dandolo. Acuéstate tranquilamente, y mañana será otro día. ¿A qué te expones? Con seguridad que si ha muerto no resucitará esta noche.

Iba la señora Chermidy a seguir el consejo de su prima, cuando el comisionista del hotel llegó con gran alboroto a comunicarle que los señores de Villanera habían desembarcado en la isla en el mes de abril, con su médico y toda la servidumbre; que los habían llevado a la villa Dandolo, y que debía haber muerto hacía ya tiempo si es que no se encontraba mejor a estas horas. La viuda, impaciente, puso al empleado en la puerta, se echó luego sobre la cama y durmió bastante mal.

A la mañana siguiente tomó un coche y se hizo llevar a la villa Dandolo. El cochero no supo decirle lo que le interesaba, y los campesinos que encontró en el camino oyeron sus preguntas sin comprenderlas. Todas las casas que veía se le antojaban la villa Dandolo, pues en realidad se parecen mucho unas a otras en la isla. Cuando el cochero le señaló un tejado de pizarras oculto entre los árboles, se apretó el corazón con ambas manos. Consultaba con gran atención la fisonomía del paisaje para ver si le anunciaba la gran noticia que ardía en deseos de conocer. Desgraciadamente los jardines, los caminos y los bosques son testigos impasibles de nuestras alegrías y de nuestros dolores. Si se interesan por nuestra muerte, lo disimulan admirablemente, pues los árboles del parque no se visten de luto por la muerte de su dueño.

La señora Chermidy paladeaba la lentitud de los caballos. Habría querido subir al galope la escalinata que conducía a la villa. No podía contenerse; iba de una ventanilla a la otra, interrogando la casa y los campos y buscando una figura humana. Por fin saltó a tierra, corrió hacia la villa, encontró todas las puertas abiertas y no vio a nadie. Retrocedió y penetró en el jardín del Norte; estaba desierto. Una puertecita y una escalerilla llevaban al jardín del Mediodía. Se lanzó por ella y se aventuró por las avenidas.

A la sombra de un corpulento naranjo, por el lado de la playa, divisó a una mujer vestida de blanco, que se paseaba con un libro en la mano. Estaba demasiado lejos para reconocerla, pero el color del vestido le dio que pensar. No se llevan trajes blancos en una casa donde hay luto. Todas las observaciones que había hecho durante cinco minutos combatían en su espíritu. El abandono casi absoluto de la villa podía hacer creer en la muerte de Germana; las puertas abiertas, los criados ausentes, los dueños en viaje, pero, ¿para dónde? Quizás para París. Mas, ¿cómo no sabían nada en la ciudad? ¿Habría curado Germana? Imposible en tan poco tiempo. ¿Estaba todavía enferma? En ese caso la cuidarían y no dejarían las puertas abiertas. No se atrevía a aproximarse a la paseante blanca, cuando de pronto un niño entró corriendo en la avenida y se perdió entre los árboles, como un conejo asustado que atraviesa un sendero del bosque. Reconoció en aquel niño a su hijo y recobró su audacia.

—¿Qué es lo que temo?—pensó—. Nadie tiene derecho a echarme de aquí. Que esa mujer viva o que haya muerto, soy madre y vengo a ver a mi hijo.

Dirigiose rectamente hacia el niño. El pequeño Gómez sintió miedo al ver a aquella mujer enlutada, y escapó corriendo hacia su madre. La señora Chermidy dio algunos pasos tras él y se detuvo en seguida en presencia de Germana.

Germana se hallaba sola en el jardín con el marqués de los Montes de Hierro. Sus huéspedes acababan de despedirse de ella; la condesa y su hijo habían ido a acompañar a la señora de Vitré; el doctor se marchó a la ciudad con los Dandolo y Delviniotis. La casa estaba en poder de los criados, que dormían la siesta, según costumbre, donde el sueño los había sorprendido.

La señora Chermidy reconoció a la primera ojeada a la mujer que sólo una vez había visto, y a la que no esperaba encontrar en este mundo. No obstante su serenidad y estar dotada por la Naturaleza de un alma bien templada, retrocedió un paso largo, como el soldado que ve hundirse el puente que él iba a atravesar. No era mujer que se alimentase de quimeras; comprendió su posición y de un salto llegó hasta las últimas consecuencias. Vio a su rival curada y bien curada, a su amante confiscado, su hijo en manos de otra y su porvenir estropeado. La caída fue tanto más ruda cuanto que la hermosa ambiciosa caía de lo más alto. Después de haber amontonado montaña sobre montaña hasta las puertas del cielo, los titanes de la fábula no sintieron más duramente el rayo que los aniquilaba.

El odio que la viuda sentía por la joven condesa desde el día en que había empezado a temerla se elevó súbitamente a proporciones colosales, como esos árboles de teatro que el maquinista hace brotar del suelo y subir hasta los frisos. La primera idea que atravesó su mente fue la de un crimen. En sus músculos sintió estremecerse una fuerza centuplicada por la rabia. Preguntose por qué con sus manos no rompía el obstáculo tan sutil que la separaba de su dicha, y por un instante fue la hermana de aquellas Thyades que desgarraban en pedazos los leones y los tigres vivos. Se arrepintió de haber dejado olvidado en el hotel Trafalgar un puñal corso, joya terrible, que en todos lados colocaba sobre el ábaco de la chimenea. La hoja era azul como el muelle de un reloj, larga y flexible como la ballena de un corsé; la empuñadura era de ébano con incrustaciones de plata, y la vaina de platino grabado. Con el pensamiento corrió hasta esa arma familiar, la empuñó con la imaginación y la acarició. Pensó en seguida en el mar que batía muellemente la ladera del jardín. Nada más fácil ni más tentador que llevar hasta allí a Germana, como el águila se lleva a un cordero blanco por el aire, y tenderla bajo tres pies de agua, ahogar sus gritos bajo las olas y comprimir sus esfuerzos hasta el momento en que una convulsión postrera hiciera una nueva condesa de Villanera.

Afortunadamente la distancia es mayor entre el pensamiento y la acción que entre los brazos y la cabeza. Además el pequeño Gómez estaba allí y su presencia quizás salvó la vida de Germana. Más de una vez, para paralizar una mano criminal, basta la mirada límpida de un niño. Los seres más pervertidos experimentan un respeto involuntario ante esa edad sagrada y aun más augusta que la vejez. La vejez es como un agua en reposo que ha dejado caer al fondo todas las impurezas de la vida; la infamia es una fuente escapada de la montaña: se la agita sin enturbiarla, porque es pura hasta el fondo. Los ancianos poseen la ciencia del bien y del mal; la ignorancia de los niños es como la nieve inmaculada de la Jungfrau que nada ha mancillado, ni aun la huella del pie de un pájaro.

La señora Chermidy, concibió, acarició, debatió y rechazó la idea de un crimen mientras cerraba la sombrilla y saludaba a Germana, que no la conocía.

Germana la acogió con esa gracia y esa cordialidad que es privativa de los venturosos en el mundo. La visita de una desconocida no tenía para ella nada de sorprendente. Casi diariamente recibía personas de la vecindad que se habían interesado por su curación y que iban a felicitarla por haber recobrado la salud. La viuda inició la conversación con unas cuantas palabras incoherentes que daban idea del tumulto de sus pensamientos.

—Señora—le dijo—, usted no esperaba seguramente... yo tampoco esperaba... Si hubiese sabido... Acabo de llegar de París, señora. Su señor padre, el duque de La Tour de Embleuse, que me honra con su amistad...

—¿Usted conoce a mi padre, señora?—interrumpió vivamente Germana—. ¿Hace poco que lo ha visto usted?

—Hace ocho días.

—Permítame, pues, que la bese. ¡Mi pobre padre! ¿Cómo está? Nos escribe rara vez. Deme noticias de mi madre.

La señora Chermidy se mordió los labios.

—No esperaba, señora—dijo sin contestar a la pregunta—, encontrarla tan bien. La última carta que el señor duque recibió de Corfú...

—Sí, efectivamente, señora; había llegado ya al último extremo, pero no me han querido en el cielo. Pero siéntese a mi lado. A la hora presente mi padre y mi madre ya estarán tranquilos. ¡Oh, estoy completamente restablecida! Debe conocerse, ¿no es verdad? Míreme usted bien.

—Sí, señora. Por lo que en París nos dijeron, ha sido un milagro.

—Un milagro del cariño y del amor, señora. ¡La condesa, mi madre, es tan buena! ¡Mi marido me quiere tanto!

—¡Ah!... ¡Qué niño tan lindo ése que juega allí bajó! ¿Es de usted, señora?

Germana se levantó del banco, miró a la viuda y retrocedió atemorizada, como si hubiese pisado una serpiente.

—¡Señora!—dijo a la desconocida—, usted es la señora Chermidy.

Esta se levantó a su vez y avanzó hacia Germana como para pasar sobre su cuerpo y contestó:

—Sí, soy la madre del marqués y la esposa, ante Dios, de don Diego. ¿En qué me ha reconocido?

—Por el tono con que ha hablado del niño.

Fue dicho esto tan dulcemente, que la señora Chermidy se sintió sobrecogida por un sentimiento extraño. La cólera, la sorpresa y todas las emociones que la ahogaban, se resolvieron en un hondo sollozo, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas. Germana ignoraba que se llorase de rabia. Compadeció a su enemiga y exclamó ingenuamente:

—¡Pobre mujer!

Las dos lágrimas se secaron instantáneamente, como las gotas de lluvia que caen en un cráter.

—¡Pobre mujer, yo!—replicó con dureza la señora Chermidy—. ¡Bueno, sí, soy digna de compasión porque he sido engañada, porque han abusado de mi buena fe, porque el cielo y la tierra unidos han conspirado para traicionarme, porque me han robado un nombre, una fortuna, al hombre que yo amaba y al hijo al que di vida entre dolores y sollozos!

Germana quedó sobrecogida de espanto ante aquella explosión de ira, y sus ojos se volvieron hacia la casa como en demanda de auxilio.

—Señora—dijo temblorosa—, si para eso ha venido usted a mi casa...

—¡A su casa! ¿No llama usted a sus criados para hacerme arrojar de su casa? ¡Realmente, es curioso que sea yo quien esté en su casa de usted! ¡Pero si usted no tiene nada que no proceda de mí! ¡Su marido, su hijo, su fortuna y hasta el mismo aire que respira, todo procede de mí, todo me pertenece, todo lo tiene usted en depósito porque yo se lo he confiado; me lo debe usted todo y nunca me reembolsará! Usted vegetaba en París sobre un mal camastro; los médicos la habían desahuciado, no le quedaban ni tres meses de vida, ¡así me lo habían prometido! ¡Su padre y su madre de usted se morían de hambre! Sin mí, la familia de La Tour de Embleuse no sería más que un montón de polvo en la fosa común. ¡Yo se lo he dado a usted todo, padre, madre, marido, hijo y la vida, y se atreve usted a decirme en mi cara que estoy en su casa! ¡Es preciso ser bien ingrata!

Era difícil contestar a esta elocuencia salvaje. Germana cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:

—Señora, en vano sondeo mi conciencia; no me puedo encontrar culpable de nada como no sea de haber curado. Jamás he contraído ningún compromiso con usted, por la sencilla razón de que ésta es la primera vez que la veo. Cierto es que sin usted hace tiempo que me hubiese muerto; pero si usted me ha salvado ha sido sin querer, y la prueba mejor es que acaba de reprocharme el aire que respiro. ¿Ha sido usted la que me dio por esposa al conde de Villanera? Es posible. Pero me eligió usted porque me creía condenada a muerte sin remedio. Por eso no le debo ninguna gratitud. Ahora, ¿qué puedo hacer para serle útil? Estoy dispuesta a todo, menos a morir.

—Yo no le pido nada; no quiero nada; no espero nada.

—¿Entonces qué ha venido a hacer usted aquí?... ¡Dios mío! ¡Me creía usted enferma y esperaba encontrarme muerta!

—Estaba en mi derecho. Pero he debido tomar informes respecto a su familia: ¡los La Tour de Embleuse no han pagado nunca sus deudas!

Al oír esta grosería, Germana perdió la paciencia y replicó:

—Señora, ya está usted viendo que me encuentro bien. Puesto que únicamente había venido para enterrarme, su misión ha terminado, y nada tiene ya que hacer aquí.

La señora Chermidy se instaló resueltamente en el banco de piedra diciendo:

—No me iré sin haber visto a don Diego.

—¡Don Diego!—exclamó la convaleciente—. ¡No lo verá usted! No quiero que él la vea. Escúcheme atentamente, señora. Estoy aún muy débil, pero encontraré las fuerzas de las leonas para defender mi felicidad. No es que yo dude de él: es bueno, me quiere como a una hermana y no tardará en quererme como a esposa. Pero no quiero que su corazón se desgarre entre lo pasado y lo porvenir. Sería odioso obligarle a elegir entre nosotras. Además, usted debe de haber comprendido que ya ha hecho su elección, puesto que no le ha escrito más.

—¡Criatura! ¡No has podido conocer lo que es el amor en medio de las tisanas! ¡No sabes el imperio que tomamos sobre el hombre a fuerza de hacerlo dichoso! No has visto los hilos de oro, más finos y más tupidos que los de la tela de araña, que tejemos alrededor de su corazón! No he venido sin armas a declararte la guerra. Traigo conmigo el recuerdo de tres años de pasión satisfecha y nunca saciada. Eres libre de oponer a todo eso tus besos fraternales y tus caricias de colegiala. ¿Quizás crees que has apagado el fuego que yo encendí? ¡Espera que yo sople en él, y verás qué incendio!

—Usted no le hablará. Si él fuera bastante débil para acceder a esa fatal entrevista, su madre y yo sabríamos impedirlo.

—¡Bastante me preocupo yo de su madre! Tengo derechos sobre él yo también, y los haré valer.

—No sé qué derechos pueda alegar una mujer que se ha comportado como usted, pero sé que la Iglesia y la ley me han dado al conde de Villanera el día en que ellas me dieron a él.

—Oiga usted; le abandono el libre dominio de todos los bienes que usted posee. Viva, sea dichosa y rica; haga la felicidad de su familia, cuide de sus padres en sus últimos días, pero déjeme a don Diego. Nada es para usted todavía, según usted mismo me ha confesado. No ha sido su esposo, ha sido su médico, su enfermero, el ayudante del doctor Le Bris.

—Es todo para mí, señora, puesto que le amo.

—¡Ah, es así! Pues bien, cambiemos de nota. ¡Devuélvame a mi hijo! Es mío; y supongo que convendrá usted en ello. Cuando se lo cedí, puse condiciones. Como usted no ha cumplido su palabra yo retiro la mía.

—Señora—respondió Germana—, si usted quisiera a ese niño no pensaría en despojarlo de su nombre y su fortuna.

—¡No me importa! Lo quiero para mí, como todas las madres. Prefiero tener un bastardo a quien besar todas las mañanas, que oír a un marqués que le llame a usted mamá.

—Sé—repuso Germana—que el niño era de usted; pero usted lo dio. Ni usted puede reclamarlo ni menos yo entregárselo.

—Lo pediré ante los tribunales. Revelaré el misterio de su nacimiento. Nada arriesgo al presente: mi marido ha muerto, y ya no me matará.

—Perderá usted el pleito.

—Pero lograré armar un gran escándalo. ¡Ah, la señora de Villanera tiene en mucho su nombre! ¡Se han cometido infamias para el mayor lustre del apellido de los Villanera! Le aferraré por las orejas a ese título que Italia disputa a España! ¡Lo arrastraré del juzgado de primera instancia al más alto tribunal; haré que lo impriman en todos los periódicos; será la comidilla de las tabernas de París; lo haré publicar en las Pequeñas causas célebres, y la condesa vieja reventará de rabia! ¡Y ya pueden decir los abogados y sentenciar los jueces! Perderé el pleito, pero todos los futuros Villanera estarán tachados de Chermidy!

Hablaba con tal calor que su discurso llamó la atención del marqués. Se hallaba a diez pasos de distancia, gravemente ocupado en plantar ramas en la arena para hacer un jardincito. Abandonó su tarea y fue a colocarse delante de la señora Chermidy, con un bracito en jarras. Al verle aproximar, Germana dijo a la viuda:

—Preciso es, señora, que la pasión la extravíe, pues hace una hora que está reclamando al niño, y todavía no se le ha ocurrido besarlo.

El marqués presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su terrible madre, en esa media lengua propia de los niños de su edad:

—Señora, ¿qué le dices a mamá?

—Marqués—respondió Germana—, esta señora quiere llevarte a París. ¿Quieres irte con ella?

Por toda contestación el niño se echó en brazos de Germana, y dirigió una mirada de recelo a la señora Chermidy.

—Le queremos todos—dijo Germana.

—Usted también, señora. Es una habilidad.

—Es natural. Se le parece mucho a su padre.

—Mírame bien—dijo la viuda a su hijo—. ¿No me reconoces?

—No.

—Soy tu madre.

—No.

—¡Tú eres mi hijo, mi hijo!

—No eres tú, es mamá Germana.

—¿No tienes otra madre?

—Sí; mamá Nera. Está en casa mamá Vitré.

—Para él todas son madres suyas menos yo. ¿No recuerdas haberme visto en París?

—¿Qué es París?

—Yo te daba bombones.

—¿Dónde están tus bombones?

—Vamos, los niños son hombres pequeños; la ingratitud les brota con los dientes. Marqués de los Montes de Hierro, escúchame bien. Todas esas mamás son las que te han criado. Yo soy tu verdadera madre, la única madre, la que te ha dado el ser.

El niño sólo comprendió que aquella señora le reñía, y se echó a llorar amargamente costando gran trabajo consolarlo a Germana.

—Ya ve usted, señora—dijo ésta a la viuda—, que nadie la retiene aquí, ni aun el marqués.

—He aquí mi ultimátum—respondió la señora Chermidy altivamente.

Pero una voz muy conocida de ella le cortó la palabra. Era el doctor Le Bris que llegaba de Corfú a todo correr. Había visto a le Tas en una ventana del hotel Trafalgar, y al galope traía este notición. El cochero de la señora Chermidy al que había encontrado a la puerta de la villa, lo había asustado al decirle que había llevado allí a una señora. Recorrió la casa, puso en pie a todos los dormilones que hallaba en su camino y bajó las escaleras del jardín de cuatro en cuatro peldaños.

No pensaba el doctor que la señora Chermidy fuese capaz de cometer un crimen; pero, sin embargo, dejó escapar un suspiro de satisfacción al encontrar a Germana como la había dejado. Le tomó el pulso antes de decir palabra y luego habló.

—Condesa, está usted un poco agitada—manifestó—, y creo que la soledad le será conveniente. Descanse usted si le parece, mientras yo acompaño a la señora hasta su coche.

Dictó la orden sonriendo, pero con un tono tan autoritario que la señora Chermidy aceptó su brazo sin replicar.

Cuando hubieron dado juntos algunos pasos añadió el doctor:

—¡Cómo, mi linda cliente! ¡Supongo que no tiene usted la intención de estropear mi obra! ¿Qué diablo viene usted a hacer aquí?

—¿Qué carta es ésa, pues—contestó la viuda ingenuamente—, que ha escrito usted al duque?

—¡Ah, ya comprendo! Con efecto, pasamos una semana difícil; pero el buen tiempo ha reaparecido.

—¿No queda ningún recurso, llave de los corazones?

—Ninguno, como no me muera.

—¿Y qué va usted ganando?

—La satisfacción del deber cumplido. Es una hermosa curación; como ésa no se cuentan por docenas.

—Mi pobre amigo, dicen que usted hará carrera; yo me temo que no pasará de vegetar toda su vida. Las personas de talento son a veces bastante estúpidas.

—¡Qué se le va a hacer! No se puede contentar a todo el mundo. La Fontaine ha dicho eso en verso, no recuerdo dónde.

—¿Qué va a ser de mí? Lo pierdo todo.

—¿Cree usted?

—Sin duda.

—Los millones, pues, para usted no son nada. Usted es mujer precavida, y ha ido siempre a lo práctico.

—¿Esa opinión es la de usted?

—La mía y la de otros.

—¿La de don Diego, acaso?

—Es posible.

—Pues es bien injusto. Por nada le devolvería lo que me ha dado.

—Ya sabe usted que él no lo tomará. Adiós, señora.

—¿Sigue usted teniendo a ese Mateo que el duque le envió de París?

—Sí; ¿por qué?

—Porque ya le he dicho que desconfíe de él.

—Por mí no le han despedido.

La señora Chermidy regresó precipitadamente a la ciudad. Su retirada parecía una derrota, y le Tas, que esperaba noticias en la ventana, adivinó en seguida lo que ocurría. Así que la viuda llegó a su habitación exclamó:

—¡Maldita jornada!

—¿Se ha salvado?

—Está curada. No he podido ver al conde, ni creo verlo, y Le Bris casi me ha puesto en la calle.

—Si éste encuentra su clientela, pierdo el nombre que llevo. Ya puedes hacer, amigo, lo que quieras, pero nunca serás más que un imbécil.

—O un bribón. Nos ha engañado como todos los demás.

—¿De quién fiarse, gran Dios, si no se puede contar con un ex presidiario?... Después de esto, le habrán puesto quizás en la puerta.

—No, aun está en la casa.

—Entonces aun hay remedio. Yo le hablaré. Hay que jugarse el todo por el todo.

—¡Vamos, pues! Es necesario que vea a don Diego.

—¿Y cómo le verás?

—Alquilaré cualquier casa por allá.

—Vamos. Estoy segura de que si llegas a tenerle bajo tus ojos, harás de él lo que quieras. ¡Estás soberbia!

—Es la cólera. Le he reclamado el pequeño, y les he amenazado con un proceso. Tendrá miedo y vendrá.

—¡Si viene, lo robas!

—¡Como a una pluma!

—Quizás has hecho mal en hablar de proceso. Es demasiado orgulloso para ceder por ese procedimiento. Atacar a un español por las amenazas, es lo mismo que acariciar a un lobo a contrapelo.

—Si las amenazas no sirven para nada, tengo otra idea. Hago testamento en favor del marqués, le devuelvo sus millones hasta el último céntimo y después me mato.

—¡Vaya una idea! ¡Muy bonita! ¿Y qué habrás adelantado con eso?

—¡No seas tonta! Me mataré sin hacerme daño. El testamento demostrará que no tengo apego al dinero; el puñal, que tampoco se lo tengo a la vida, pero no me mataré hasta el momento en que vaya a abrir la puerta.

Le Tas encontró la invención excelente, aunque no fuese precisamente nueva.

—¡Bueno!—dijo—; es, únicamente, un caballero andante; no tolerará que la mujer a quien ha amado se dé muerte por sus hermosos ojos. ¡Son tan bestias los hombres! ¡Si yo fuese tan bonita como tú, los haría correr!

—Mientras tanto, hija mía, seremos nosotras las que corramos; y desde mañana mismo.

—¡Pues bien, sí! ¡en marcha!

Al día siguiente, las dos mujeres, escoltadas por un mozo de cuerda, se hicieron conducir al sur de la isla. Allí, en las inmediaciones de la villa Dandolo, encontraron una linda casita para vender o alquilar, con su verja y todo. Era la misma que la señora de Villanera había elegido para el señor de La Tour de Embleuse, en el caso en que éste se decidiese a pasar el verano en Corfú. Era el castillo en el aire del pobre Mantoux, llamado Poca Suerte. La casa fue alquilada el 24 de septiembre, amueblada el 25 y ocupada el 26 por la mañana. Así se lo hicieron saber a don Diego.

El conde pasaba un verdadero suplicio desde hacía tres días. Germana le contó la visita que había recibido. La pobre niña no sabía el efecto que le produciría aquella noticia y, sin embargo, quiso ser ella quien se la diese. Al anunciar a don Diego la noticia de la llegada de su antigua amante, se aseguraba en un instante de si estaba bien curado de su amor. Un hombre sorprendido no tiene tiempo de disimular y la primera impresión que se lee en su cara es la verdadera. Germana se jugaba el todo por el todo sometiendo a su marido a semejante prueba. Un relámpago de alegría en los ojos del conde la habría matado más seguramente que un pistoletazo. Pero las mujeres son así, y su amor heroico prefiere un peligro seguro a una dicha incierta.

El señor de Villanera estaba bien curado, porque se enteró de aquella noticia como el que recibe una impresión desagradable. Su frente se veló de una tristeza que no tenía nada de exagerada, porque era sincera. No se mostró ni indignado ni escandalizado, porque el paso de la señora Chermidy, impertinente a los ojos de todos, era bien excusable para él. No hizo el gesto de desagrado de un gobernador de provincia al que dicen que el enemigo ha hecho una incursión en su territorio; demostró el disgusto de un hombre al que un accidente previsto viene a turbar en su felicidad.

Germana no pudo repetirle sin un poco de cólera las palabras insolentes de aquella mujer y sus monstruosas pretensiones. El doctor hizo coro con ella y la anciana condesa lamentó altamente no haber estado allí para arrojar a aquella desvergonzada a la puerta o al mar; el mar era una de las puertas del jardín. Pero don Diego, en lugar de unirse a las protestas de toda la familia, se aplicó a calmar ánimos y a vendar heridas. Defendió a su antigua querida o, mejor dicho, la compadeció como un hombre galante que ya no ama, pero que se cree amado aún. Llenó este dulce deber con una tal delicadeza, que Germana aun quedó agradecida, porque apreció una vez más la rectitud y la firmeza de su alma. Además, si le permitía al conde dar su compasión a la señora Chermidy, es porque estaba bien segura de poseer todo su amor.

La condesa era bastante menos tolerante. La reivindicación del niño y la amenaza de un proceso escandaloso, la habían exasperado. No se conformaba con menos que entregar a la viuda a los magistrados de las siete islas y hacerla expulsar vergonzosamente como una aventurera.

—El señor Stevens—dijo—es amigo nuestro y no nos negará este pequeño servicio.

Para ella, la visita de la viuda a Germana tenía todos los caracteres de una tentativa de asesinato, porque, después de todo, la presencia de una mujer tan odiosa podía matar a una convaleciente. El doctor no encontró descabellada la idea.

El conde intentó calmar a su madre.

—No tema usted nada—dijo—, no intentará ningún proceso. No es tan desnaturalizada que quiera comprometer a su hijo al mismo tiempo que a nosotros. La cólera la ofuscó, sin duda. A nosotros, que somos dichosos, nos es fácil hablar sensatamente. Debe estar indignada contra mí y mirarme como a un gran culpable, porque yo la he abandonado sin tener nada que reprocharle; en ocho meses no le he escrito ni una sola carta; he dado mi alma a otra. Aun me odiaría más si supiera que los días más dichosos de mi vida son los que he pasado lejos de ella al lado de mi Germana y si yo le dijese que mi corazón está lleno de amor hasta los bordes, como esas copas que una gota más haría desbordar. Déjeme que la despida con buenas palabras. ¿Por qué no he de ir a abrirle mi corazón y a mostrarle que ya no queda sitio para ella? No hace falta más que una hora de dulzura y de firmeza para cambiar el amor despechado en una amistad pura y duradera. Yo le aseguro que no pensará más en el escándalo y será digna de encontrarse con nosotros sin embarazo y de enviar a buscar de cuando en cuando noticias de su hijo. Hay pocas mujeres que no estén expuestas a codearse en un salón con la antigua amante de su marido. Y no por eso se arrancan los ojos; el presente y el pasado viven en buena harmonía, una vez que la frontera que las separa está bien delimitada. Considere, además, que nuestra situación no es la corriente. Por mucho que hagamos nosotros, por mucho que haga ella misma, esa desgraciada será siempre, a los ojos de Dios, la madre de nuestro hijo. Aunque no hubiese sido más que su nodriza, nuestro deber sería asegurarla contra la miseria. No nos neguemos a una gestión inocente y prudente que puede salvarla de la desesperación y del crimen.

Don Diego hablaba de tan buena fe, que Germana le tendió la mano y le dijo:

—Amigo mío, yo había asegurado a esa mujer que no volvería a verle, pero si yo hubiese oído hablar a usted con tanta razón y experiencia, yo misma le hubiera conducido a usted a su casa. Tome el coche sin pérdida de tiempo, corra a despedirla y perdónela el mal que me ha hecho como yo la perdono.

—¡Muy bonito!—exclamó la señora de Villanera—. Si él sube al coche, yo misma desengancharé a los caballos. Don Diego, usted no me consultó para tomar una amante; no me escuchó usted cuando le dije que había caído en manos de una bribona; puesto que usted me consulta hoy, tendrá que escucharme hasta el fin. Soy yo quien le he casado. Yo le he dejado hacer, en el interés de nuestra raza, un tratado que sería odioso entre los burgueses; pero la grandeza de los intereses y el principio a salvar, excusan muchas cosas. Dios ha permitido que un asunto tan mal iniciado se haya convertido en la felicidad de todos. ¡Dios sea loado! Pero no se dirá, mientras viva yo, que usted ha salido de casa de su esposa santa y legítima para entrar en la de su antigua amante. Ya sé que usted no la ama ya, pero tampoco la desprecia lo bastante para que yo le crea curado. Esa Chermidy le ha tenido tres años en sus garras; no quiero exponerle a que caiga de nuevo en ellas. No diga usted que no con la cabeza. La carne es débil, hijo mío; lo sé por usted, ya que no por experiencia propia. Conozco a los hombres, aunque nunca me han hecho la corte. Pero cuando se asiste al teatro por espacio de cincuenta años se está un poco en el secreto de la comedia. Acuérdese bien de esto: el mejor de los hombres no vale nada. El mejor es usted, se lo concedo. Usted está curado de su amor; pero esos amores parásitos son de la familia de la acacia; se arranca el árbol, se queman las raíces y los retoños salen a millares. ¿Quién me asegura que la vista de esa mujer no le hará perder la cabeza? Usted no tiene el cerebro tan sólido para exponerlo a semejante sacudida. Quien ha bebido beberá; y usted ha bebido tanto que yo pensaba que se ahogaría. ¡Ah! si usted estuviese casado desde hace tres o cuatro años, si usted viviese como vivirá pronto, con la ayuda de Dios, si el marqués tuviese un hermano o una hermana, quizás entonces le dejaría suelta la brida. Pero suponga que su antigua locura vuelve, ¡habría hecho yo un bonito papel casándole con este ángel! Por eso es, mi querido conde, por lo que no irá usted a casa de la señora Chermidy, ni siquiera para despedirla, y si, a pesar de mi negativa, va usted, cuando vuelva no encontrará aquí ni a su mujer ni a su madre.

Don Diego se conformó, pero estuvo de mal humor por espacio de tres días. El doctor Le Bris había cambiado de enfermo y se dedicaba a curar el cerebro de su amigo y a desarraigar las ilusiones obstinadas que el conde guardaba sobre su amante. Desató implacablemente la tupida venda que el pobre hombre se había dejado colocar sobre los ojos. Le contó detalladamente todo lo que sabía del pasado de aquella mujer; le hizo ver que era ambiciosa, avariciosa, ladina y malvada.

—Me llaman la tumba de los secretos—pensaba, adivinando todas las maldiciones que sobre él caerían—, pero la justicia tiene derecho a abrir las tumbas.

Don Diego dudaba aún; le hizo leer la última carta que había recibido de la señora Chermidy. El conde se estremeció de horror viendo allí una provocación al asesinato con una recompensa de quinientos mil francos.

La llegada del duque fue una nueva prueba de la maldad de la señora Chermidy. El pobre anciano había hecho el viaje sin accidentes gracias a ese instinto de conservación que nos es común con los animales; pero su espíritu había desgranado todas sus ideas por el camino, como un collar cuyo hilo se rompe. Supo encontrar la villa Dandolo y cayó en medio de la familia extrañada, sin más emoción que la que experimentaría al salir de su habitación. Germana le saltó al cuello y le colmó de ternezas; él se dejaba acariciar como un perro que juega con un niño.

—¡Qué bueno es usted!—le dijo—. Ha sabido que yo estaba en peligro y ha corrido a verme.

—¡Toma! Es verdad—respondió—. ¿No has muerto, pues? ¿Cómo te las has arreglado? Estoy muy contento, es decir, no mucho; Honorina está furiosa contra ti. ¿No está aquí Honorina? Ha venido a casarse con el conde. ¡Mientras me perdone!

Nadie le pudo arrancar una palabra sobre la salud de la duquesa, pero en cambio habló de Honorina tanto como quiso. Contó todas las dichas y todos los pesares que le había dado. Todos sus discursos se referían a ella, así como todas sus preguntas: la quería a todo precio y empleó la astucia de una tribu india para descubrir su dirección.

La llegada inesperada de aquella ruina viviente fue un serio dolor para Germana y una cruel enseñanza para don Diego. La señora de Villanera, que nunca había sentido simpatía por el duque, se interesaba mediocremente por su estado, pero se consideraba triunfante al tener a mano a una víctima de la señora Chermidy. Dedicó los cuidados más asiduos al señor de La Tour de Embleuse y le arrancó todos los secretos de su miseria y de su decadencia.

El duque había fondeado en la casa desde hacía unas horas, cuando la señora Chermidy hizo saber a don Diego que era vecina suya y que le esperaba. El conde enseñó la carta al señor Le Bris.

—¿Qué le contestaría usted en mi lugar?—le preguntó con indiferencia.

—La ofrecería dinero. Ella ha venido aquí para apoderarse de su nombre, de su persona y de su fortuna. Cuando ha visto que la condesa aún vivía, ha renunciado al nombre y se ha hecho fuerte en lo demás. Cuando vea que su persona de usted se pasa fácilmente sin la suya, se contentará con el dinero.

—¿Y ese proceso, ese escándalo con que nos amenaza?

—Ofrézcala dinero.

—Pero, ¿y su hijo?

—Cuestión de dinero. Claro que habrá de ser mucho. Se dan dos sueldos a un mendigo de blusa, diez al que viste de americana, cien al de levita; calcule usted lo que conviene ofrecer a los que mendigan en coche de cuatro caballos.

—¿Quiere ir usted a ver lo que pide?

—¡Diablo! Usted me ha contratado por meses; no contábamos las visitas.

El doctor se hizo llevar a casa de la señora Chermidy. Cuando entró, estaba en escena. Sentada lánguidamente en un gran sillón, los brazos colgando, la cabellera suelta, dejaba errar sus ojos melancólicos, y Soñadora, miraba vagamente hacia el espacio.

—Buenos días, señora—dijo el doctor—. Puede usted sentarse a su comodidad, soy yo.

Se levantó sobresaltada, corrió a él y le dijo:

—¡Es usted, amigo mío! Me dio usted un disgusto el otro día. ¿Es así como debía acogerme después de una larga ausencia?

—No hablemos más de eso, ¿le parece a usted? Hoy no vengo como amigo, sino como embajador.

—¿No le veré a él, pues?

—No; pero, si tiene usted curiosidad por ver a alguien, puedo enseñarle al duque de La Tour de Embleuse.

—¿Está aquí?

—Sí, desde esta mañana. Una linda obra de usted, pero sin firma.

—No soy responsable de las necedades de todos los viejos locos que pierden la cabeza por mí.

—¿Ni de los millones que pierden en su casa? De acuerdo.

—¿Pero de buena fe me cree usted una mujer interesada, llave de los corazones?

—¡Caramba! ¿Cuánto quiere usted por volverse a París y permanecer tranquila allí?

—Nada.

—Le pagaremos el pasaje, aunque cueste un millón.

—Es que somos dos; he traído a le Tas.

—Doblaremos quizá la suma.

—¿Qué ganaría yo con eso? Si yo fuese lo que usted supone, podría tomar hoy el dinero y dar mañana el escándalo. Pero valgo más que todos ustedes.

—¡Muchas gracias!

—Tome usted, bello embajador, llévele esto al rey su señor y dígale que si quiere algo para el otro mundo, me lo puede enviar esta noche.

—¡Cómo! ¿Ya acudimos a los grandes efectos?

—Sí, amigo mío. Este es mi testamento y aquí está el acta de mis últimas voluntades. El paquete no está cerrado, puede usted leerlo.

—¡Efectivamente!

Y leyó:

«Este es mi testamento y el acta de mis últimas voluntades.

»En la víspera de dejar voluntariamente una vida que el abandono del señor conde de Villanera me ha hecho odiosa...»

—¡Desgraciada!—dijo el doctor interrumpiendo la lectura.

—Es la verdad pura.

—Borre esa frase. Está mal escrita.

—Las mujeres no escriben bien más que las cartas. No tienen la especialidad de los testamentos.

—Entonces, continúo:

«Yo, Honorina Lavenaze, viuda de Chermidy, sana de cuerpo y de espíritu, lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Gómez, marqués de los Montes de Hierro, hijo único del conde de Villanera. (Firmado.)»

—Y mañana por la mañana quedará rubricado. ¡Vaya usted!

—Me parece que no.

—¿Lo duda usted?

—Sí.

—¿Y quiere usted decirme por qué no me mataré yo?

—Porque eso sería un gran placer para tres o cuatro honradas personas que yo conozco. Adiós, señora.

Aun no se había cerrado la puerta tras el doctor, cuando le Tas salió de una habitación inmediata en compañía de Mantoux.


XIII

EL PUÑAL

Mateo Mantoux no podía consolarse de la curación de Germana. Acusaba al droguero de haberle vendido arsénico falsificado. En su dolor, descuidaba el servicio y se consolaba divagando alrededor de la villa. El objeto de sus paseos era siempre aquella linda propiedad de la cual había sido el dueño en esperanza. A fuerza de contemplarla la conocía hasta en sus menores detalles, como si se hubiese criado en ella. Sabía cuántos balcones tenía la casa y no había un árbol que no tuviese un recuerdo para él. Había franqueado la verja más de una vez, lo que no era difícil. Aquel paraíso terrestre estaba cerrado por un seto de cactus y de áloes, formidable defensa si se cuida de ella, pero la infranqueable barrera había caído en tres o cuatro sitios y la delicada librea de Mantoux podía saltar sin peligro al recinto prohibido.

El 26 de septiembre, hacia las cuatro de la tarde, aquel melancólico bribón pensaba en su desgracia franqueando la valla. Se acordaba con amargura de sus primeras entrevistas con le Tas y de la acogida de la señora Chermidy. Cuando comparaba su situación presente con la que había soñado, se consideraba como el más desgraciado de los hombres, porque creía haber perdido lo que había dejado de ganar. La interrupción de una masa enorme que se movía pesadamente en el jardín interrumpió el curso de sus ideas. Se restregó los ojos y se preguntó por un instante si veía a le Tas o a su sombra; pero las sombras no abultan tanto. Le Tas le advirtió y le hizo señas. Precisamente estaba buscándole.

—¡Qué tal!—le dijo—. ¿Cómo va eso, guapo enfermero? Ha cuidado usted muy bien a su ama y ya está curada.

—¡Poca suerte!—respondió él con un gran suspiro.

—Estamos solos—continuó le Tas—, nadie puede oírnos; no tenemos tiempo que perder. ¿Estás contento de que haya curado tu señora?

—Ciertamente, señorita. No obstante, su ama me había prometido otra cosa.

—¿Qué es lo que te había prometido?

—Que la señora moriría bien pronto y que yo tendría 1.200 francos de renta.

—Y tú hubieras preferido eso, ¿verdad?

—¡Claro! Así hubiera sido propietario, mientras que ahora tendré que vivir siempre en casa de los otros.

—¿Y no se te ha ocurrido nunca hacer por tu cuenta lo que la enfermedad no había hecho?

Mantoux la miró fijamente con una turbación visible. No sabía si se trataba de un juez o de un cómplice. Ella le sacó de su embarazo añadiendo:

—Yo te conozco; te había visto en Tolón. Cuando fui a visitarte a Corbeil, ya conocía tu historia.

—¡De modo que usted...! ¿Así usted tenía su idea al enviarme aquí?

—Seguramente. Si no hubiese habido nada que hacer, yo hubiera buscado a un hombre honrado. Gracias a Dios, no faltan. ¡Hasta hay demasiados!

—¿Y era por eso por lo que me ofrecían 1.200 francos de renta?

—¡Figúrate!

—Sospecho que fue usted la que me escribió aquel anónimo.

—¿Quién había de ser?

—¿Pero qué interés tiene usted?

—¿Qué interés? Tu ama ha robado su marido a la mía. ¿Comprendes ahora?

—Empiezo a comprender.

—Deberías haber empezado más pronto, ¡imbécil!

—Es verdad; no obstante, algo he hecho.

—¿Qué has hecho?

—He comprado arsénico y le he dado un poco todas las noches.

—¿De veras?

—¡Palabra de honor!

—Debes de haberle dado muy poco.

—Tenía miedo de comprometerme. Es un veneno que deja señales.

—¡Cobarde!

—¡Toma! No se hace uno cortar el cuello por 1.200 francos de renta!...

—La señora te hubiera dado todo lo que hubieras querido.

—Habérmelo dicho. Ahora ya es tarde.

Mantoux esperaba en una habitación contigua la partida del doctor Le Bris. Algunas palabras sueltas de la conversación llegaban a sus oídos. No obstante, no comprendió más que a medias el trato que le querían hacer. Abordó con una desconfianza respetuosa a la señora Chermidy. La viuda no juzgó conveniente entrar en explicaciones con él hasta que no hubiese recibido una respuesta de don Diego. Estaba muy agitada y daba apresurados pasos por el salón. Escuchaba a le Tas sin oírla y miraba al ex presidiario sin verle. Le era bien conocida la cortesía del conde de Villanera para que pudiese apreciar en todo su valor su ausencia y su silencio.

—Ya no me ama—se decía—. Menos mal, si sólo fuese indiferencia; ya sabría yo reconquistarle. Pero seguramente me han pintado a sus ojos como un monstruo. Si así no fuese, no me habría tratado de tal modo. ¡Ofrecerme dinero por mediación de ese odioso Le Bris! ¡Y en qué términos, grandes dioses! Si me ve con los mismos ojos que su embajador, si he perdido ya su aprecio, ¿qué será de mí? No volverá ya. Viudo o no, está perdido para mí. Entonces, ¿a qué conduciría?... ¿por pura venganza? Pues bien, sea, ¡me vengaré! Pero esperemos. Si no viene corriendo cuando haya leído lo que he escrito, todo está perdido.

—Señora—interrumpió Mantoux—, es preciso que vaya a servir la comida, y si la señora tiene algo que mandarme...

—Ve a servir tu comida—respondió—; pero no olvides que me perteneces. Escucha bien todo lo que digan, para repetírmelo.

—Sí, señora.

—Un momento. Quizás el señor de Villanera venga aquí esta tarde. En tal caso, no tendré necesidad de ti. No obstante, paséate por los alrededores mañana por la mañana. Si no viniese... ¡pero no, eso es imposible! vienes tú así que se hayan acostado. No importa a que hora. Tal vez le Tas duerma; llama de todos modos, yo te abriré la puerta.

—Es inútil, señora; he sido cerrajero y conservo mis herramientas.

—Bien, te esperaré. Pero estoy segura que el conde vendrá.

Mantoux sirvió a la mesa y aun cuando se esforzó en oír la conversación, el nombre de la señora Chermidy no fue pronunciado.

Se comió en familia, con un solo invitado, el señor Stevens. La señora de Villanera le preguntó si la ley inglesa permitía a los magistrados expulsar a los vagabundos sin otra forma de proceso. El señor Stevens respondió que la legislación de su país protegía la libertad individual hasta en sus abusos.

—Eso está muy bien—dijo el doctor sonriendo—. ¿Y a las aventureras?

—Se las trata un poco más severamente.

—¿Aun cuando tengan cinco o seis millones de capital?

—Si conocéis muchas de esa especie, enviadlas todas a Inglaterra. Se las recibirá con los brazos abiertos, se las coronará de rosas y se casarán con lords.

La señora de Villanera hizo una mueca y se pasó a otra cosa.

Durante toda la comida, el viejo duque tuvo los ojos fijos en Mantoux. Aquel cerebro impotente, aquella memoria desvanecida, supo reconocer en él al hombre que había visto una sola vez en casa de la señora Chermidy. Lo llamó aparte después de los postres y lo condujo misteriosamente a su habitación.

—¿Dónde está ella?—le preguntó—. Tú la conoces; tú sabes dónde está oculta; ¡porque me la ocultan!

—Señor duque—respondió—, no sé a quien...

—Te hablo de Honorina. Ya sabes quién es, Honorina, la dama de la calle del Circo.

—¿La señora Chermidy?

—¡Ah! ¿ves cómo la conoces? Estoy seguro de que tú la has visto. ¡Mi hija también la ha visto! ¡el doctor también! todos, en fin, ¡menos yo! Ve a buscármela y te haré rico.

Mantoux respondió:

—Puedo jurar al señor duque que no sé dónde está la señora Chermidy.

—¡Dímelo, bribón! no se lo contaré a nadie: esto quedará entre los dos... Si no me lo dices esta noche, te haré cortar la cabeza—añadió en tono de amenaza.

El ex presidiario se estremeció como si el viejo pudiese leer en su conciencia. Pero el duque había cambiado de nota: lloraba como un niño.

—Hijo mío—decía—, no quiero tener secretos para ti. Es necesario que te anuncie la desgracia que nos amenaza. Honorina quiere matarse esta noche; se lo ha dicho al doctor y ha enseñado su testamento a mi yerno. Ellos pretenden que no hará nada y que sólo se propone asustarle, pero yo la conozco mejor que nadie y sé que se matará. ¿Y por qué no ha de matarse? ¡Ya ves, a mí que te estoy hablando, me ha matado! ¿Te has fijado en aquel puñal que tenía sobre su chimenea en París? Pues bien, un día, no me acuerdo cuándo, me lo hundió en el corazón. Con ese mismo cuchillo se matará esta noche, si no llego a tiempo. ¿Quieres llevarme a su casa?

Mantoux hizo nuevas protestas de que ignoraba el domicilio de la viuda, pero no pudo convencer al insensato viejo. Hasta las diez de la noche, el señor de La Tour de Embleuse le siguió a todas partes, al jardín, a la despensa, a la cocina, con la paciencia de un salvaje.

—Es inútil que disimules—le decía—; tú irás a su casa y yo te seguiré.

En las islas Jónicas la gente se acuesta temprano. A media noche todos dormían en la casa, menos el duque y Mantoux. El ex presidiario descendió a paso de lobo la escalerilla que conducía a su habitación. Al atravesar el jardín del norte creyó ver deslizarse una sombra entre los olivos. Salió al campo y anduvo a lo largo de las verjas, por senderos extraviados, en dirección a la propiedad que tan bien conocía. La sombra encarnizada le siguió de lejos hasta la valla. Mantoux se preguntó si no le había engañado su vista y si no era víctima de una alucinación; recuperó la presencia de ánimo, volvió sobre sus pasos y buscó al enemigo; el camino estaba desierto y la aparición se había desvanecido en la noche.

Una obscuridad profunda envolvía la casa. El único balcón en que se veía luz era el de la señora Chermidy, que estaba en el piso bajo: Mantoux comprendió que le esperaban. Sacó un manojo de llaves falsas que había envuelto en un trapo para que no hiciesen ruido, pero no tuvo tiempo de emplearlas. La señora Chermidy le abrió la puerta.

—Habla en voz baja—dijo—. Le Tas acaba de dormirse.

Los dos cómplices entraron en la habitación, y lo primero que hirió la vista de Mantoux fue el puñal de que le había hablado el duque.

—¡Y bien!—exclamó la viuda—; ¿el señor de Villanera se ha acostado?

—Sí, señora.

—¡Infame! ¿Qué han dicho mientras comían?

—No han hablado de la señora.

—¿Ni una palabra?

—No; pero después de comer, el señor duque me ha preguntado la dirección de la señora. Le he encontrado muy desmejorado.

—¿No ha dicho nada más?

—Tonterías. Que la señora quería matarse, que ha escrito su testamento.

—Sí, es verdad; lo he hecho para obligar al conde a que viniese. ¿Se ha acostado?

—¡Oh! sí, señora. La habitación del señor está cerca de las nuestras. El señor ha apagado la luz a las once.

—Oye; si han dicho algo de mí en la mesa, puedes repetírmelo sin temor; no me enfadaría por ello, al contrario, me consideraría dichosa.

—No han abierto la boca para ocuparse de la señora.

—¡Ah! ¡les anuncio que voy a matarme esta noche y ni siquiera me dedican un pequeño comentario!

—No se han ocupado de la señora; como si la señora no estuviese en el mundo.

—Está bien; ya les recordaré que estoy viva. Le Tas me ha dicho que le habías dado arsénico a la condesa.

—Sí, señora; pero no ha hecho efecto.

—Si le dieses una puñalada, quizás haría efecto.

—¡Oh! ¡señora! ¡una puñalada! eso ya es más grave.

—¿Qué diferencia hay?

—Por de pronto, la señora condesa estaba enferma, y la enfermedad tiene buenas espaldas para cargar con todo. ¡Pero matar a una persona que está sana! Eso es más difícil.

—Te pagaré según el trabajo.

—¿Y si me cogen?

—Tomas una embarcación y te refugias en Turquía; la justicia no te perseguirá hasta allí.

—Es que tenía la idea de quedarme aquí. Quería comprar una propiedad.

—La tierra se compra por nada en Turquía.

—Es igual. Lo que la señora pide vale cincuenta mil francos.

—¿Cincuenta mil francos?

—¡Espero que la señora no querrá regatear!

—Sea. Trato hecho.

—¿Y dinero contante?

—Contante.

—¿Lo tiene usted? Porque si usted no me pagase esa suma, no iría a reclamársela a París.

—Tengo cien mil francos en mi secreter.

—Pido cinco minutos para reflexionar.

—Reflexiona.

Mantoux se volvió hacia la chimenea, se apoderó maquinalmente del puñal corso de la señora Chermidy, probó la punta sobre uno de sus dedos e hizo doblar la hoja sobre el mármol. La señora Chermidy no le miraba; esperaba el resultado de su decisión.

—Ya lo he pensado—dijo—. Prefiero quedarme aquí que ir a Turquía; mis compatriotas son mejor tratados en Corfú; además, he aprendido un poco el italiano y no aprendería el turco; y, por último, el jardín y la casa que usted ha alquilado, me convienen.

—¿Pero cómo diablos quieres...?

—He encontrado el medio. En lugar de dar una puñalada a la señora condesa, se la doy a usted. En primer lugar, esto me vale cien mil francos y no cincuenta mil. Después, nadie tratará de acusarme o de perseguirme, porque usted ha hecho su testamento para suicidarse esta noche. La encontrarán en su cama, atravesada con su puñal y verán que usted ha tenido palabra. Y por último, dicho sea sin ofenderla, prefiero matar a una bribona como usted que a una mujer honrada como mi señora, que siempre me ha tratado bien. Es el primer paso que voy a intentar por el buen camino y espero que el Dios de Abraham y de Jacob sabrán recompensármelo.


XIV

LA JUSTICIA

La sombra que había seguido a Mantoux desde la villa Dandolo hasta el jardín de la señora Chermidy era el duque de La Tour de Embleuse.

Un instinto tan infalible como el razonamiento dijo al insensato que Mateo era esperado en casa de la bella arlesiana. Espió su partida; esperó la hora en el fondo de un corredor obscuro de la villa. Cuando oyó al ex presidiario abrir la puerta de su cuarto, supo ahogar su voz y reprimir la risa nerviosa que sacudía su viejo cuerpo desde la cabeza a los pies. Para descender la escalera en seguimiento de su guía, se quitó los zapatos e hizo todo el camino descalzo, entre los guijarros y las espinas que ensangrentaban sus pies a cada paso. No advirtió ni la longitud del camino, ni los rodeos interminables, ni la fatiga, ni el dolor. El imperio de una idea fija le hacía insensible a todo; su único temor era perder a su conductor o ser visto por él. Cuando Mantoux redoblaba el paso, el duque corría detrás de él, como si tuviese alas; cuando aquél volvía la cabeza, el duque se tendía sobre el vientre y se metía en los fosos o se replegaba adosado a un seto espinoso de cactus o de granados.

Se detuvo al fin junto a la valla. Una voz secreta le dijo que el único balcón donde se veía luz era el de la señora Chermidy. Vio a su guía detenerse a la puerta. Una mujer fue a abrirle, y su viejo corazón brincó con una alegría desordenada al reconocer a la criatura que le atraía.

¡No estaba, pues, muerta! ¡Podría verla, hablarle y quizá volver a hacerle amable la vida! Su primer impulso fue lanzarse hacia ella; pero se contuvo. Estaba seguro de que no se mataría en presencia del criado. Se prometió esperar a que estuviese sola para caer en su casa, sorprenderla y arrancarle el puñal de la mano.

Guardó su impaciencia durante una hora larga, sin advertirlo. Amaba a la señora Chermidy como no había amado a su mujer ni a su hija. Sentía germinar en su cerebro ideas de abnegación, de solicitud, de desinterés, de humilde esclavitud. Aquel amor irreflexivo, absoluto, sin medida ni restricción, no era un sentimiento nuevo para él; hacía sesenta años que se amaba a sí mismo de igual modo. Su egoísmo había cambiado de objeto sin cambiar de carácter. Hubiera inmolado el mundo entero al capricho de la señora Chermidy, como antes a su propio interés o a sus placeres.

Desde el día que la ingrata le abandonó, no vivía. Su corazón no podía latir más que a su lado; sus pulmones no respiraban más que el aire que ella había respirado. Iba a través del mundo como un cuerpo inerte lanzado en el vacío.

Algunas veces, un resto de razón descendía a su espíritu y se decía:

—Soy un viejo loco. ¿Por qué me he atrevido a hablarle de amor? El amor no sienta bien a un vejestorio como yo. Que me conceda un poco de amistad, será todo lo que yo merezca. Que me sufra en su casa como a un padre y yo encontraré en un rincón de mi corazón sentimientos paternales. Ella es desgraciada, llora el abandono de Villanera; yo la consolaré.

La esperanza de volver a verla le producía fiebre. Sus ojos fatigados por la fiebre le cosquilleaban dolorosamente, pero esperaba llorar cuando cayese a los pies de Honorina. En los grandes dolores de la vida, nuestros ojos se calman con las lágrimas. El señor de La Tour de Embleuse, sentado en un rincón del jardín, frente a la casa, se parecía al animal que ha corrido tres días por el desierto en busca de agua fresca y que se detiene con el último impulso ante el manantial deseado, con el ojo sangriento y la lengua colgando.

El último resplandor se extinguió en la habitación y el balcón del que él no separaba la mirada se confundió con todos los demás en la obscuridad. Pero la casa, invisible para los demás, no lo era para el duque, y el balcón brillaba como un sol a sus ojos iluminados. Vio a Mantoux salir de la casa, huir a través de los campos con una carrera desesperada, sin volver la cabeza hacia atrás. Entonces salió de su escondite y avanzó a paso de lobo hasta el balcón bien amado. Ni siquiera se fijó en si la puerta estaba abierta o cerrada, ¡tanto le atraía aquel balcón! Se apoyó en el borde, palpó los hierros y apoyó su nariz y su boca contra un vidrio, sintiendo una frescura consoladora con el contacto.

Dentro como fuera, reinaba una obscuridad grande, pero los enfermos sentidos del viejo loco creyeron ver a la señora Chermidy arrodillada al pie de su cama, con la cabeza hundida entre las manos y abriendo a la oración sus bellos labios rosados. Para llamarle la atención golpeó dulcemente el cristal, pero nadie le contestó. Entonces creyó verla dormida, porque las alucinaciones más contradictorias se sucedían en su espíritu. Reflexionó largamente sobre el medio de llegar hasta ella y despertarla sin asustarla. Para alcanzar su objeto se sentía capaz de todo, incluso de demoler un lienzo de pared sin otro auxilio que el de sus diez dedos. Al acariciar la vidriera advirtió que el vidrio estaba encerrado en un armazón de plomo. Entonces decidió arrancarlo con las manos, y tan valerosamente emprendió la tarea que acabó por conducirla a buen término. Sus uñas se retorcían alguna vez sobre el plomo o se quebraban sobre el vidrio; sus dedos sangraban, pero no hacía caso; si se detenía alguna vez, era para secarse la sangre, para escuchar los ruidos que podían venir de dentro y asegurarse de que Honorina continuaba durmiendo.

Cuando hubo casi arrancado el armazón, empezó a tirar del vidrio deteniéndose cada vez que se oía un crujido o que una sacudida demasiado violenta hacía resonar todo el balcón. Por fin su paciencia obtuvo la recompensa y la hoja transparente cayó en sus manos. La depositó sin hacer ruido sobre la arena de la alameda, dio un paso apoyando el índice sobre sus labios y fue a aspirar el vaho de la habitación por la abertura que había hecho. Su pecho se henchía con una ávida voluptuosidad. Era la primera vez que respiraba en diez días.

Alargó la mano hacia la habitación, palpó el interior, encontró la falleba y la cogió. Las vidrieras eran pequeñas, la abertura estrecha, por lo cual no podía mover el brazo con desahogo; no obstante, la puerta cedió rechinando sobre sus goznes. El duque se asustó ante aquel ruido y pensó que todo estaba perdido. Retrocedió hasta el fondo del jardín y trepó a un árbol, con los ojos fijos en la casa y el oído abierto a todos los ruidos. Escuchó largo tiempo y no oyó otra cosa que el lamento dulce y melancólico de los sapos que cantaban al borde del camino. Descendió de su observatorio y llegó a gatas hasta el balcón, tan pronto bajando la cabeza para no ser visto, tan pronto levantándola para ver y oír. Volvió al sitio de donde el miedo le había arrojado y se aseguró de que Honorina dormía aún.

Las dos puertas del balcón se abrieron sin ruido. El aire de la noche entró en la casa sin despertar a la bella dormida. El duque echó una pierna por encima de los hierros y se deslizó en la habitación. La alegría y el miedo le hacían temblar como un árbol sacudido por el viento. Vacilante, iba adelantando sin atreverse a apoyarse en los muebles. La habitación estaba llena de objetos de toda clase, de baúles abiertos y cerrados y aun de muebles derribados. El duque atravesó por todos aquellos obstáculos con precauciones infinitas. Marchaba a tientas, rozando todos los objetos sin tocarlos y paseando entre las sombras sus dedos destrozados. A cada paso murmuraba en voz baja:

—Honorina, ¿está usted ahí? ¿me oye usted? Soy yo, su viejo amigo, el más desgraciado, el más respetuoso de todos sus amigos. No tenga usted miedo; no tema nada, ni siquiera que le dirija ningún reproche. En París estaba loco, pero el viaje me ha cambiado. Soy un padre que viene a consolarla. No se mate usted; ¡yo me moriría!

Aquí se detuvo, se calló y escuchó. No oía más que los latidos de su corazón. Tuvo miedo y se sentó un momento para calmar su angustia.

—¡Honorina!—gritó levantándose—, ¿está usted muerta?

Fue la muerte en persona la que le respondió. Tropezó contra un mueble y sus manos nadaron en un mar de sangre.

Cayó arrodillado, apoyó los brazos en la cama y permaneció hasta que se hizo de día en la misma postura. No se preguntó siquiera cómo había podido ocurrir aquella desgracia. No experimentó ni sorpresa ni pesar. La sangre le subió hasta el cerebro y todo concluyó. Su cabeza no era más que una jaula abierta de la que la razón había volado. Pasó las últimas horas de la noche apoyado sobre un cadáver que se enfriaba gradualmente.

Cuando le Tas fue a ver si su hermosa prima se había despertado, oyó a través de la puerta un grito estridente como el canto del grajo. Al entrar vio un viejo ensangrentado que agitaba la cabeza en todas direcciones como para sacudir la sangre. El duque de La Tour de Embleuse gritaba: «¡Acá! ¡Acá! ¡Acá!» Era todo lo que le quedaba del don de la palabra, el más hermoso privilegio del hombre. Su cara era una mueca horrible, sus ojos se abrían y se cerraban automáticamente; sus piernas estaban paralizadas, su cuerpo hundido en el sillón, sus manos muertas.

Le Tas no había conocido más que un sentimiento humano: adoraba a Honorina. La monstruosa criatura se arrojó sobre el cuerpo de su dueña lanzando un grito como el que no es posible oírlos más que en el desierto. Lloró como las tigresas deben llorar a sus cachorros. Arrancó el cuchillo de una grande y profundida herida que ya no sangraba; cogió en brazos a aquel hermoso cuerpo inanimado y le colmó de caricias locas. Si las almas pudiesen partirse en dos, ella hubiera resucitado a sus expensas a su querida Honorina. La cólera sucedió bien pronto al dolor. No dudó ni un instante de que el duque fuese el asesino. Arrojó el cadáver sobre la cama y corrió con toda su masa hacia el viejo. Le golpeó, le mordió las manos y buscó sus ojos para arrancárselos, pero el duque era insensible y no respondía a aquellas violencias más que por un grito uniforme que debía ser en lo sucesivo su único lenguaje. Los animales tienen diferentes sonidos para expresar la alegría o el dolor; pero el paralítico yace en el último grado de la escala de los seres. Le Tas se cansó de golpearlo antes de que él sospechase que lo golpeaban.

Mientras tanto, Germana, bella y sonriente como la mañana, despertaba a su madre y a su marido, asistía al tocado de su hijo y bajaba al jardín para respirar el aire embalsamado del otoño. Los señores Le Bris y Stevens no tardaron en unirse a ellos. Todos contemplaban al pequeño Gómez que paseaba un galápago por el jardín. El único que faltaba era el duque. Sus balcones aun estaban cerrados, y respetaron su sueño. Mateo Mantoux, que había redoblado su celo desde que el doctor le mantuviera en su plaza, lavaba activamente su ropa al borde de un arroyuelo que corría hacia el mar.

El criado del señor Stevens acudió apresuradamente a llamar a su señor. En la vecindad se había cometido un crimen; todo el cantón estaba emocionado. El señor Stevens, al despedirse de sus amigos, pidió algunos detalles al mensajero.

—No sé nada—respondió éste—. Dicen que han encontrado a una francesa muerta en su cama.

—¿Cerca de aquí?—interrumpió el doctor.

—A un cuarto de legua.

—¿No dicen si es una recién llegada?

—Creo que sí; pero su criada no habla más que el francés y no han podido comprenderla.

—¿Usted ha visto a la criada? ¿Una mujer gruesa?

—Enorme.

—Vaya, no será nada—dijo el señor Le Bris—. Querido señor Stevens, es la hora del desayuno y usted hará muy bien en acompañarnos. La muerta está perfectamente, yo se lo aseguro.

El señor Stevens, hombre grave, no comprendió la ironía. El doctor añadió:

—¿La ley inglesa castiga a los que prometen suicidarse y no cumplen su palabra?

—No, pero castiga el suicidio cuando está probado.

—Vamos, no tengo suerte con la ley inglesa.

—Ahora en serio, doctor—continuó el magistrado—. ¿Cree usted verdaderamente que se trata de una falsa alarma?

—Le respondo de que la dama en cuestión no ha recibido ni un rasguño. La conozco bien y sé que está demasiado enamorada de su piel para agujereársela.

—Pero, ¿y si hubiese sido asesinada?

—No tenga usted cuidado, mi excelente amigo. ¿Conoce usted a los pájaros de jaula?

—No mucho.

—¿Entonces usted no sabe la diferencia que hay entre los pájaros de cabeza azul y los pájaros de cabeza negra?

—No.

—Los pájaros de cabeza azul son unos lindos animalitos que se dejan matar sin resistencia; los de cabeza negra son los que matan a los otros. ¡Pues bien! la dama en cuestión es un pájaro de cabeza negra. Ahora, vamos a desayunarnos.

—No comprendo. ¿Entonces por qué me harían llamar?

—Si le hace venir a buscar aquí, no es por el placer de hablar con usted. Es para atraer a otra persona. ¿Qué dice usted, querido conde?

—Tiene razón—dijo la viuda.

El conde no respondió. Estaba más emocionado de lo que quería aparentar. Germana le tendió la mano y le dijo:

—Vaya usted con el señor Stevens, amigo mío, y confírmese en que el doctor habrá dicho la verdad.

—¡Diablo!—dijo el señor Le Bris—, yo también voy; aunque no me ha invitado nadie, seré de la partida. Pero si esa señora no ha muerto irremisiblemente, juro por mi bonete de doctor que el conde no le dirá ni una palabra.

El señor Stevens, el conde y el doctor partieron en coche. Diez minutos después se detenían ante la casa de la señora Chermidy. El doctor ya había cambiado de pensamiento y presentía una desgracia. Una muchedumbre compacta rodeaba la valla y la policía maltesa no bastaba para contener la curiosidad pública.

—¡Diablo!—dijo el doctor—, ¿es que esa señora se habrá matado para jugarnos una mala partida? No la creía tan fuerte como todo eso.

El conde se mordía el bigote sin decir nada. Había amado a la señora Chermidy durante tres años y se había creído sinceramente correspondido. Se le destrozaba el corazón ante la idea de que se hubiese matado por él. Los recuerdos del pasado se revolvían contra las afirmaciones del doctor y defendían victoriosamente la causa de Honorina.

La multitud abrió paso al señor Stevens y a sus acompañantes. Guiados por los agentes llegaron a la cámara mortuoria. La señora Chermidy estaba en su cama con el mismo vestido que la víspera. Su linda cabeza colgaba horriblemente. Su boca entreabierta dejaba ver dos hileras de pequeños dientes apretados por las convulsiones de la agonía. Sus ojos, que una mano piadosa no había cerrado a tiempo, parecían mirar la muerte con espanto. El puñal estaba en medio de la pieza, en el sitio en que le Tas lo arrojara. La sangre lo había inundado todo. Un gran charco coagulado ante la chimenea anunciaba que la desgraciada se había herido allí. Un reguero de un rojo obscuro demostraba que había tenido fuerzas para arrastrarse hasta la cama.

La criada, que había llamado a la justicia y alarmado al vecindario, ya no gritaba. Acurrucada en un rincón, con los ojos fijos en el cadáver de su ama, miraba ir y venir a toda aquella gente maquinalmente. La llegada del conde y de Le Bris no la hizo salir tampoco de su sopor.

El señor Stevens, seguido del actuario, hizo la información ocular y dictó la descripción del cadáver con la impasibilidad de la justicia, rogando al doctor que declarase cuanto supiera. Le Bris contó todo lo ocurrido, lo que sabía él, y esto, junto con lo que él mismo vio, confirmó al magistrado en la idea del suicidio.

Esta palabra, pronunciada a media voz, produjo en le Tas como una conmoción eléctrica. Se levantó como una fiera y mirando fijamente al doctor, le dijo:

—¡Suicidio! Demasiado sabe usted que no era capaz de suicidarse. ¡Pobre ángel! ¡Tan hermosa y tan feliz que era! ¡Hubiera vivido cien años si no la hubiesen asesinado! Además, ¿es que ese viejo no estaba ahí? Vayan a verle y verán que está lleno de su sangre.

Entonces advirtió al conde de Villanera que se había dejado caer en un sillón y lloraba silenciosamente.

—¿Ha venido usted al fin?—le dijo—. ¡Tenía que haberlo hecho antes! ¡Ah, señor conde! ¡Paga usted muy mal sus deudas de amor!

Mientras el juez y el médico entraban en la pieza vecina, donde una dolorosa sorpresa les aguardaba, le Tas arrastró al conde hasta la cama, le obligó a mirar a su antigua amante y le hizo oír una oración fúnebre que le puso el cabello de punta.

—¡Vea usted, vea usted!—decía sollozando—, vea esos hermosos ojos que le sonreían tan tiernamente, esa linda boca que le ha besado tantas veces, esos cabellos tan negros que usted desataba con sus propias manos... ¿Se acuerda de la primera vez que fue usted a la calle del Circo? Cuando todos hubieron salido, usted se arrodilló para besar esa mano. ¡Y ahora qué fría está! ¡Usted le había jurado fidelidad eterna hasta la muerte! ¡Bésela, pues, caballero fiel!

El conde, inmóvil, rígido y más frío que el cadáver que tenía enfrente, expió en un minuto tres años de dicha ilegítima.

En esto trajeron al duque que también pagaba, y bien caro, una vida de egoísmo y de ingratitud.

La sangre de que estaba cubierto, su presencia en la casa, el vidrio arrancado, los arañazos de sus manos, y sobre todo la pérdida de su razón, hicieron creer un instante que él era el asesino. El doctor examinó la herida de la señora Chermidy y reconoció que el puñal había atravesado el corazón de parte a parte; la muerte debió de ser instantánea; era, pues, imposible, que la víctima hubiese podido llegar hasta la cama. El señor Stevens, comiendo la noche anterior con el duque, había podido observar el estado de sus facultades mentales. El señor Le Bris le explicó en pocas palabras cómo la manía homicida habría podido germinar en su cerebro desequilibrado. Si era verdad que había cometido el crimen, la justicia no podía hacer nada contra un loco. La Naturaleza le había condenado a una muerte próxima, después de algunos meses de una existencia peor que la misma muerte.

Pero, examinando más de cerca el cadáver, se encontró en su mano crispada algunos cabellos más cortos y más rudos que los de una mujer y de un color más natural que los del duque. El actuario, al levantar un mueble derribado, recogió un botón de librea con las armas de los Villanera. Finalmente el cajón donde la señora Chermidy había guardado cien mil francos, estaba vacío. Era, pues, necesario, buscar a otro asesino. Interrogaron a le Tas, pero no pudieron obtener nada. De pronto se golpeó en la frente diciendo:

—¡Bestia de mí! ¡es él! ¡El miserable! ¡Le haré despellejar vivo! pero, ¿para qué? Ya hablará. Enterrad a mi señora, echadme a mí a la basura y él que se vaya al diablo.

La justicia se trasladó el mismo día a la villa Dandolo donde se pudo comprobar que Mateo era el autor del crimen. Al ser detenido exclamó:

—¡Poca suerte!

El señor Stevens le hizo conducir al castillo de Guilfort, a orillas del mar. Fue bastante afortunado para escaparse durante la noche, pero cayó en una de esas grandes redes que los pescadores tienden por la tarde para levantarlas por la mañana.


XV

CONCLUSIÓN

Si habéis visto el mar en la estación de los equinoccios, cuando las olas amarillas suben hasta lo más alto de la escollera y los guijarros se entrechocan con estrépito sobre la orilla, cuando el viento aúlla en el cielo negro y el oleaje abate los restos informes de los naufragios, volvedle a ver en verano; no le reconoceréis. Los guijarros relucientes están alineados a lo largo de la playa; el mar se extiende como una sabana azul bajo el riente cielo; a lo lejos se ven cruzar las velas blancas, y sobre la escollera las parisienses abren sus sombrillas de color de rosa.

El conde y la condesa de Villanera, después de un largo viaje cuya historia no ha sabido nunca París, han vuelto hace tres meses a su palacio del faubourg de San Honorato. La condesa viuda que había partido con ellos, y la duquesa que se les había unido a la muerte del duque, compartían sin celos el gobierno de una gran casa y la educación de una linda criatura. Era una niña de dos años, parecida a su madre, y más hermosa por lo tanto que su hermano mayor, el difunto marqués.

El doctor Le Bris era aún el médico y el mejor amigo de la casa. El viejo duque y el pequeño Gómez habían muerto en sus brazos, el uno en Corfú y el otro en Roma, a consecuencia de una tifoidea.

El pequeño marqués tenía una fortuna personal de seis o siete millones que le había dejado una parienta lejana y que sus padres emplearon en obras de caridad.

Una capilla se eleva al sur de la isla de Corfú, sobre el emplazamiento de la villa Dandolo, y es servida por un joven sacerdote de una sabiduría y una tristeza ejemplares: Gastón de Vitré.

 

 

FIN

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