III

LA BODA

El señor Le Bris tenía el coche a la puerta. Se hizo llevar a una lujosa confitería del barrio, compró una cajita de madera de violeta, la hizo llenar de bombones, volvió a subir al coche, que se detuvo bien pronto delante de la casa de la señora Chermidy. La bella arlesiana era propietaria del edificio, aunque no ocupaba más que el primer piso. El conserje era uno de sus criados y sabía que dos golpes de timbre significaban una visita para su señora.

Las puertas se abrieron por sí solas ante el joven doctor. Un lacayo le cogió el gabán de sobre los hombros con tanta ligereza que apenas si lo advirtió. Otro le introdujo, sin anunciarle, en el comedor. En aquel momento el conde y la señora Chermidy se sentaban a la mesa. La dueña de la casa le presentó sus mejillas y el conde le estrechó cordialmente la mano.

Los cubiertos habían sido puestos sin mantel sobre una mesa biselada de encina tallada. La habitación estaba adornada con tallas antiguas y cuadros modernos; un célebre banquero de la Calzada de Antin, que manejaba el pincel en sus ratos de ocio, había ofrecido a la señora Chermidy cuatro grandes panneaux representando escenas de naturaleza muerta; el techo era una copia del Banquete de los dioses; la alfombra había venido de Esmirna y los floreros de Macao. Una gran araña flamante, de vientre redondeado y delgadas patas, se agarraba implacablemente al centro del techo sin respeto alguno para la asamblea de los dioses. Dos aparadores esculpidos por Knecht brillaban a la luz con su profusión de cristal, loza y plata. El servicio de mesa correspondía a tanta suntuosidad; los platos eran chinos, las botellas de Bohemia y los vasos de Venecia. Los mangos de los cuchillos provenían de un servicio encargado a Sajonia por Luis XV.

Si el señor Le Bris hubiese gustado de las antítesis, habría podido hacer una comparación muy interesante entre el mobiliario de la señora Chermidy y el de la duquesa de La Tour de Embleuse. Pero los médicos de París son filósofos imperturbables que viajan entre el lujo y la miseria, sin extrañarse de nada, del mismo modo que pasan del calor al frío sin resfriarse.

La señora Chermidy estaba envuelta en vestido acolchado de raso blanco. Con aquel traje parecía una gata sobre un edredón, una joya en su estuche. No habéis visto nunca nada más brillante que su persona, ni más muelle que su envoltura. Tenía treinta y tres años, una hermosa edad para las mujeres que han sabido conservarse. La belleza, el más perecedero de todos los bienes terrestres, es aquel cuya administración resulta más difícil. La Naturaleza la da; el arte añade muy poca cosa, pero es necesario saberla conservar. Los pródigos que la derrochan y los avaros que no hacen uso de ella, llegan en pocos años al mismo resultado; la mujer de genio es la que se gobierna con una sabia economía. La señora Chermidy, nacida sin pasiones y sin virtudes, sobria en todos los placeres, siempre tranquila en el fondo del corazón con las apariencias de una vivacidad meridional, administraba con tanto cuidado su belleza como su fortuna. Cultivaba su frescura lo mismo que un tenor cultiva su voz. Era de aquellas mujeres que dicen locuras a todas horas, pero que no las hacen más que con su cuenta y razón; muy capaz de arrojar un millón por el balcón para que le entrasen dos por la puerta, pero demasiado prudente para cascar una avellana con los dientes. Sus antiguos admiradores de Tolón apenas si hubieran podido reconocerla: tanto había cambiado, o, por mejor decir, ganado. Sin ser tan blanca como una flamenca, había encontrado, no sé dónde, reflejos nacarados. La salud subía hasta sus pupilas en suaves arreboles rosados; su boca pequeña, redonda, carnosa, parecía una gruesa cereza que los gorriones hubiesen abierto a picotazos. Sus ojos brillaban en sus órbitas obscuras como un fuego de sarmientos en el centro de la chimenea. La indiferencia y la bondad formaban en su rostro una mezcla deliciosa. Sus cabellos, de un negro azulado, se partían sobre una frente pura, como las alas de un cuervo sobre la nieve de diciembre. Todo en ella era joven, fresco, sonriente; hubiera sido necesario tener muy buenos ojos para descubrir en los ángulos de aquella linda boca dos arrugas imperceptibles, finas como el cabello rubio de un recién nacido, y que ocultaban una ambición insaciable, una voluntad de hierro, una perseverancia china y una energía capaz de todos los crímenes.

Sus manos eran quizás un poco cortas, pero blancas como el marfil, con los dedos redondos, ondulosos, regordetes, en los que, no obstante, se adivinaba la garra. Su pie era el pie corto de las andaluzas, redondeado, lo mostraba tal como era y no cometía la tontería de usar botas largas. Todo su cuerpo era corto y redondeado, lo mismo que sus pies y sus manos; el talle un poco grueso, los brazos un poco carnosos, las caderas un poco pronunciadas; demasiada gordura, si os parece, pero la gordura graciosa de una codorniz, la redondez sabrosa de una hermosa fruta.

Don Diego se la comía con los ojos con una admiración infantil. ¿Es que los enamorados de todas las clases no son niños? Según las teogonías antiguas, el Amor es un niño de cinco años y medio, y no obstante Hesiodo asegura que es más viejo que el Tiempo.

El conde de Villanera descendía en línea recta de esos españoles caballerescos hasta lo ridículo, que el divino Cervantes ha ridiculizado, no sin admirarlos. Nada había en él que descubriese su origen napolitano, y se hubiera dicho que sus antepasados le habían legado, con armas y bagajes, la vieja virtud de la España heroica. Era un joven serio, rígido, frío, algo engreído, con un corazón de fuego y un alma apasionada. Hablaba poco, siempre después de larga reflexión, y nunca había mentido. No le gustaba discutir y reía rara vez, pero su sonrisa estaba llena de una gracia afable que no carecía de grandeza. La alegría, convengo en ello, le hubiera sentado mal. Intentad representaros un don Quijote joven, vestido de frac. A primera vista no se distinguía más que por sus negros bigotes, puntiagudos, lustrosos. Su larga nariz se encorvaba vigorosamente como el pico de un águila; tenía los ojos negros, las cejas negras, los cabellos negros y la tez del color uniforme de una naranja de Portugal. Sus dientes podían haber pasado por hermosos si no hubiesen sido tan largos y si su dueño no hubiera sido fumador. Estaban revestidos de un esmalte un poco amarillento, pero tan sólido que de él se hubieran podido construir piedras de molino. El blanco de sus ojos era también algo amarillento; no obstante, no se podía negar que tenía unos ojos muy hermosos. En cuanto a su boca, no dejaba nada que desear, y debajo de sus mostachos se advertían unos labios rosados como los de un niño. Sus brazos y sus piernas, así como sus manos y sus pies, eran de una longitud aristocrática. Finalmente, tenía la estatura de un granadero y la apostura de un príncipe.

Si preguntáis por qué un hombre así había podido caer en las manos de la señora Chermidy, os contestaré que la dama era más atractiva y más hábil que Dulcinea del Toboso. Los hombres del temple de don Diego no son los más difíciles de engañar, y el león se arroja con mayor aturdimiento sobre la trampa que el zorro. La sencillez, la rectitud y todas las cualidades generosas son otros tantos defectos para tratar con ciertas gentes. Un corazón honrado no desconfía de los cálculos y bellaquerías de que es incapaz, y cada cual se hace el mundo a su imagen. Si alguien hubiera dicho al señor de Villanera que la señora Chermidy le amaba por el interés, se habría encogido de hombros. Ella no le había pedido nada y él se lo había ofrecido todo. Al aceptar cuatro millones, le hacía un favor y él le estaba reconocido.

Por lo demás, al ver las miradas que le lanzaba a intervalos, era fácil adivinar que la fortuna de los Villanera podía cambiar de manos en el espacio de ocho días. Un perro echado a los pies de su dueño no era más humilde ni más respetuoso que él. Se leía en sus grandes ojos negros el reconocimiento apasionado que todo hombre galante debe a la mujer que ha elegido; la admiración religiosa de un padre joven por la madre de su hijo. Se veía, en fin, como un deseo no saciado, una sumisión de la fuerza al capricho, el temor de la negativa, una solicitud inquieta que probaba que la señora Chermidy era una mujer de talento.

El simpático doctor, sentado enfrente del conde, formaba con él un contraste singular. El señor Le Bris era lo que se llama un muchacho guapo. Quizá le faltaban un centímetro o dos para llegar a una estatura regular, pero era bien proporcionado. No tenía cara de tonto ni mucho menos, pero no sé si su nariz era del todo correcta. Su fisonomía decía muchas cosas, pero su filiación no os hubiese dicho nada. Se vestía con un aseo que se confundía con la elegancia; el corte de sus patillas castañas era irreprochable y su raya se prolongaba casi hasta la nuca. No era un hombre vulgar y, sin embargo, no se salía de lo vulgar. Ninguna muchacha casadera le hubiese rechazado por su físico, pero me habría extrañado mucho que se echase al agua por él. Además, se veía que no llegaría a los cuarenta años sin tener vientre.

Difícilmente otro médico podía ser más a propósito que él para la clientela. Sin parar mañana y tarde, afectuoso con lo más alto y lo más bajo de la sociedad, no desentona nunca. Es un Alcibíades burgués que se acomoda a todas las costumbres. Es apreciado en el faubourg Saint-Germain por su reserva, en la Calzada de Antin por su ingenio y en la calle Vivienne por su franqueza. Las mujeres, fuese cualquiera su posición, trabajaban activamente por él; ¿y sabéis por qué? Porque al lado de una enferma joven o vieja, fea o hermosa, demostraba una solicitud amable, una especie de galantería intermedia entre el respeto y el amor. El mismo no ha sabido explicarse jamás la naturaleza de este sentimiento, pero todas las mujeres sienten por él una simpatía benévola que puede llevarle muy lejos.

Sus antiguos camaradas del hospital le habían llamado, por este motivo, la llave de los corazones. Yo sé de una casa donde se le llama, y no sin motivo, la tumba de los secretos. Sus jóvenes clientes del faubourg Saint-Germain le reprochaban el que visitase todas las noches el escenario de la Opera y le llamaban mata ratas. En cambio, en el salón de baile su juiciosa conducta le había valido el apodo de Nuevo Continente.

—Y bien, Tumba de los secretos—dijo la señora Chermidy con su ligero acento provenzal—, ¿ha cumplido usted mi encargo?

—Sí, señora.

—¿Se trata de la tísica en cuestión?

—Sí, de la señorita de La Tour de Embleuse.

—¡Bravo! me parece que es una buena alianza... Yo siempre había sentido interés por las tísicas... ¡Las mujeres que tosen...! Ya ve usted cómo el Cielo recompensa mi compasión.

—Doctor—preguntó el conde—, ¿ha hablado usted de las condiciones?

—Sí, querido conde; las aceptan todas.

La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.

—¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al contado!

El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:

—Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de que habría llorado.

—¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un episodio del mercado de esclavas!

—Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.

—¡Galante está usted!

El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.

—Me satisface mucho—dijo el conde—que sea ella quien haya adoptado esta resolución. Si los padres hubiesen aceptado por sí mismos, tal vez les habría juzgado mal.

—Perdón, pero antes de juzgarles faltaría saber si esta mañana tenían pan en casa.

—¿Pan?

—Pan, sin metáfora.

—Adiós—dijo el conde—. Voy a saludar a mi madre. Dormía aún esta mañana cuando he salido del hotel. Le contaré todo lo ocurrido y le preguntaré qué es lo que debo hacer. ¿Es posible, doctor, que haya gentes que carezcan de pan?

—He encontrado algunas en el camino de mi vida. Desgraciadamente no tenía un millón para ofrecerles como hoy.

El conde besó la mano a la señora Chermidy y corrió al hotel de su madre. La linda mujer quedó con el doctor.

—Puesto que hay gentes que carecen de pan—dijo—, veamos, doctor, ¡una taza de café!... ¿Cómo me las arreglaría yo para ver a esa mártir del pecho? Porque es necesario que sepa yo a quién confío a mi hijo.

—Puede usted verla en la iglesia, el día de la boda.

—¿En la iglesia? ¿Pero es que puede salir?

—Sin duda... en coche.

—Creí que estaba más enferma.

—¿Usted por lo visto quería un casamiento in articulo mortis?

—No, pero quiero estar segura. ¡Bondad divina! ¡doctor, si llegase a curar!

—La Facultad de Medicina se extrañaría mucho.

—¡Y don Diego quedaría casado para siempre! ¡Y yo mataría a usted, Llave de los corazones!

—¡Ay! señora, no me siento en peligro.

—¡Cómo ay!

—Perdone usted, es el médico el que habla, no el amigo.

—Una vez casada, ¿usted continuará asistiéndola?

—¿Es que hay que dejarla morir sin socorro?

—¡Toma! ¿para qué la casamos, pues? No será para que sea eterna.

El doctor reprimió un movimiento de disgusto y respondió con el tono más natural, como el de un hombre en el que la virtud no es pedantería:

—¡Dios mío! señora, es mi costumbre, y ya soy demasiado viejo para corregirme. Nosotros los médicos cuidamos a nuestros enfermos como los perros de Terranova salvan a los que se están ahogando. Cuestión de instinto. Un perro salva ciegamente al enemigo de su dueño. Yo cuidaré a esa pobre criatura como si todos tuviésemos interés en que se curase.

Después de la partida del doctor, la señora Chermidy pasó a su tocador y se entregó en manos de su doncella. Por la primera vez en mucho tiempo se dejó vestir sin fijarse: ¡tenía otras preocupaciones más importantes! Aquel matrimonio que había preparado, aquella combinación inteligente que ella misma se aplaudía como un rasgo de genio, podía convertirse en su confusión y en su ruina. No hacía falta para ello más que un capricho de la Naturaleza o la estúpida honradez de un médico para que quedasen fallidos los cálculos más sabios y defraudadas sus más queridas esperanzas. Comenzaba a dudar de su amante, de su buena estrella, de todo, en fin.

Hacia las tres de la tarde comenzaron a desfilar las visitas. Hubo de sonreír a todos los pares de patillas que se acercaron a ella, extasiarse ante cuarenta cajas de bombones salidas todas de la misma tienda. Maldijo con todo su corazón las amables importunidades de año nuevo, pero no dejó traslucir nada de la inquietud que le roía el alma. Todos los que salían de su casa se hacían lenguas de su amabilidad.

Y es que tenía un talento bien precioso para una dueña de casa; sabía hacer hablar a todo el mundo. Hablaba a cada uno de lo que más le interesaba; conducía a cada uno al terreno en que se encontraba más firme. Aquella mujer sin educación, demasiado perezosa y demasiado orgullosa para tener un libro en la mano, sabía fabricarse un fondo de conocimientos útiles leyendo a sus amigos. Y ellos le servían con la mejor voluntad. En el mundo somos así; agradecemos interiormente a todo aquel que nos obliga a hablar de lo que sabemos o a contar la historia que decimos bien. El que nos hace mostrar nuestro talento no es nunca un tonto, y cuando se está contento de sí mismo, no se está descontento de los demás. Los hombres más inteligentes trabajaban en la reputación de la señora Chermidy, tan pronto proporcionándole ideas, tan pronto diciendo con una secreta complacencia: «Es una mujer superior, me ha comprendido.»

En el curso de aquella reunión se encaró con un homeópata de renombre, que cuidaba a las personas más ilustres de París. Encontró medio de interrogarle delante de siete u ocho personas sobre el punto que la preocupaba.

—Doctor—le dijo—, usted que todo lo sabe, ¿quiere decirme si los tísicos pueden curar?

El homeópata le respondió galantemente que ella no tendría nunca nada que temer de tal enfermedad.

—No se trata de mí—repuso—. Es que me intereso vivamente por una pobre niña que tiene los pulmones destrozados.

—Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la homeopatía.

—Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.

—Se le puede curar.

—El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?

—Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de glóbulos.

—¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir con un solo pulmón.

—Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...

—¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!

—Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería. No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez, sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.

—Ahora comprendo—contestó la señora Chermidy—. ¿Entonces, si se matase a todas las personas que viven en nuestra sociedad se encontraría algunas que no tienen los pulmones como es debido?

—Y que no parecen darse cuenta. Precisamente, señora.

Una hora más tarde se había renovado la tertulia alrededor de la chimenea del salón. La señora Chermidy vio entrar un viejo alópata, curtido en el ejercicio de la profesión, que no creía en los milagros, que gustaba de colocar las cosas en lo peor y que se extrañaba de que un animal tan frágil como el hombre pudiese llegar sin accidente a los sesenta años.

—Doctor—le dijo—, tendría usted que haber llegado un momento antes; se ha perdido usted un hermoso panegírico de la homeopatía. El señor P..., que acaba de salir, se alababa de hacernos vivir a todos con un solo pulmón. ¿Qué le parece a usted?

El anciano médico se encogió imperceptiblemente de hombros.

—Señora—respondió—, el pulmón es a la vez el más delicado y el más indispensable de nuestros órganos; renueva la vida a cada segundo por un prodigio de combustión que Spallanzani y los más grandes fisiólogos no han explicado ni descrito. Su contextura es de una fragilidad que espanta; su funcionamiento le expone a peligros continuamente renovados. Es en el pulmón donde nuestra sangre se pone en contacto inmediato con el aire exterior. Si se pensase que el aire es casi siempre demasiado frío o demasiado caliente o bien está mezclado con gases deletéreos, no se respiraría una sola vez sin hacer testamento. Un filósofo alemán que prolongó su vida a fuerza de prudencia, el célebre Kant, cuando daba su cotidiano paseo higiénico, tenía cuidado de cerrar la boca y de respirar exclusivamente por la nariz ¡tanto temía al aire que le rodeaba!

—Pero, entonces, querido doctor, ¿todos estamos condenados a morir del pecho?

—Mueren muchos, señora, y los homeópatas no lo evitan.

—¡Pero también curan muchos! Veamos; quiero suponer que un hombre joven y robusto se casa con una joven y bella tísica. El la lleva a Italia, hace lo posible por curarla y le proporciona los cuidados de un hombre como usted. ¿Es que no podría en dos o tres años...?

—¿Salvar al marido? Es posible; pero yo no me atrevería a responder.

—¡El marido! ¿Pero qué peligro puede haber?

—El peligro del contagio, señora. ¿Quién sabe si los tubérculos que nacen en los pulmones del tísico no extienden a su alrededor el germen de la muerte? Pero perdone usted, no es éste ni el lugar ni el momento de desarrollar una nueva teoría, inventada por mí, y que pienso someter uno de estos días al examen de la Academia de Medicina. Unicamente le contaré un caso observado por mí.

—Hable usted, querido doctor; hay tanto placer como provecho en escuchar a un hombre como usted.

—Hace cinco años, señora, visitaba yo a la mujer de un sastre de la calle de Richelieu, una infeliz criatura abominablemente tísica. Su marido era un robusto alemán, sólido y sano como una manzana. Los dos se adoraban. En 1849 habían tenido un niño que no vivió. La mujer murió en 1850; yo hice todo lo que pude por salvarla. El marido me pidió la cuenta y yo pasé dos años sin ir por la casa. El año último el sastre me envió a buscar; le encontré en la cama, de tal modo cambiado, que no podía reconocerle. Estaba tísico en el último grado. Así lo dije a una regordeta que lloraba a su cabecera. Era su segunda esposa; había cometido la tontería de casarse de nuevo. El marido murió, conforme al programa. La viuda ha heredado la enfermedad. Ayer la visité y aunque el mal ha sido atacado desde el principio, no me atrevería a responder de nada.

La señora Chermidy cerró sus puertas a las cinco de la tarde y se sumió en una melancólica meditación.

Nunca había desesperado de ser condesa de la Villanera. Toda mujer que engaña a su marido aspira necesariamente a ser viuda; con mayor motivo cuando tiene un amante rico y soltero. No creía descabellado que Chermidy faltase un día u otro. Un hombre que vive entre el cielo y el agua es un enfermo en peligro de muerte.

Sus esperanzas habían tomado cuerpo desde el nacimiento del pequeño Gómez. Tenía atado al conde con un lazo bien poderoso para las almas honradas, el amor paternal. Al casar al señor de Villanera con una moribunda, aseguraba el porvenir de su hijo y el suyo propio. Pero en la víspera de realizarse aquel atrevido proyecto, descubría dos peligros que no había previsto. Germana podía curar. Si sucumbía, podía arrastrar al conde con ella y legarle un germen mortal. En el primer caso, la señora Chermidy lo perdía todo, incluso su hijo. ¿Con qué derecho iría a reclamar el hijo legítimo de don Diego y de la señorita de La Tour de Embleuse? Por otra parte, si el conde debía morir después de su mujer, ella no se casaría con él. Se sentía demasiado joven y era demasiado hermosa para representar el papel de la segunda esposa del sastre.

Afortunadamente, pensaba, nada se ha hecho aún. Se puede buscar otro expediente. El conde está enamorado y es padre; haré de él lo que quiera. Si es absolutamente necesario que se case para que legitime a su hijo, ya encontraremos otra enferma cuya muerte sea más segura y cuyo mal no sea contagioso. Además, se decía para tranquilizarse, que el viejo alópata era un original capaz de inventar las teorías más absurdas. Había oído decir, es verdad, que la tuberculosis se transmitía algunas veces de padre a hijo, pero encontraba muy natural que Germana guardase para sí la enfermedad y la muerte, como bienes parafernales. Lo que la inquietaba seriamente era la posibilidad de una de esas curaciones maravillosas que echan por tierra todos los cálculos de la prudencia humana. Comenzaba a odiar al doctor Le Bris, tanto por sus escrúpulos como por su talento. Para acabarse de tranquilizar se prometió cortar en flor las gestiones de don Diego, hasta que ella hubiese tomado todas sus precauciones.

Pero los acontecimientos habían ido muy de prisa durante el día y el conde llegó a las diez para decirle que sus planes se habían ido cumpliendo al pie de la letra.

Don Diego, al levantarse de la mesa, había corrido a casa de su madre. La vieja condesa era una mujer de la misma madera que su hijo, alta, seca, huesuda, modelada como una tabla, plantada majestuosamente sobre dos grandes pies, morena hasta dar miedo a los niños, con una mueca aristocrática que parecía una sonrisa, y el pelo gris partido. Escuchó el relató de don Diego con la condescendencia rígida y desdeñosa de otras épocas para las pequeñeces de hoy. Por su parte, el conde no hizo nada para atenuar lo que había de reprensible en los cálculos de su matrimonio. Aquellas dos personas honradas, pero mezcladas por la fuerza de las circunstancias en uno de esos asuntos escabrosos que algunas veces se presentan en París, no se preocupaban más que de los medios de hacer dignamente una cosa que sus antepasados no habían hecho. La viuda no tuvo en la conversación un reproche, ni siquiera mudo; hubiera sido tardío; únicamente se trataba de asegurar el porvenir de la casa salvando el nombre de los Villanera.

Cuando todos los pormenores quedaron convenidos, la condesa subió a su carroza y se hizo conducir al palacio Sanglié. Los lacayos del barón la condujeron hasta el departamento de la duquesa. Semíramis le abrió la puerta y la introdujo en el salón. El señor y la señora de La Tour de Embleuse la recibieron al lado de la chimenea, en la que ardía todo lo que se había podido encontrar en la casa: dos tablas de la cocina, una silla de paja y otros objetos. La duquesa se había vestido como había podido. Su traje de terciopelo negro azuleaba por los pliegues. El duque llevaba la cinta de sus condecoraciones sobre un frac más raído que el de un maestro de escuela.

La entrevista fue fría y solemne. La señora de La Tour de Embleuse no podía hacer buena cara a los que especulaban sobre la próxima muerte de su hija. El duque, más despreocupado, intentó aparecer como un hombre de mundo, pero la rigidez de la viuda paralizó todas sus gracias y sintió frío hasta en la espalda. La señora de Villanera, por un error que se comete frecuentemente en los primeros encuentros, envolvió en un mismo juicio despectivo al duque y a la duquesa. Los acusó de demasiado apresuramiento y creyó leer en sus ojos una alegría sórdida. No obstante, no olvidó los graves intereses que allí la llevaban y expuso fríamente el motivo de su visita. Discutió, como si fuese un notario, todas las condiciones del matrimonio, y cuando estuvieron de acuerdo sobre todos los puntos, se levantó de su silla y dijo con una voz metálica:

—Señor duque, señora duquesa, tengo el honor de pedirles la mano de la señorita Germana de La Tour de Embleuse, su hija, para el conde Diego Gómez de la Villanera, mi hijo.

El duque respondió que su hija se consideraba muy honrada por la elección del señor de Villanera.

Se fijó de común acuerdo el día de la boda y la duquesa fue a buscar a Germana para presentarla a la viuda. La pobre niña creyó morir de espanto al compararse con aquel espectro de mujer. La condesa la encontró de su agrado, le habló maternalmente, la besó en la frente y pensó al despedirse: «¿Por qué ha de estar condenada a muerte? Tal vez fuese la nuera que me convendría.»

Al entrar en el hotel, la señora de Villanera encontró a don Diego que jugaba con el niño. El padre y el hijo formaban un grupo bastante original; quizás un extraño hubiese sonreído. El conde manejaba a la débil criatura con una ternura temerosa; quizá tenía miedo de hacer pedazos a su heredero con algún movimiento de sus robustos brazos. El niño era bastante fuerte para su edad, pero feo, sin gracia y excesivamente huraño. Desde que le habían separado de su nodriza, no había visto más que dos seres humanos, su padre y su abuela, y vivía entre aquellos dos colosos como Gulliver en la isla de los gigantes. La viuda se había secuestrado voluntariamente para estar a su lado; hacía y recibía muy pocas visitas por miedo que alguna palabra imprudente traicionase su secreto. Los únicos cómplices de aquella educación clandestina eran cinco o seis viejos domésticos encanecidos bajo la librea, gentes de otra época y de otro país. Hubieseis dicho que se trataba de los restos del ejército de Gonzalo de Córdoba o bien de náufragos de la Armada Invencible. A la sombra de aquella extraña familia, el niño crecía tristemente. Le faltaba la compañía de los de su edad y era inútil que se le quisiera enseñar a jugar. Hay niños de dos años que ya saben decirlo todo; él apenas si pronunciaba cinco o seis palabras de dos sílabas. Don Diego lo adoraba tal como era: un padre es siempre un padre; pero él tenía miedo a don Diego. Decía mamá a la vieja condesa, pero no la besaba sin llorar muchas veces. En cuanto a su madre, la conocía solamente de vista; la encontraba de cuando en cuando, en una plazoleta apartada, lejos de las alamedas por donde pasea la multitud. La señora Chermidy dejaba su coche a cierta distancia e iba a pie hasta el del conde; besaba al niño a hurtadillas, le daba bombones y le decía con una ternura sincera: «¡Mi pobre perrito, nunca serás mío!» No hubiera sido prudente llevarlo a su casa aun cuando la condesa viuda lo permitiese. La señora Chermidy sabía salvar las apariencias. Todo París sospechaba su situación, pero el mundo establece una gran diferencia entre una delincuente convencida o una mujer sospechosa. Así podía encontrar aquí y acullá algunas almas tan ingenuas que respondiesen de su virtud.

La señora de Villanera anunció a su hijo que la demanda estaba hecha y aceptada. Hizo el elogio de Germana, sin decir nada de la familia, y describió la miseria en que vivían los duques. Don Diego dijo que era preciso enviarles un pronto socorro sin humillarles. La condesa propuso sencillamente abrir su bolsillo al viejo duque en la seguridad de que no dejaría de recurrir a él; pero el conde encontró más decente comprar inmediatamente la canastilla y deslizar en ella mil luises. Esta limosna oculta entre flores serviría para pagar las deudas más apremiantes y para que la familia pudiese comer durante quince días. Y así se hizo. La madre y el hijo quisieron encargarse personalmente de ello. Antes de salir, la señora de Villanera besó las anaranjadas mejillas de su nieto y le dijo: «Vaya, mi pobre bastardo, ¡tu aguinaldo consistirá en un nombre!»

Nada es imposible en París: la canastilla fue improvisada en algunas horas. Por la noche, todos los comerciantes enviaron sus telas, sus encajes, sus cachemiras y sus joyas. La condesa no quiso confiar a nadie el encargo de arreglarlo todo y de colocar los cartuchos del oro en el cajón de los alfileres. A las diez, la canastilla salió en dirección al palacio Sanglié, mientras que el conde se dirigía a casa de la señora Chermidy.

Germana y la duquesa examinaron con fría curiosidad aquellos tesoros. La señora de La Tour de Embleuse admiraba los aderezos de su hija como Clitemnestra pudo admirar las bandas fúnebres destinadas a adornar la frente de Ifigenia. Germana recordó a sus padres el capítulo de Pablo y Virginia en que ésta gasta el dinero de su tía en pequeños regalos para su familia y sus amigos: ¿Qué haremos de todo esto, dijo, nosotros que ya no tenemos amigos ni familia? ¡Qué lástima!» El duque abrió los cajones con noble desdén, como hombre a quien todos los esplendores han sido familiares; pero no conservó su indiferencia a la vista del oro. Sus ojos se iluminaron. Aquellas manos aristocráticas que se habían abierto tan a menudo para dar, se crisparon ávidamente como las garras de un avaro. Rompió el papel de todos los cartuchos, hizo brillar el oro amarillento a la luz de una lámpara humeante e hizo tintinear a sus oídos aquellos discos trémulos, que tañían alegremente los funerales de Germana.

La pasión es un nivel brutal que iguala a todos los hombres. El señor duque de La Tour de Embleuse hubiera podido desempeñar su parte a las nueve de la mañana en el vestíbulo, en el concierto de los domésticos del palacio Sanglié. No obstante, bien pronto apareció el hombre educado. El duque metió el oro en el cajón y dijo con una frialdad estudiada: «Esto es de Germana; guárdalo bien, hija mía. Ya nos prestarás un poco para hacer hervir el puchero. Hoy hemos comido bastante mediocremente. Si fuese rico, como lo seré dentro de un mes, os llevaría a cenar al restaurant.» La enferma y la moribunda adivinaron los secretos deseos del viejo. No os podéis imaginar con qué tierna solicitud, con qué piedad respetuosa Germana le obligó a tomar algún dinero y la duquesa le vistió y le peinó para que fuese a cenar fuera de casa. Volvió a las dos de la madrugada. Su mujer y su hija oyeron unos pasos desiguales en el corredor. Pero ni una ni otra abrieron la boca y procuraron hacerse creer mutuamente que dormían.

Don Diego y la señora Chermidy pasaron una velada tempestuosa. La bella arlesiana comenzó por oponer a su amante diversas objeciones contra la boda. El conde, que no discutía nunca, le contestó con dos observaciones que no tenían réplica: «El asunto ya está concluido y usted es quien lo ha querido.» Ella cambió de táctica y ensayó el efecto de las amenazas. Le juró que rompería con él, que lo abandonaría, que le quitaría a su hijo, que promovería un escándalo, que se mataría. La sugestiva dama estaba muy hermosa en su furia; tenía el aire de un pajarito asustado, ante el cual un enamorado no podía permanecer insensible. El conde pidió gracia, pero firme en su resolución. Cedía como esos buenos resortes de acero que se doblan con gran esfuerzo, y que se enderezan con la prontitud del relámpago. Entonces abrió la esclusa de sus lágrimas; agotó el arsenal de su ternura y fue durante tres cuartos de hora la más desgraciada y la más enamorada de las mujeres. Cualquiera, al oírla, hubiera creído que ella era la víctima y Germana el verdugo. Don Diego lloró con ella: las lágrimas se deslizaban por su rostro varonil como la lluvia sobre una estatua de bronce. Cometió todas las cobardías que el amor exige. Habló de la futura condesa con una frialdad rayana en el desprecio; prometió por su honor que ella no viviría largo tiempo y hasta ofreció a la señora Chermidy que le permitiría ver a Germana antes de la boda. Pero su palabra estaba ya dada y los Villanera nunca se vuelven atrás de lo que dicen. Todo lo que la dama pudo obtener es que él la iría a ver todos los días clandestinamente, hasta que se celebrase la boda.

Al día siguiente la señora de Villanera le condujo al palacio Sanglié y le presentó a su nueva familia. Visita de ceremonia que no duró más de un cuarto de hora. Germana se desmayó en su presencia. Más tarde ha confesado que aquella fisonomía dura la espantó y que había creído ver entrar al hombre que debía enterrarla. En cuanto a él tampoco se sentía muy a gusto. No obstante, encontró algunas frases de cortesía y de reconocimiento que conmovieron a la duquesa.

Volvió todos los días, sin su madre, mientras se publicaban las amonestaciones. Según la costumbre establecida, cada vez llevaba un ramo. Germana le rogó que escogiese flores sin perfume. Soportaba difícilmente los olores. Aquellas entrevistas le molestaban mucho y fatigaban a Germana, pero había que conformarse con la rutina. El señor Le Bris temió por un momento que la enferma sucumbiese antes del día fijado y la señora Chermidy llegó a participar de los temores del doctor. Cuando vio que Germana estaba irremisiblemente condenada, tuvo miedo de que muriese demasiado pronto y se interesó por su vida. Algunas veces ella misma conducía al conde a la calle de Poitiers y le esperaba en su coche.

La duquesa había comprendido que no podía casar a su hija en aquel zaquizamí y alquiló por mil francos mensuales un bonito departamento amueblado en una casa próxima. Germana fue trasladada sin accidente, aprovechando un día de sol. Allí es a donde don Diego iba a hacerle la corte; la vieja condesa iba con tanta frecuencia como él y permanecía más tiempo. No tardó mucho en conocer a la señora de La Tour de Embleuse y el hielo quedó roto. Pudo admirar las virtudes de aquella noble mujer que durante ocho años había tenido que pasar por puertas bajas sin inclinar la cabeza una sola vez. Por su parte, la duquesa reconoció en la señora de Villanera una de esas almas elegidas que el mundo no aprecia en lo que valen porque sólo juzga por las apariencias. La cama de Germana sirvió de lazo de unión a aquellas dos madres. La anciana condesa disputó más de una vez a la señora de La Tour de Embleuse las fatigas y las molestias del estado de enfermera. Cada una de ellas quería encargarse de los cuidados más penosos y de esos servicios en que estalla la abnegación del sexo sublime.

El viejo duque proporcionaba a su mujer un suplemento de preocupaciones sin el cual hubiera podido pasarse perfectamente. El dinero le había dado como una tercera juventud. Juventud sin excusa, cuyas locuras frías y sin alegría no podían interesar a nadie. Vivía fuera de su casa y la solicitud discreta de su esposa no llegaba hasta inquirir sus acciones. Trataba de distraerse, según decía, de los disgustos domésticos. El oro de su hija resbalaba entre sus dedos y Dios sabe a qué manos iba a parar. Había perdido, en ocho años de miseria, aquella elegancia que ennoblece hasta las tonterías de los hombres bien nacidos. Todos los placeres le eran permitidos y llegó hasta llevar a la cabecera de Germana el olor nauseabundo de la taberna. La duquesa temblaba ante la idea de dejar a aquel niño viejo en París, con más dinero del que se necesitaba para matar a diez hombres. En cuanto a llevarlo a Italia, ni soñarlo. París era el único lugar donde había conocido la vida y su corazón estaba encadenado al asfaltado de las calles. La pobre mujer se sentía atraída por dos deberes contrarios. Hubiera querido dividirse en dos para endulzar los últimos momentos de su hija y para conducir la vejez alocada de su incorregible marido. Germana asistía desde su cama a los combates interiores que sostenía la duquesa. A fuerza de sufrir juntas, la madre y la hija habían llegado a entenderse sin decir nada y a no tener más que un alma para las dos. Un día, la enferma declaró rotundamente que no abandonaría Francia.

—¿Es que no estoy bien aquí?—decía—. ¿Qué necesidad hay de agitar al viento una antorcha que se extingue?

En aquel momento entró la señora de Villanera con el conde y el señor Le Bris.

—Querida condesa—dijo Germana—, ¿es absolutamente necesario que me enviéis a Italia? Para lo que he de hacer, mejor estoy aquí, y además no quisiera que mi madre dejase París.

—¡Pues que se quede!—respondió la condesa con su vivacidad española—. No tenemos necesidad de ella y yo la cuidaré a usted mejor que nadie. Usted es mi hija, ¿lo oye usted?, y tendremos ocasión de probárselo.

El conde insistió sobre la necesidad del viaje y el doctor hizo coro con él.

—Además—añadió el señor Le Bris—, la duquesa no nos sería precisamente útil. Dos enfermos en un mismo carruaje no permiten adelantar mucho. El viaje que es conveniente para usted, sería perjudicial para la señora duquesa.

En el fondo de su corazón, el honrado joven quería ahorrar a la duquesa el espectáculo de la agonía de su hija. Quedó, pues, convenido, que la señora de La Tour de Embleuse permanecería en París: Germana partiría con su marido, su suegra, el pequeño Gómez y el doctor.

El señor Le Bris se había comprometido un poco irreflexivamente a abandonar su clientela. El viaje le podía costar caro si duraba mucho tiempo. Lo difícil no era encontrar un colega que se encargase de la duquesa y de los demás enfermos; pero París es una ciudad donde los ausentes no hacen carrera y aquel que no se exhibe todos los días es pronto olvidado. El joven doctor sentía por Germana una amistad sólida, pero la amistad no nos lleva nunca al olvido de nosotros mismos: éste es uno de los privilegios del amor.

Por su parte, don Diego se había impuesto el cumplimiento de su deber y quería que Germana fuese acompañada de su médico de cabecera. Preguntó al señor Le Bris cuánto ganaba cada año.

—Veinte mil francos—contestó el doctor—. De esos cobro cinco o seis mil.

—¿Y el resto?

—Me lo quedan a deber. Nosotros no tenemos derecho a acudir a los juzgados.

—¿Haría usted el viaje a Italia por veinte mil francos anuales?

—Mi pobre conde, no hablemos de años. Lo que le queda de vida debe contarse por meses, quizás por semanas.

—¡Pongamos dos mil francos al mes y sea usted de los nuestros!

El señor Le Bris estrechó la mano del conde. El interés se mezcla en todas las pasiones humanas, y representa igualmente su papel en el drama y en la comedia. El amor y el odio, el crimen y la virtud, la vida y la muerte, no se cruzan jamás sin codearse con un personaje brillante y sonoro que se llama el dinero.

Fue el doctor el encargado de entregar al duque el precio de su hija. El conde no se hubiera atrevido jamás a dar un millón a un gentilhombre. El señor Le Bris, que conocía al duque, cumplió su comisión fácilmente. Le llevó una inscripción de cincuenta mil francos de renta y le dijo:

—Señor duque, he aquí la salvación de la señora duquesa.

—¡Y la mía!—añadió el viejo—. Usted nos ha prestado un gran servicio, doctor, y desde este momento queda al servicio de mi casa.

El joven respondió cortésmente:

—Es cosa hecha, señor duque.

Hubiera podido añadir que desde hacía tres años les visitaba gratuitamente.

El día de la boda por la mañana fue la modista a casa de Germana para probarle el traje de novia. La joven se prestó dulcemente a aquella triste chanza. La costurera advirtió que un punto del cuerpo se había descosido y se dispuso a reparar el desperfecto.

—¿Para qué?—dijo la enferma—. No he de usarlo más.

Al presentarle el velo, notó la ausencia de las flores de azahar.

—Está bien; temí que no se hubiesen fijado.

Aquellos preparativos eran de una tristeza fúnebre.

—Mamá—dijo Germana—, ¿se acuerda usted de los versos del poeta Jasmin, cuya traducción me leyó usted en la Revista de Ambos Mundos?

«Todos los caminos debían florecer,

Porque la hermosa novia iba a salir;

Debían florecer, florecer y granar,

Porque la hermosa novia iba a pasar.»

¿Cómo terminaba? No me acuerdo. ¡Ah! ¡sí!

 

«Todos los caminos debían gemir,

Porque la hermosa muerta iba a salir;

Debían gemir, debían llorar.

Porque la hermosa muerta iba a pasar.»

La duquesa se deshacía en lágrimas. Germana le pidió perdón por su cobardía.

—Espere usted—dijo—, ya me verá ante el enemigo. Debo llevar dignamente el nombre de ustedes. ¿No soy el último vástago de los La Tour de Embleuse?

Los testigos del conde fueron el embajador de España y el secretario de la legación de las Dos Sicilias. Los de Germana, el barón de Sanglié y el doctor Le Bris. Todo el faubourg fue invitado a la misa. El señor de Villanera conocía a lo mejor de París y al viejo duque no le molestaba resucitar públicamente como millonario. Las tres cuartas partes de los invitados fueron exactos a la cita; a pesar de la discreción de los invitados, el público adivinaba cierta anormalidad. En todo caso, no deja de ser algo raro y curioso la boda de una moribunda. Al dar las doce de la noche, doscientos o trescientos coches, que venían del baile o del teatro, fueron a depositar su carga en la plazoleta de Santo Tomás de Aquino.

La novia descendió la gradería del brazo del doctor Le Bris. Se la encontró menos pálida de lo que se esperaba, pero es que había rogado a su madre que le pusiera un poco de colorete para representar aquella comedia.

Avanzó con paso firme hasta el reclinatorio que se le había destinado. Su padre le daba la mano y marchaba triunfalmente a su izquierda, mirando con el monóculo a la concurrencia. El singular viejo no pudo retener una exclamación al advertir medio oculta entre la multitud una encantadora cabeza: «¡Hermosa mujer!», dijo como si se hallase en el bulevar.

Era la señora Chermidy que había querido ver con sus propios ojos si la novia aun estaba viva.

Después de la ceremonia, una silla de postas con cuatro caballos llevó a los viajeros hasta la barrera de Fontainebleau, pero desde allí retrocedió al bulevar exterior y regresó al palacio Villanera. Era necesario tomar al pequeño Gómez y dar a Germana algunas horas de reposo.

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